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66 Festival de San Sebastián: Crónica I

posted by Marc Muñoz 27 septiembre, 2018 0 comments

Roma

Iniciamos nuestro periplo en territorio donostiarra ya en pleno ecuador del 66 Festival de San Sebastián y con una recepción que difícilmente podría haber sido más dulce. Roma de Alfonso Cuarón se distingue como una de las cumbres a batir de la temporada. Tras conquistar el Festival de Venecia, la obra más personal del mejicano sigue conquistando audiencias a su paso. Un trayecto que, con bastante probabilidad, concluya en la próxima gala de los Oscar. A través de la historia de una criada y cuidadora de una familia de clase media-alta de México DF, el de Gravity aborda un ambicioso fresco sobre el tiempo de su niñez y las mujeres que lo rodearon.  Es a través de los ojos de esta criada que el espectador se ve atrapado, sin posibilidad de escape, en un marasmo de emoción y sensibilidad bajo el eje vital que fija esta familia y sus sirvientas. Haciendo alarde de un lirismo entristecido, Cuarón, y el magistral trabajo de fotografía en blanco y negro del propio director con la ayuda de Galo Olivares, arrebatan los sentidos y la piel de quien observa con una elegancia y hermosura que parecían extinguidas en el cine contemporáneo. El filme está plagado de logros estéticos que realzan el poderío dramático que esconden las líneas de su guion. Hasta el punto de asistir a un par de secuencias antológicas que atenazan las posibilidades de salirse de su historia y de ignorar los pulsos vitales y emocionales de sus protagonistas. Algunos ya han comparado el esfuerzo con el Fanny y Alexander de Bergman, pero también resuenan ecos de Aristarain, Buñuel, Fellini, Ozu y de fotógrafos norteamericanos de la posguerra a la hora de moldear imágenes que se convierten en estables compañeras de viaje. Un trabajo profundo, conmovedor y que encandila al espectador a fuego lento bajo la suma de atributos, un incuestionable poder evocador y una crueldad atenuada por una lírica poderosa y sublime.

Un preciado sabor que quedó marchitado poco después con Ash is the Purest White, El siempre apreciable Jia Zhang Ke naufraga con este relato romántico bajo ambientes criminales por culpa de un exceso de metraje torpedeado además por la inexactitud de intenciones y la parquedad de emociones imbricado en su transcurso narrativo. ZhangKe coquetea con el humor de forma fallida y termina haciendo chocar su obra con aristas autoparódicas, más cercano a John Woo que a la propia trayectoria del de Un toque de violencia. Además hay temáticas singulares a su obra que en lugar de servir al relato quedan como meras actas de presencia de su autor, significativo para entender lo desajustado de su última tentativa. Sin duda, la primera gran decepción de este servidor en el festival.

No con mucho mejor trazo encarrila su propuesta la francesa Claire Denis. High Life arranca de forma prometedora como un relato existencial alrededor de un criminal forzado a ser un astronauta y encerrado en una nave con la única compañía de un bebé. Sin embargo, la propuesta, en su segundo tramo, termina contagiándose del tedio de sus personajes, mediante un montaje discutible, y unos avances de guion atropellados y de díficil asimilación. La de White Material confía en exceso en un planteamiento notable – un grupo de criminales enviados al espacio en una misión que no es más que una prolongación de su condena terrestre- pero termina atrapada por una indefinición temática y la poca habilidad para desarrollar y sacar punta a la historia. Les favorece llevar al límite los códigos de la sci-fi, y ampliar su mirada sobre la carnalidad, que resulta tan angustiosa y doliente como fascinante, pero termina desorientada en su barniz autoral. Un de más a menos en toda regla.


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