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2019: un año de cine

posted by Marc Muñoz 10 diciembre, 2019 0 comments

Un año más, llegados a las fechas por las que circulamos, nos lanzamos, con entusiasmo y precaución, a la tarea de empezar a abrir acta notarial de lo que ha dado de sí la cosecha que alimenta esta destilería. Este año, además de las clásicas listas y resúmenes anuales, se amontona el trabajo con las listas de esta década a punto de concluir. Tal como hiciéramos hace diez años cuando empezamos esta aventura, intentaremos recopilar lo más significativo de la última década. Aunque para ello aún habrá que esperar un poco, primero pondremos el foco en este 2019, y como es habitual desde los últimos años, la materia cinematográfica supone el pistoletazo de salida.

Aunque antes de desgranar esta en simples y caprichosas categorías, cuatro pinceladas sobre los sismos socio-políticos de estos doce últimos meses. La instantánea global desde el último resumen no ha cambiado demasiado para los intereses de la humanidad, ni para la supervivencia de la tierra y sus especies, incluyendo la humana. 2019 quedará grabado en los libros de historia por su signo tumultuoso. Las revueltas sociales han sido una mecha que ha prendido en distintos puntos geográficos, tanto en latitudes más enriquecidas como en parajes más castigados por la pobreza. Un movimiento furibundo que ha tenido su repuesta más persistente y mediática (con cotas de violencia preocupantes) en el conflicto que se libra en las calles de Hong Kong desde hace seis meses. Desde el momento que la población, mayoritariamente joven, se lanzó a la calle para dinamitar una ley de extradición que, paradójicamente, fue lanzada por Carrie Lam (líder de la región) para dar una respuesta punitiva a un macabro asesinato cometido por un joven hongkonés. Esa era la justificada intención sobre el papel, pero la que traslucía por debajo era la de los intereses cada vez más acusados de China por meter mano en la rica y próspera región de Hong Kong y su no tan privilegiado estatus político como lleva el movimiento pro-democrático manifestando en todos estos meses de revuelta, adoquines rotos y comercios y estaciones de metro incendiadas. La mayoría del pueblo hongkonés teme la intromisión del gigante chino y el desgaste que esto supondría para su paquete de libertades individuales y colectivas. Sin duda, un conflicto áspero y complicado que un servidor pudo presenciar de primera mano durante 21 días de octubre de estancia en la ciudad asiática.

La llama de la furia, alimentada por el descontento hacia las instituciones y la insultante brecha social entre ricos y pobres en una ciudad donde el coste del alquiler es inasumible por gran parte de la población, ha encontrado otros focos de propagación por distintas partes del globo. Desde las siempre olvidadas zonas de Irak (300 muertes desde que empezaron las protestas) o Líbano, hasta esa ola de violencia e indignación que salpica diversos países de Latinoamérica desde hace unas semanas. La mecha empezó en Ecuador con el alza del precio del combustible aprobado por el gobierno tras las demandas del FMI, una medida que lanzó a las clases obreras e indígenas a las calles. En Chile, la inocente subida del precio del transporte puso al desnudo la sangría que afecta a una clase obrera cada vez más desfavorecida, fruto de ese engranaje económico ingeniado por la escuela de Chicago que aprovechó el reinado de terror de Pinochet para instalar allí su campo de pruebas. Algo similar ha terminado por estallar en Colombia, otra revuelta social como expresión furiosa a ese descontento avivado por las diferencias sociales cada vez más descarnadas y por el reparto desigual de la riqueza y los recursos. Y por ultimo, una Bolivia que repitió escenas de violencia y desespero pero removida por motivos de otra índole: un golpe de estado presentado como un acto de justicia democrática que terminó por forzar a Evo Morales a salir del país y a buscar asilo en México. Cerrando,un año de crispación, malestar, violencia y resquebrajamiento en toda la zona de América latina tal y como empezó: con esa crisis venezolana que hoy centella en la lejanía.

Aunque el primer vestigio de esta llama del descontento que aflige las clases más débiles empezó en las calles de París el pasado año y ha seguido en activo esta campaña. Los chalecos amarillos anticiparon una respuesta cruda y virulenta que expresa no solo el hartazgo hacia los estamentos sociales superiores, sino que manifiesta los desajustes incorregibles del neoliberalismo imperante. Su situación de agravio social lleva implícito además un aviso premonitorio del futuro cercano, una amenaza que puede terminar convertida en un leitmotiv para los políticos si no logran evitar que la transición energética lastime aún más las cepas empobrecidas y rurales de sus países. Ahí radica el próximo gran desafío económico y social de los mandamases europeos y del mundo entero a la hora de fortalecer, o, por el contrario,agrietar todavía más el tejido social de sus zonas de dominio.

