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2021: Un año de cine

posted by Marc Muñoz 30 noviembre, 2021 0 comments

Joe Biden vacunándose

2021, el año de la salida del túnel…¿o deberíamos resumirlo como el año de una vuelta impotente a la normalidad?. El curso que apura sus últimas exhalaciones quedará recogido en lo libros de texto venideros como el de la vacunación masiva, en lo que al norte del hemisferio se refiere, obvio. Una maquinaria farmacéutica desplegada en modo turbo, con diversos vacunómetros trabajando a destajo, en aras de alcanzar un retorno a esa realidad pre 2019 que, en el fondo, resulta  implausible de devolver. Los estragos provocados por el Covid han quedado diezmados y blindados en los últimos doce meses; la virulencia del virus ha encontrado el cortafuegos esperado en las vacunas, y la población ha desviado la atención, anhelando esa vuelta irrealizable a lo que se conocía antes de esos dos años de la pandemia, a medida que se levantaban las restricciones amparadas en la mejora de los datos epidemiológicos;  las distancias de seguridad (físicas y mentales) se aligeraban. Sin embargo, el virus ya ha permeado en capas más invisibles de nuestras sociedades, se ha hecho arma polarizada y arrojadiza en arenas judiciales, políticas y sociales, y ha alterado, en mayor o menor medida (ahí entra en juego la responsabilidad colectiva y el grado de preocupación de cada uno), nuestras rutinas, y no solo  las higiénicas. Más inquietante ha sido su intrusión sin apenas oposición, ni matices, ni juicios críticos, en la esfera de los derechos individuales. La presión (y obligación en algunos países) ejercida sobre los negacionistas y descreídos con tal de ser inoculados con la vacuna ha salpicado legalmente y éticamente espacios de libertad que antes de toda esta pesadilla hubiéramos tachado de alarmantes y totalitarios. Por mucho que detrás de este colectivo que desconfía de la vacuna y que ve intereses ocultos pérfidos  (cuando solo hay de sanitarios, económicos y geopolíticos) se esconde mayoritariamente ideas nocivas y delirantes, teorías de la conspiración irrisorias que descubren problemas de fondo preocupantes como las fake news, los canales de información basura utilizados por una parte nada desdeñable de la población, la necesidad de ciertos sectores por cuestionar la versión oficial, aunque planteen versiones alternativas demenciales, la obligatoriedad de la vacuna y el control sobre datos personales no deja de ser un precedente peligroso para quien defienda vivir en democracias transparentes y salubres. Otra cuestión es la utilización que hace de todo ese caldo de cultivo ciertos partidos políticos como se demostró con el atroz y horrísono ataque al Capitolio: la primera sacudida con la que abría este curso de zigzagueos constantes al designio del virus y sus malditas variantes.

La llegada accidentada y en suspense de Joe Biden a la Casa Blanca fue una pequeña bolsa de oxigeno ante tanto acontecimiento aciago acumulado en  los meses anteriores. Una boya a la que agarrarse como esperanza para combatir otro virus mucho más nocivo: el extremismo de derechas y ese populismo teledirigiendo, para su único y exclusivo interés (y el de ciertas élites), los temores, preocupaciones y desatenciones de la clase popular. Sin embargo, el mandato de Joe Biden se vio pronto cuestionado desde sus propias filas, con dificultades para pasar las principales leyes entre sus propios apoyos en el Congreso y el Senado (ambos con mayoría demócrata), e incapaz de convencer a una cuota importante de la población de su nación para pasar por el vacunómetro con tal de arrinconar al virus. Un lucha que, como se puede seguir estos días en los noticiarios, se enroca al pase de pantalla.  Parece como si aún no se hubiera entendido una máxima que algunos predicamos desde el arranque de todo este cataclismo vírico:  hasta que todo el planeta no tenga acceso a las vacunas, y eso pasa por liberar patentes, no se atajará el problema.  Las variantes y su fácil admisión en las partes mayoritariamente vacunadas exponen en toda claridad lo absurdo y sangrante de esa desigualdad entre el planeta rico y el pobre. Ese Norte y Sur geográfico que separa la riqueza pero también dimensiona la bajeza de espíritu que se esconde detrás. El virus sigue miccionando estas divisiones agigantas por el actual sistema.

