Siempre que se edita el libro póstumo de un autor se hace el lector dos preguntas inevitables. Primera, ¿hubiera querido el autor, de estar vivo, haber publicado su obra? Segunda, ¿es realmente interesante esa obra inesperada y arroja luz sobre el resto?

Las dos dudas quedan respondidas cuando se acaba de leer Papeles inesperados que rescata Alfaguara, editorial que, por otra parte, creo ha editado toda la obra de Cortázar con excepción, quizá, de La vuelta al día en 80 mundos, por su peculiar formato. Si Cortázar no destruyó, quemó o troceó ─ ahora con el ordenador es escalofriantemente fácil: basta con mandarlo todo a la papelera y se acabó ─ los escritos que se recogen en este libro póstumo, es que tenía intención de darlos de alguna manera o en algún momento. Y la segunda pregunta se contesta sola: Cortázar es uno de los autores decisivos del pasado siglo y todo lo que ilumine, como hacen estos Papeles inesperados, su obra, bienvenido sea.

Cuando Aurora Bernárdez, la viuda de Cortázar y albacea literario, descubrió una gran cantidad de manuscritos de su marido, en diversos baúles y cajones, y lo puso en conocimiento de Carles Álvarez Garriga, crítico y estudioso del escritor argentino, hizo un enorme favor a los cortazarianos que en el mundo hemos sido, los cronopios que empezamos a escribir contagiados por su pasión creativa y su fantasía y que sentimos como propia su muerte.

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