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2018: un año de cine

posted by Marc Muñoz 10 diciembre, 2018 0 comments

Nazis

Un año más, arrastrados por la inexorabilidad del tiempo, nos vemos abocados a repasar lo más indestructible de la cosecha de este año llamando a su fin. Como ya viene siendo habitual arrancamos en materia cinematográfica y con estos pequeños resúmenes que ofrecen cuatro pinceladas de lo que ha supuesto 2018 desde el punto de vista socio-político,

2018 sigue en la tendencia alcista agorera de los últimos años. La mancha negra precipitada por la crisis económica del 2008 ha dejado un páramo de desolación y descontento propicio para el brote de las políticas más retrogradas y alarmantes en distintas partes del globo, incluso en aquellas zonas que parecían blindadas a estas. La lacra del populismo y la extrema derecha sigue desparramada por todo el planeta. Tras el cataclismo que provocó el sorpasso de Trump, le ha seguido en Europa una expansión preocupante que tiene en Hungría, Polonia y en la Italia de Salvini sus focos más consumados. Pero estas corrientes peligrosas no se circunscriben al viejo continente, también América latina ve con preocupación como las posturas extremas ganan peso en el tejido político. El caso más sonado ha sido la irrupción de Bolsonaro, un político homófobo, racista, machista y otro sinfín de cualidades aupado en la presidencia del gigantesco país de América del sur.

Incluso España, uno de los últimos bastiones ante la marcha imparable de la ultra derecha por el continente, esa zona geográfica que parece haber empezado a borrar de su registro la infamia del siglo pasado, ha caído al pulso extremista. Hace una semana la consternación se apoderó de buena parte de la población con la entrada de Vox en la junta de Andalucía. La formación liderada por Santiago Abascal ha sabido captar el descontento de la población andaluza mediante un discurso que se repite en casi todos los lares del globo con sus pequeñas variaciones locales: una proyección de las causas de los problemas hacia el otro (ese otro con la forma de los secesionistas catalanes y/o de la población inmigrante), una defensa acérrima de los valores tradicionales y patrióticos, y ese lema que cala entre distintos estamentos sociales sin distinción de educación o clase social: “primero los de casa”.

No por previsible – las placas tectónicas socio-políticas europeas ya hacían presagiar su erupción – la llegada de la ultra derecha consterna a los defensores de los valores ligados a la democracia y la tolerancia. Más cuando los otros dos partidos de la derecha del arco parlamentario giran su discurso hacia postulados más conservadores, e incluso, uno de ellos, resta relevancia a esos rescoldos que Vox amenaza con revivir. Un clima político que meses antes había sufrido un repentino vuelco (este sí que poco esperado)  con la moción de censura del PSOE que sirvió para poner el punto y final al PP de Rajoy, salpicado por los flagrantes casos de corrupción encharcando Génova y su círculo.

Por su parte la situación en Catalunya, con irradiaciones en otras partes de la península, ha desembocado en un cierto estancamiento por parte de los independentistas. La desunión de sus fuerzas, las disputas internas puestas en conocimiento del ojo público, y la falta de una hoja de ruta con avales ha sumido en el desencanto y la frustración buena parte de la población catalana a favor de la independencia, sin que por ello, vayan a modificar su voto en las urnas cuando este sea solicitado. Ahora su relato parece concentrarse en lo más prioritario, la liberación de sus políticos referenciales y en la reconstrucción de un relato puesto en duda por su propio electorado.

Las notas positivas llegan con la marginación del ISIS en suelo sirio y el efecto cortafuego que ha supuesto para el terrorismo yihadista en territorio europeo. Una lacra que parece arrinconada. Sin apoyo logístico, propagandístico y espiritual, parece que los lobos solitarios tienen menos alicientes para sembrar el terror en sus países de adopción. Es muy pronto para archivar el horror del terrorismo islámico en estos lares más próximos (sigue siendo devastador allí donde los medios deciden no poner la cámara ni la pluma), pero la ausencia de atentados con un número elevado de muertos a lo largo de los últimos meses puede entenderse como un éxito en la erradicación de este mal que amenazó con ser parte inalterable de la rutinas de Occidente, y que ahora, con la ayuda fatigosa de las agencias de inteligencia, apenas sacude la actualidad.

Aún es pronto para analizar el fenómeno, pero los “chalecos amarillos” van camino de protagonizar la manifestación social más relevante de los últimos años. En un tiempo podremos medir la envergadura de estas incendiarias protestas.