La cumbre de Glasgow de los altos mandatarios para decidir el rumbo a tomar con respecto a la principal amenaza de la vida en la tierra, los propios humanos y la erosión causada por nuestra presencia, se saldó con la habitual foto de grupo de sonrisas fingidas y apretones de codo impostados. Porque nadie en sus cábalas podría hablar de triunfo con las pocas determinaciones fijadas para el futuro venidero con el objetivo común de reemitir el crecimiento acelerado de la temperatura global y otras calamidades ecocidias que trastocarán la vida en los próximos años. La cita de Glasgow fue la constatación evidente que el coronavirus ha cambiado cosas de nuestro entorno e, incluso, de nuestra personalidad, pero que la naturaleza humana sigue inalterable en su condición mezquina, avariciosa y en su perspectiva puramente cortoplacista.

Pero alejémonos de estas cuestiones tan distantes  a la materia que fluye por esta destilería, o que fluía por estos lares, porque esta casa claudicó oficialmente el pasado 18 de mayo, justo en su duodécimo aniversario, por mucho que, de vez en cuando, no pueda reprimir sacar la cabeza de la tumba como es el caso. El cine, como otras artes y estamentos, ha estado marcado por el ritmo de vacunación y las oscilaciones del virus. Sin duda, el buen ritmo de vacunación ha dado un respiro a las salas de cine que empezaron el año con sus aforos limitados y esa separación obligatoria afectando a sus ya de por sí afligidas recaudaciones de taquilla. Aunque el verdadero problema en esos primeros tramos del año fue el desaprovisionamiento de materia prima; películas de los grandes estudios que volvieran a reactivar el flujo de espectadores. Hollywood, prudentemente, se guardó esos blockbusters aplazados por la pandemia y los períodos de confinamiento para épocas más boyantes y de mayor capacidad recaudatoria, lo que ha propiciado este alud de estrenos que vivimos en la cartelera actual y que empezó a reactivarse en verano con la vacunación expandiéndose, las medidas difuminándose y los primeros éxitos de taquilla de la nueva realidad (Dune, Sin tiempo para morir, F9, Godzilla Vs Kong, y el fenómeno chino The Battle at Lake Changjin). Sin embargo, los cines, desde hace unos años en constante amenaza de extinción, han tenido que hacer frente, más allá de pandemias y de público que opta por las plataformas de streaming y su imbatible horquilla de precios, a las ruines políticas de majors como Disney que apuestan descaradamente por sus propias ventanas de explotación a través de su plataforma Disney +  en detrimento del circuito comercial. Otros grandes actores como Warner optan por compartir durante un intervalo de tiempo limitado la explotación en cines y en su propia plataforma (HBO Max). Esta táctica de los grandes titanes del negocio amenaza sin duda la supervivencia de las salas, especialmente de las multisalas que se alimentan del producto genérico suministrado por Hollywood. Las salas más pequeñas, dedicadas al cine de autor, siguen apostando por su nicho de audiencia, pero algunos han notado severamente la espantada del público pensionista por los miedos infringidos por el coronavirus.

La cosecha cinematográfica se ha visto así favorecida por ese atasco en los conductos de distribución que ha provocado una avalancha de cine de calidad, tanto el de los grandes estudios como el periférico. He aquí la principal diferencia con el año pasado, muy lastrado por la ausencia de grandes títulos, afectado sobre manera por el parón de dos y tres meses que desencadenó el confinamiento estricto.

A grandes rasgos, y simplificando la producción de este ejercicio, 2021 se puede resumir como el del gran triunfo de las voces femeninas. Sin necesidad de cuotas ni de gestos bienintencionados de cara la galería (y al mercado), un número de mujeres cineastas han acumulado calidad, loas y laureles a lo ancho del curso. Solo hace falta repasar los palmareses de las principales citas de la temporada (Oscars, Cannes, Donosti, Berlín, Venecia) para entender la superioridad aplastante de la mirada femenina en el celuloide de los últimos doce meses.