Un polvorín social del que nuestro país no se libró. La respuesta más agresiva tuvo lugar en las calles de Barcelona los días posteriores a la desproporcionada sentencia a los líderes del “procés”. El núcleo independentista más joven y desalentado, el que reniega de España y de su propia plana política catalana, junto a anarquistas y otros exaltados, se lanzaron a noches de quema y confrontación contra las mal llamadas fuerzas del orden. Estampas incendiarias, inéditas en mucho tiempo, en la plácida ciudad mediterránea, y de las que, pese a su claro signo político, también emanaba el desaliento de unos jóvenes desposeídos de futuro y esperanza, como pondría de relieve, jornadas después, la acampada.en Plaça Universitat.

En clave nacional las demandas y el conflicto catalán han seguido acaparando la agenda política, y las aguas revueltas entre las zonas polarizadas. Un conflicto con vises de cronificarse y del que, la vergonzosa clase política a uno y otro lado, parece conforme con que así sea, parapetados en el rédito electoral que obtienen de esta. Aunque esta vez con efectos secundarios alarmantes, como fue el fortalecimiento y presencia notoria de VOX en el Congreso de los disputados tras el resultado salido de esa repetición de elecciones innecesaria, fruto del orgullo y la inoperancia de, una vez más, la deleznable clase política que gobierna. La irrupción y consolidación de VOX es una señal de alarma más en una Europa en crisis permanente. un oleaje de la extrema derecha que, de momento, no presenta demasiados signos para el desacelero.

En la geopolítica mundial la vergüenza ha vuelto a afectar al castigado territorio de Siria, donde los Estados Unidos sacaron sus tropas y Turquía vio una oportunidad de oro para empezar su guerra contra las milicias kurdas. Las incursiones de las tropas turcas pusieron en peligro el ahogo del ISIS en la zona – cuyo efecto global se ha hecho notar con el descenso de actos terroristas en Europa-. Aunque, al final, con la alianza de las fuerzas kurdas con el régimen de Bashar el Asad, y la llamada al orden de Rusia, parece que lograron contener las ínfulas colonialistas y genocidas de Erdogan, al menos, por el momento.

Por su parte los Estados Unidos y la China han seguido batallando por su posición de predominancia en el tablero mundial. Trump distraído con el impeachment que los demócratas han lazando sobre él por la injerencia en Ucrania. Y Xi Jiping intentado atajar sus problemas domésticos en China mientras intenta dar una imagen exterior que no avive los vientos funestos de Tiananmén.

2019 también quedará registrado como el del ultimátum para revertir o desacelerar el cambio climático. Movimientos como exctint rebellion o la figura de Greta Thunberg lideran ese proceso de transformación del modelo económico, lo que implica un cambio de paradigma en el modelo de consumo y la implantación de las energías renovables. Una consciencia colectiva que parece moverse bajo un mismo designio: promover los ajustes urgentes y necesarios para poder seguir habitando este planeta como lo conocemos.

Por último, y saltando finalmente a la materia que abastece este rincón digital, el cine ha quedado aquejado por la ausencia de esas voces autorales que persisten fuera y dentro de la industria. Un año sin películas de David Fincher, Paul Thomas Anderson, los hermanos Coen, Terrence Malick, Todd Haynes, Gus Van Sant,  Lars von Trier, Ruben Östlund, Ulrich Seild, Thomas Vinterberg, Leo Carax, Michael Haneke y tantos otros, ha terminado por afectar una cuenta de balances cuyos mayores réditos de calidad (y de nuevos valores), paradójicamente, y en buena parte, han llegado con el sello Netflix en la solapa.

El gigante del streaming sigue sigue escalando posiciones de influencia en el entramado industrial de este noble arte. A su plantilla cada vez se suman directores más reconocidos, haciendo subir de nivel su catálogo propio. Uno de los últimos en llegar, el gran Martin Scorsese, fue quien sintetizó, en su articulo en el New York Times, el carácter reproductivo que sigue apagando la llama creativa en Hollywood. Su diatriba contra el cine Marvel puso de nuevo en marcha el debate de arte vs mercantilismo, y expuso ese espíritu hollywoodiense que comulga con la fagocitación de talento. Ha habido excepciones salidas de la industria cinematográfica estadounidense, pero cada año, parecen más contadas, hasta el punto de recibirlas como anomalías a venerar, incluso por encima de su valor real – ¿alguien dijo Joker?.

Aunque 2019, probablemente,  quedará marcado como el de la emancipación definitiva de la mirada feminista. Con precisamente Hollywood amoldado a las demandas sociales de sus audiencias, un mayor número de directoras se han lanzado a expresar su distinción artística como expresión disidente del heteropatriarcado dominante. Ha resultado especialmente visible en la cinematografía española y en la catalana, como pone de manifiesto las nominaciones a los Gaudi. Un puñado de directoras catalanas (Belen Funes, Neus Ballús, Lucía Alemany) con base de operaciones en Barcelona han marcado en positivo parte de la agenda cinematográfica de los últimos doces meses.