Por suerte en materia cinematografía el asunto ha cobrado otro matiz, uno de muy positivo de hecho. La cosecha cinematografía de 2018 acalla las voces insistentes que anuncian la muerte del medio. Nada más lejos de la realidad, pese a la batalla que libran los cines con el nuevo gigante del entretenimiento mundial decidido a cambiar también los hábitos de los cinéflos a la hora de consumir cine. Una Netflix que incapaz de satisfacerse con la partida de ingresos ligada al streaming de series de éxito popular, ha decidido poner la carne en el asador para dar salida a algunos de los proyectos cinematográficos más acaramelados del año. Su estrategia pasar por contar con una nómina de directores de primer nivel como Paul Greengrass, Jeremy Saulnier, Gareth Evans, David Mackenzie, los hermanos Coen, Alfonso Cuarón, y próximamente Martin Scorsese y Guillermo del Toro, entre muchos otros. Una decidida apuesta por convertirse en el mayor productor cinematográfico mundial con el que nutrir de horas de visionado sus distintos mercados que sin embargo aún no ha encontrado el encaje deseado. Salvando la excepcional Roma, película que además debería proporcionar su primer palmares importante,  La balada de Buster Scruggs para buena parte de la crítica ( servidor no sintoniza tanto), o la recuperada de las catacumbas del celuloide, Al otro lado del viento de Orson Welles, tres muestras que han puesto cierto nivel a la cada vez más amplia producción del gigante tecnológico, la cual aún se ve forzada a pisar los cines para cumplir las normativas de la mayoría de premios a los que pretende optar.

Más allá de los cambios en el paradigma de consumo, la producción de 2018 ha encontrado un páramo fecundo en el cine español. Es difícil encontrar una cosecha tan satisfactoria en nuestro cine como la de este año (permaneced atentos a la próxima lista de las mejores películas del año). En ese sentido, el cine español ha recuperado un ritmo de producción alto y además lo ha hecho con una cartera de directores que ha manifestado su plena capacidad para dar relevo a los viejos popes. Así Carlos Vermut, Rodrigo Sorogoyen, Elena Trapé, Ramón Salazar e Isaki Lacuesta (repitiendo Concha de Oro en San Sebastián) auguran unos Goya de lo más reñido. También la parcela documental ha encontrado frutos perecederos en trabajos tan dolientes y emocionantes como El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Robert Bahar.

Ha sido probablemente el cine norteamericano el que más esté sufriendo en sus fueros su pliegue comercial y palomitero hacia las nuevas generaciones. La avalancha de remakes y franquicias no deja espacio para las mentes creativas y más capacitadas, y cuando estas surgen desde los márgenes, poco tardan en ser fagocitadas por la industria. Ante esta dinámica es lógico el acartonamiento de las propuestas que llegan de Hollywood salvando contadas excepciones. Y en ese marco, tan poco optimista y liberador, la irrupción de Netflix se ha convertido en salvoconducto para muchos cineastas.

Justo al contrario que el cine europeo, que gracias a la firmeza de la red de festivales, ha vuelto a encontrar una producción más que estimable. Significativa en países como Italia, donde su cine parece haber resucitado bajo los encantos de su época dorada, o el citado cine español en una de sus cosechas más decorosas.

Es momento de concretar este año de cine en los recuerdos más inamovibles.

Trailer más aterrador: Hereditary

El debut de Ari Aster marcaba su ritmo taquicárdico desde el propio trailer. Una sacudida angustiosa con algunas de las espeluznantes imágenes que coronarían la propuesta como una de las sensaciones de género de la temporada que despedimos. Pocas veces la rotundidad del trailer se corresponde con una obra a la misma altura. Un escalofrío de 2:23 que queda instalado en la retina.

 

Trailer más memorable: The Other Side of the Wind

La mera noticia de poder recuperar la película inacabada de Orson Welles generó una reacción epidérmica considerable entre los admiradores del genio cinematográfico. Esta se vio violentamente potenciada con la irrupción de un trailer que nos remitía a una época dorada, en realidad, al choque de dos épocas doradas, la que Orson Welles puso en solfa y la del cine norteamericano de los setenta. Luego el resultado no estuvo a la altura de las expectativas como suelo causar el acumulo de interés sin filtro. Pero la película mutilada y reconstruida del desaparecido autor de Ciudadano Kane ha sido uno de los hitos cinematográficos y la mejor acción de responsabilidad social de Netflix con la comunidad cinéfila. Además, pues eso, ha dejado el glorioso trailer de arriba.

 

La secuencia más sublime: Burning/Roma (spoiler)

Burning atardecer

El thriller narcotizante y fantasmal de Lee Chang-Dong tocaba su cenit en una de las secuencias más hermosas de la temporada. La misma en la que el trío protagonista comparten, al son de Miles Davis, un atardecer bañado por la luz de la hora mágica. Más allá de la experiencia estética, compartida con esos dos hombres fijando su atónita mirada en la silueta de la chica protagonista danzando al son de la música diegética del maestro del jazz, se esconden no solo la señas estéticas del coreano, sino la clave para descifrar un cine de enigmas invisibles, dudas, ambigüedades y callejones invisibles que hacen que la obra siga creciendo tras su visionado, como esa palpitante escena que arrastramos hasta estas líneas.

