¿Puede un libro de semblanzas de músicos convertirse en material literario e interesar a alguien más que a los melómanos? La pregunta se la hace el lector mientras lee esas breves notas que Irazoki pergeña, con maestría absoluta, y la respuesta, cuando lo termina, es sí, sin duda.
Reúne el escritor navarro, que no olvidemos que también es compositor, las notas acerca de 49 músicos, los que le gustan, los que, de alguna forma, le marcaron con su impronta, y ahí están desde los clásicos sobradamente conocidos como Ludwig Van Beethoven (En segundo de armonía, el profesor quiso saber si conocíamos la autoría de varios compases. Me parecieron los sonidos de una motosierra que bailaba sobre una hilera de adoquines) , Claudio Monteverdi, a otros no tanto como Giacomo Carissimi o Pérotin (En el país natal de Perotín, los empleados de las tiendas donde es posible adquirir música antigua me acercan las orejas atenazadas entre sus dedos pulgar e índice y piden que repita el nombre del compositor); flamencos como Paco de Lucía (El hombre Paco de Lucía guarda en el carácter, dice, el gozo de quienes escuchan su música) o Sabicas; jazzman como Miles Davis (Medio siglo después, siguen las páginas sobre una pasión difícil que, cuando se rompe, empuja a Miles Davis al precipicio de la jeringuilla y el polvo blanco), Duke Ellington, Charlie Parker (Pájaro transformado en elefante enfermo, para morir elige el mismo paraje escondido que Thelonius Monk: la vivienda y la complicidad silenciosa de su baronesa Nica de Koeningswater) o Charles Mingus; rockeros como Frank Zappa, Janis Joplin (Tengo quince años cuando ella abandona una fiesta de muchos alcoholes, sube a su habitación y se inyecta una dosis de heroína demasiado pura), Patti Smith o Jimi Hendrix; cantautores como Leonard Cohen (Leonard Cohen, con el cigarrillo entre los labios, describe una comida y su maestro Sasaki figura en el primer verso del poema. La ventana de la habitación da a una arboleda. Con cada bocado, “los grandes pinos se hunden en mi pecho”, lee el cantante); músicos africanos como Salif Keita (Antes de este regalo de madurez, Salif Keita cierra un ciclo importante de su vida: vuelve a Mali, rinde homenaje a los albinos en el disco Folon y lucha a favor de unos derechos que a él le fueron negados), Rokia Traoré; sin olvidar a la vagabunda que toca la guitarra en la calle, junto al portal de su casa (Como los antiguos bluesmen, a veces su mano izquierda desliza el cuello de una botella sobre las cuerdas de la guitarra. Así consigue los sonidos trémulos).