La misma que, en clave nacional, ha quedado marcada por la obra más confesional y loada en tiempo del director español más internacional de todos los tiempos. No ha sido la única nota en positivo, Rodrigo Sorogoyen se ha consolidado como una de las nuevas voces más autorizadas y versátiles del firmamento español con Madre. El thriller ha vuelto a tener un papel destacado con las obras de los Pacos, Paco Cabezas y Paco Plaza. Mientras que la guerra civil, con un acercamiento más convencional y transitado (la de Amenabar) y otro en clave más doméstica y enclaustrada (la de Jon Garaño, José María Goenaga, Aitor Arregi),  ha vuelto a las pantallas de los cines. En los reductos más autorales, Olivier Axe, Albert Serra y Luis Miñarro han sido algunos de los autores destacados del curso.

Un actor en estado de gracia: Brad Pitt

(Photo by Amy Sussman/Getty Images)

Brad Piit sigue ampliando su curriculum al lado de los grandes cineastas de su tiempo. Su envidado físico no ha impedido que se le reconozca como uno de los grandes intérpretes de su tiempo dentro de la órbita hollywoodiense. Y este año lo ha demostrado en partida doble. Por un lado, al lado de Quentin Tarantino en la piel de ese stunt man del Hollywood del 69, haciendo de fiel escudero de una estrella en declive. Por el otro, como protagonista absoluto en el viaje al corazón de la estrellas promovido por James Gray (otro de los grandes cineastas del momento). Una eminente actuación capaz de dar estabilidad en esta odisea espacial de carácter íntimo e introspectivo.

Un director en forma: Martin Scorsese

El genio neoyorquino se ha convertido en protagonista absoluto de este 2019. Por sus méritos detrás de las cámaras, pero también por el recorrido y la repercusión que han obtenido sus elocuentes declaraciones sobre el estado de las cosas en Hollywood. Además de contribuir a un cierre dorado a su cine mafioso con una de las cintas de la temporada, en la que depura el estilo sin perder su esencia ni ritmo, y, ya de paso, marcarse un emotivo homenaje a su cuadrilla mafiosa, no hay que olvidar que Netflix también hospeda su nueva pieza de documental creativo, a medio camino entre el relato oral fantasioso y la no ficción. Un Rolling Thunder Revenue que se presentaba como el baile de máscaras alrededor de otro mito viviente, Bob Dylan. ¿Quién dijo que la senectud estaba reñida con el arte más retributivo?

El trailer más memorable: Uncut Gems/ El irlandés

Una película que nos hubiera gustado ver y que la distribución se ha preocupado para que no fuera así: Beach Bum

Beach Bum

Hay varias películas incluidas en la clásica lista de filmes más esperados del curso que se han quedado sin estrenar por cuestiones de calendario o por indiferencia de las distribuidoras. Así como algunas se estrenarán en los primeros meses del nuevo curso, hay otras que tienen todo los números por permanecer en el limbo del cine sin distribución por estos lares. Es el caso de lo nuevo de Harmony Korine, el enfant terrible parecía haber subido un nivel en popularidad y accesibilidad con Spring Breakers, sin embargo, su última obra, y pese a estar protagonizada por una estrella de Hollywood (Matthew McConaughey), no parece que vaya a llegar en ninguna fecha cercana a los cines. Esperemos que el mundo VoD acuda al rescate.

La secuencia más hipnótica: el plano secuencia en 3D de El largo viaje hacia la noche

El largo viaje del día hacia la noche

El plano secuencia de la temporada se lo anotó Bi Gan con la hipnótica El largo viaje hacia la noche. Bajo la cadencia onírica de sus imágenes, y gracias al mejor uso de la técnica en 3D que este servidor recuerda, el cineasta chino nos embarcó en un fastuoso paseo por una aldea remota de la China rural, donde su personaje central emprende una breve odisea en busca de estelas amorosas fugaces. Un majestuoso trayecto por la nocturnidad y el exotismo de esas tierras que sobrepasa el plano de la narración para instalarse en lo sensorial, y quedar así anexionada en la epidermis del espectador paciente. Una invitación que arranca con esa caída en tirolina con la que se abre una puerta a una dimensión onírica de belleza inefable.