Roma secuencia

La obra más personal del mexicano también acumula un buen puñado de secuencias imborrables. Es difícil resumir su impacto visual y emocional en una sola secuencia, pero seguramente la cota que provoca más erosiones en la epidermis es esa lucha desesperada de una madre que, conociendo la incurable herida de perder a un hijo, lucha a viento y marea para salvar a esa criatura sepultada por un embravecido y traicionero oleaje. Una secuencia que brota con una fuerza dramática descomunal a la vez que alberga, debajo de su oleaje, una simbología preciosa y rutilante. Cuando a la crítica se le llena la boca con titulares grandilocuentes como “cine en mayúsculas” se refieren a secuencias como la seleccionada.

La mejor secuencia pos títulos de crédito: Good Time (spoiler)

El tiempo extra ha ofrecido alguno de los momentos de cine más epifánicos y desarmantes del curso. Fue el caso del demoledor neo-noir de los hermanos Safdie. Tras bajar la cortinilla con otro plano para enmarcar – el de Robert Pattinson en el interior de un coche policial bajo la luz rojiazul característica – una última estocada emocional mordía la retina del espectador con el otro hermano (interpretado por el descomunal Benny Safdie, otro que no veréis en ningún palmares ni listas) envuelto en lo que a priori parece un inocente epílogo y que en el fondo esconde una desazón bestial, una amargura que no deja de subrayar el destino fatalista marcado en la piel de esos dos hermanos sobreviviendo en las malas calles de Nueva York. Todo ello encima reforzado por la voz eterna de Iggy Pop y el envoltorio instrumental de Oneohtrix Point Never. Simplemente sublime. Una de las cotas cinematográficas del curso.

La secuencia dramática más hilarante: Nuestro tiempo

Nuestro tiempo

¿Se puede inducir a la carcajada en un entorno de lo más incómodo y tenso? Sí, y no me refiero al humor incómodo. Reygadas, en su exploración elocuente de las relaciones sentimentales, se sacaba de la manga una de las secuencias techo del cine 2018. Aquella en la que el personaje que interpreta el propio cineasta mexicano irrumpe en la habitación donde su mujer (también en la vida real) está acostándose con un amigo común, y en lugar de las posibles salidas más lógicas, y ante la incapacidad que le provoca un ciego de coca descomunal, la secuencia desemboca en un mar de risas incómodas, con continuos balanceos entre el drama, la comicidad y la consternación tensa e incómoda. Brutal la variedad de registros de los actores y de la escena en cuestión

Un personaje icónico: Lazzaro

Lazzaro felice

Lázzaro es el nombre más repetido en la excepcional cinta de Alba Rohwracther. Lazzaro copa sus planos, su riada de emociones y despierta el signo de esperanza no solo hacia el cine contemporáneo, sino hacia la humanidad. Un ángel cinematográfico convertido en pieza icónica para la cinefilia más nostálgica

La película más ninguneada: El Cairo Confidencial

No hallaréis la obra del sueco de origen egipcio Tarik Saleh en ninguna lista de las mejores películas del año, pero su trabajo se distinguió como uno de los noir más sólidos y contundentes de la temporada. Un entramado de corrupción, bajezas morales y violencia en el seno de un Cairo que se reivindica como escenario óptimo para albergar detectives duros y ambiguos.

La película más inflada: Tres anuncios en las afueras

Tres anuncios en las afueras

La aplaudieron en los Oscar (con dos estatuillas) y en la temporada de premios. Tanto crítica como público se rindieron a esta cinta de pelaje maniqueo, burda comicidad y ese goteo de lo políticamente incorrecto maniatado a la corrección. En definitiva Martin McDonagh colaba un gol por la escuadra con esta obra débil que intentaba emular el universo Coen de la América profunda pasado por el filtro del zeitgeist moral de la época.

La película más decepcionante y polarizada: Suspiria

Suspiria remake

A Luca Guadagnino no se le puede negar la osadía para enfrentarse a un material santificado por la parroquia del terror para desmarcarse en una reintepretación con muy poco de remake. Aunque ese desvío no alcance las intenciones que pretendía el de Call Me by Your Name. Una obra discursiva, enrevesada sin necesidad, desconectada en sus múltiples subtramas. y que confía su neto en el ruido estético de unas imágenes cuidadas y embellecidas. Sin embargo, debajo de estas…la nada, la vacuidad absoluta, y por el camino, dilatado y tedioso, marchita las motas de tensión y terror. Una película sin posiciones intermedias. O te defrauda o la estimas.

Los que nos han dejado

Bernardo Bertolucci

No ha sido 2018 especialmente cruel con las grandes figuras del séptimo arte. De hecho, hasta hace tres semanas, el obituario del cine andaba bastante vacío. Sin embargo Bernardo Bertolucci, cuya muerte precedió a la del director Nicolas Roeg, ha dejado algo más huérfanos a la cinefilia mundial. También Stan Lee y su vinculación con el séptimo arte han ampliado el pabellón de ausencias. El guionista William Goldman, el cineasta documental Claude Lanzmann, el director ganador de dos Oscar Milos Forman, el director italiano Vittorio Tavianni y el actor Burt Reynolds son otros ilustres en la lista a lamentar.

 

Mejor película: Lazzaro feliz – Alice Rohrwacher 

Lazzaro feliz


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