También la producción nacional ha dejado un buen reguero de calidad. Directores consagrados y de proyección internacional (Pedro Almodóvar, Fernando León de Aranoa, Icíar Bollaín, Daniel Monzón) ha convivido en cartelera con sabia nueva que pide paso con nuevas inflexiones en la materia fílmica (Clara Roquet (Libertad), Carol Rodríguez Colás (Chavalas),   Ainoha Rodríguez (Destello bravío).

El director en peor y mejor forma: Ridley Scott

Ridley Scott

El veterano realizador británico ha perpetrado dos obras abismalmente desiguales en el período pandémico. A sus 84 no rebaja su vena prolífica, aunque cuando la desborda acaba cometiendo actos punibles como La casa Gucci, especialmente cuando deja el guion en manos fútiles. Una tediosa aproximación al culebrón de las altas costuras que cohabita en la cartelera con curiosamente una obra suya notable, mucho más lograda, y que, paradójicamente, la taquilla ha ignorado pese a tener una de las escenas de acción más impresionantes vistas en mucho tiempo en una sala de cine. La recaudación, hasta la fecha, de La casa Gucci con respecto a El último duelo pone en evidencia que el público no siempre tiene la razón.

El actor omnipresente: Adam Driver

Adam Driver

Es lo que tiene ser uno de los mejores actores de tu generación y además ser rostro de moda. El norteamericano ha pasado hasta tres veces por pantalla este año, y en todas ellas, en roles protagonistas. La primera incursión fue con el musical bizarro de Leos Carax, Anette. Y luego lo hemos visto reclutado por el autor de arriba para su logrado retorno a la Edad Media en El último duelo  y la fallida La casa Gucci, donde interpretaba a otra clase de príncipe, este de las altas costuras como heredero de la popular marca italiana.

Secuencia más memorable: El final de Libertad

Libertad plano

Clara Roquet cierra su esplendoroso debut con una secuencia que permanece agarrada a la retina una vez superados los títulos de crédito. La mirada humedecida de la chica adolescente protagonista a través de la ventada trasera del coche – un plano repetido infinidad de veces en el cine – mientras observa alejarse ese verano emancipador y la amistad imposible que se lo descubrió, se coloca en los grandes instantes cinematográficos de este curso. Un final demoledor y amargo que expone la nostalgia de esos días juveniles y, especialmente, la imposibilidad de regresar a estos y/o de recuperar esa inocencia no intoxicada por las asperezas del mundo adulto.

La secuencia más tensa: The Killing of Two Lovers

La maestría con la que Robert Machoian desarrolla el vibrante clímax final de este thriller romántico no podía pasar de largo por este resumen. Una tensión lacerante y creciente cuando los dos hombres que se disputan el corazón del personaje femenino se ven envueltos en una discusión furibunda; el diálogo entre ambos empieza a echar chispas de rencor, celos, furia, desprecio y una indignación y rabia que colapsan al espectador tras el desenlace de la contienda verbal. Con pocos elementos, y unos actores formidables, esta película, y, en especial, esta secuencia, te ponían el corazón en un puño.

El número musical del año: El final de Otra ronda

Más allá del merecido Oscar a la mejor película de habla no inglesa, el dramedy de Thomas Vinterberg se llevó varias espacios sinápticos del espectador con algunas secuencias memorables. El globo etílico en casa de unos amigos a ritmo de The Meters fue una de estas, pero la que endulzó la sinapsis y posicionó a Mads Mikkelsen para arrasar corazones es ese increíble número musical final que a modo de catarsis nos devuelve un mensaje de optimismo y joie de vivre incluso cuando se regresa del drama y la tragedia. Que es precisamente la experiencia personal que el director de Celebración vuelca en sus fotogramas. Una coreografía y una canción que siguen revoleteando entre los recuerdos más gratificantes del cine salido en 2021.

El evento cinematográfico que anhelábamos retomar: La vuelta a la presencialidad de los certámenes/Festival de Sitges

Hemos sonreído la vuelta a la rutina cinéfila con la celebración de Cannes, el disparo de salida al circuito de festivales. El importante certamen francés se celebró un mes más tarde, y con medidas y todo el embrollo, pero volvió a ofrecer los platos suculentos que alimentan al cinéfilo más exigente en el resto del año. Y además lo hizo premiando una película radical y valiente.