La secuencia más hilarante: La visita del evaluador social a la casa de Charlie en Historia de un matrimonio

Historia de un matrimonio presenta diversas secuencias dramáticas dignas de mención. Sin embargo, uno de los picos de la cinta de Noah Baumbach, y que a su vez, resume su acercamiento en clave tragicómica a este melodrama romántico, es esa hilarante secuencia en que una evaluadora social de cero capacidad empática y vagas dotes sociales penetra en la esfera doméstica de Charlie y su pequeño. Pese al celo que pone el padre para causar una buena impresión ante la mujer que decidirá la custodia de su hijo, todo se desmorona ante la espontaneidad y sinceridad del pequeño, los prejuicios del sujeto crucial y la propia torpeza de Charlie que con ese tajo en el brazo acciona la comicidad de toda la secuencia hasta las cotas más altas de la temporada (quizá solo igualadas por las calurosas fricciones entre Jimmy Hoffa y Tony Pro en El irlandés). Una hilaridad que halla su clímax con ese despropósito de intento de salida de la casa con la agente social incapaz de abrir el pestillo de la puerta, y con el ensangrentado Charlie detrás suyo con serias dificultades para ayudarla en su empeño. La maestría de la secuencia no termina allí, como ocurre con otros fragmentos de esta notable obra, debajo de ese estallido cómico se esconde el desesperado lamento de un personaje abrumado por la dramática situación que tiene encima. Unas lágrimas impulsadas por mecanismos cómicos cuyo sabor resulta amargo cuando llega a la comisura de los labios. O sea, cuando Baumbach decide concluir con el personaje desmayado en la cocina e intentado disimular la herida del antebrazo ante un chaval ajeno a lo ocurrido y a la situación que atormenta su padre. Finalmente, la secuencia queda redondeada con ese padre abatido contestando, desde el suelo, con una impresión antagónica a lo vivido, a la pregunta que le lanza su hijo, “Sí, le hemos caído genial”.

La película más olvidada: Leto

Leto

Ni se encuentra en las abundantes listas que circulan estos días, ni se la respeta en la memoria de muchos cinéfilos. Sin embargo, Kiril Serebrennikov confirmó ser uno de los autores rusos a guardar en favoritos con esta incursión a la escena roquera del Leningrado de los años 80. Un filme interesado en retratar las bolsas de oxigeno durante el opresivo régimen comunista a través de un triangulo amoroso y creativo, que buscan aliento entre las pequeñas grietas de libertad bajo el yugo de la URSS. Y ese motor dramático lo accionaba con una ingeniosa e inesperada carcasa formal. Un depurado blanco y negro, asociado a la alienación, la restricción de libertades y, en definitiva, a la realidad gris propia de ese período, en contraste con sus imaginativos números musicales con versiones de himnos del pop y del rock censurados por la maquinaria del estado. Una comunión entre fondo y forma de inusitada proeza y reconfortante resultado.

La película más inflada: Nosotros

Us

Sin duda Joker y Parásitos podrían entrar en esta categoría como acaparadores de esta calificaciones hiperbólicas a las que tanto crítica como público se inclinan ante el mero avistamiento de un objeto cinematográfico inteligente o, como mínimo, inesperado y refrescante en la secuencia habitual de la cartelera. Aunque más pertinente (las otras dos obras citadas no dejan de ser filmes notables) es la inclusión de Nosotros, de un Jordan Peele con boletos para convertirse en el gran bluff de la década si sigue a este paso. Tras las maximalistas adoraciones a su Déjame salir, llegaron las no tan entusiastas, pero igualmente desmedidas cargas de aprecio a Us. Un filme que reproduce su vistoso estilo para un aparato narrativo tan inocuo como exasperante. Un vacío temático agravado aquí por un argumento que falta el respeto a la tolerancia del espectador. El fracaso del reboot de la serie La dimensión desconocida debería empezar a cuestionar la impresión que se tiene sobre un cineasta limitado y sin demasiados argumentos cinematográficos.

Los que se han ido

A diferencia de la mayoría de los años en este punto del calendario, 2019 no ha tenido que lamentar conmociones de máximo grado en el universo del séptimo arte, esto no quita que la lista que sigue esté llena de ilustres pérdidas, especialmente en la casilla de los directores.  Entre las muertes más sonadas las del productor Robert Evans, el actor Robert Forster, el escritor y actor Peter Fonda, Rutger Hauer y sus lágrimas en la lluvia, el ilustrado documentalista D.A. Pennebaker, el director Franco Zeffirelli, el director John Singleton, la musa de Bergman, Bibi Andersson, la cineasta Agnes Varda, el actor Bruno Ganz, el también actor Luke Perry, el genio del musical Stanley Donen, la actriz Doris Day, el actor Albert Finney, el director Jonas Mekas y el compositor Michel Legrand,

Mejor documental: Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story, de Martin Scorsese

Mejor película nacional: Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar

Dolor y gloria

Mejor película: El irlandés, de Martin Scorsese


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