
No es muy proclive el cine español al género carcelario, al contrario del norteamericano que lo ha frecuentado desde la época dorada del cine negro a nuestros días─ El hombre de Alcatraz, Corredor sin retorno, El expreso de medianoche, Fuga de Alcatraz, La casa de cristal, Cadena perpetua, La milla verde, Monster ball…, la lista sería interminable ─, por lo que Celda 211, de Daniel Monzón ─ La Caja Kovak, El Corazón del Guerrero─ , sobre la obra homónima de Francisco Pérez Gandul que recoge uno de los muchos motines con que la COPEL, Coordinadora de Presos en Lucha, puso contra las cuerdas a la recién inaugurada democracia española, es una excepción que ha levantado muchas expectativas que se cumplen una vez visionado el film.
Del tono de la película habla ya la primera secuencia, antes de que aparezca el título, en la que un recluso de la fatídica celda 211─nadie que pase por ella saldrá vivo─ endurece el filtro de un cigarrillo con un mechero hasta convertirlo en cuchilla con la que sajará sus venas, y esa sangrienta escena inicial de suicidio, que obliga a cerrar los ojos al espectador, da una idea de la dureza visual, aunque nunca gratuita, que preside la película de Daniel Monzón en la que un novato funcionario de prisiones, atrapado en un motín carcelario, deberá comportarse como uno más de la jauría desesperada, para no ser descubierto, hasta el punto de que cruzará la difusa línea divisoria entre el “bien y el mal” y se situará justo al otro lado, en el bando de los desesperador.
El de Celda 211 es un tema antiguo ya explotado en el cine desde The Molly Maguires de Martin Ritt, aquí traducido como Odio en las entrañas, en la que el policía Richard Harris se hace pasar por revolucionario para deshacer una célula subversiva liderada por Sean Connery y, para convencerle, debe cometer actos terroristas que implican muerte, hasta la muy reciente y ejemplar Infiltrados de Martin Scorsese en la que Matt Damon y Leonardo di Caprio, mafioso y policía, intercambian papeles y se adentran en la policía y la mafia respectivamente, o la ejemplar Promesas del Este de David Cronemberg, con ese personaje ambivalente y oscuro interpretado por Viggo Mortensen que no sabemos de qué lado está exactamente; Daniel Monzón traslada la impostura al mundo carcelario introduciendo una variante: la suplantación de rol por parte de su protagonista viene forzada por su instinto de supervivencia y no por una estrategia determinada de desactivación del motín ─ perfectamente clarificadora la secuencia en la que el funcionario, encerrado en una celda por los amotinados, se deshace de los cordones de los zapatos, lanza su credencial al retrete y desaliña sus ropas para parecer uno más de los presos ─ lo que lleva al espectador a una angustiosa empatía con los avatares del protagonista siempre en peligro de ser descubierto si no interpreta a la perfección su papel.




