Transgrediendo la Historia

A veces lo mejor al adentrase en las oscuridades de los cines es llegar a ellos con las expectativas de lo que te dispones a ver por el suelo. Ese fue precisamente el estado con el que un servidor entró a ver Malditos bastardos, y creo, sinceramente, que las dos horas y media de diversión que me regaló el señor Tarantino no me hubieran causado la misma impresión en la condición contraria.
Malditos Bastardos supone la primera incursión del director de Pulp Fiction en el cine bélico, no por ello su película se subscribe en los parámetros de género, sino que vuelve hacer otra vez gala de su habilidad para el pastiche pop, cruzando entre sí diversas influencias, pero de una forma mucho más controlada y medida que en Kill Bill. Con Malditos Bastardos, Tarantino ha querido dar rienda suelta a su antojo, recreando una historia hilarante, disparatada e hiperbólica sobre unos personajes que confluyen en la Francia ocupada por los nazis. Tampoco ha dudado en utilizar personajes reales históricos, empezando por el propio Hitler o su ministro de propaganda Goebbels, para hacer su propia descabellada relectura histórica, donde hay cabida para sus placeres visuales y temáticos. Durante todo el visionado se respira esa sensación de que el propio director es el primero en tomárselo todo como un mero divertimento.
Pero este divertimento se ha construido de una forma audaz, inteligente y con una mano muy firme por parte de su creador. Todos los elementos que configuran el filme se articulan de forma precisa, consiguiendo en ocasiones, momentos de pura inspiración; como la magistral secuencia con la que se inicia el filme, donde vemos por primera vez al soberbio personaje de Hans Landa, interpretado por el próximo ganador al Oscar, Christoph Waltz. Esta secuencia es el paradigma de una de las características más habilidosas y definitorias del director norteamericano. En ella el ritmo se deja llevar por la extensión dilatada del tiempo debido a la ponderación de detalles, a priori insignificantes, pero que en el fondo, llenan de esplendor la personalidad de los personajes, y a la vez llenan de tensión la propia atmósfera. Esa espera dilatada, propia de Tarantino, se usa para cocinar a fuego lento los elementos necesarios que ayudarán a crear el efecto buscado una vez surja el inesperado golpe de efecto en forma de drama, humor, humor negro o violencia. Quizás más que en anteriores filmes, Tarantino se recrea en el silencio para emplazar y resaltar esas tensiones, sin que eso implique que abandone la palabra y sus ingeniosos diálogos como los mejores aliados para construir la historia y sus conflictos.