Ante la ausencia de esta destilería en el Festival de San Sebastián, y tras no poder acudir el pasado año, el Festival de Sitges de hogaño se erigió en el templo anhelado por la cinefilia tras periodos pesadillescos fuera de las pantallas. El festival catalán reanimó la actividad festivalera con una edición notable, tanto en programación como organización, y especialmente un dulce reencuentro con su insustituible parroquia y esas sesiones abarrotadas entregadas al producto de género en pantalla grande. El festival de cine tiene su razón de ser en la comunión en sala y el compartir opiniones y debates a la salida. Sitges es un paraíso para ambas prácticas.

La película que por fin pudimos ver…o, al menos, alguien vio: The Nest

Avistamos su existencia allá por el 2019, cuando la colocamos por primera vez en una de nuestras listas anticipativas de deseos cinematográficos. Sin embargo, la segunda obra de Sean Durkin, tras subyugar al personal con  Martha Marcy May Marlene, se ha hecho de rogar. Hasta el punto que llegó directamente, y de hurtadillas, al catálogo de Prime. Durkin vuelve a evidenciar una sabiduría admirable como cineasta en este melodrama familiar vestido con ropajes de terror, tensión y suspense. Un matrimonio envuelto en un mar de dudas y recelos, mientras las posiciones de poder entre los dos roles se desarrollan en clave de thriller psicológico, y el espacio desolado e inmenso de esa villa aporta un matiz inquietante a esta inusual acercamiento al drama doméstico.

La gran decepción: Benedetta

Benedetta

Verhoeven venía encadenando propuestas sugerentes, especialmente celebrada fue su anterior Elle, y muchos depositamos mucha expectativa en lo nuevo del cineasta holandés. Sin embargo, su Benedetta dejó a la mayoría templados, sino fríos. Su vigor y pulso quedaba aquí diezmado por un afán provocativo como única reclusa de un relato despegado de ritmo, interés y factura digna, porque ni tan solo en eso correspondía con lo esperado la nueva obra del de Desafío total.

Película que pasó desapercibida y merecía mayor atención: Cuestión de sangre y Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido

Cuestión de sangre/Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido

Han sido varias las películas que han pasado desapercibidas o que han quedado eclipsadas por otras en el ritmo incesante de estrenos. La primera, Cuestión de sangre, llegó en verano como uno de los primeros estrenos de obligada presencia. El oscarizado Tom McCarthy se infiltraba en Marsella a través de un relato que saltaba por distintos géneros pero que se resolvía con solvencia, tanto en la descripción de los bajos fondos marselleses, como en el relato romántico como el paternal alrededor de un padre coraje de la América profunda desplazado a Francia  para salvar a su hija de la perdición carcelaria. La otra película a reivindicar pasó aún más desapercibida en su estreno limitado por salas. El film de la húngara  Lili Horvát se ancla en el cine europeo de autor, Kieslowski y Polanski podían estar en su paleta autoral, para armar una magnética cinta donde los compartimentos amorosos se despliegan en una telaraña de tensión, e inquietud como si de un thriller se tratara. Una fotografía enigmática e hipnótica ennoblecen esta propuesta que plantea el amor, y sus circuitos misteriosos, como una intriga absorbente.

Los que nos han dejado

Christopher Plummer

Curiosamente, y al contrario que el anterior curso con la sangría del Covid, este año no ha tenido que contabilizar, por el momento, demasiadas bajas sonadas e ilustres del mundo del séptimo arte. Estas son las principales figuras que nos han dejado a lo largo de los últimos meses: el actor Christopher Plummer, el actor Dean Stockwell, el cineasta Melvin van Peebles, el actor Jean-Paul Belmondo, el directo Richard Donner, el actor Ned Beatty, el actor Charles Grodin, el actor Norman Lloyd, el también actor Hal Holbrook, el director Michael Apted,

Mejor documental: The Velvet Underground

Todd Haynes The Velvet Underground

Mejor película: Titane

Titane

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