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Biutiful – Alejandro González Iñárritu

posted by Manel Carrasco 3 diciembre, 2010 1 Comment
Sombras de la ciudad condal

Hace unos años el mal llamado circuito de cine alternativo se vio sacudido por una película mexicana que contaba tres historias con un nexo temático y argumental. Amores perros (2000) fue un exitazo que colocó a su director, Alejandro González Iñárritu, en el panorama cinematográfico occidental y le abrió las puertas a Hollywood, siempre de la mano del guionista Guillermo Arriaga. A lo largo de la pasada década Iñárritu ha tenido tiempo de estrenar dos películas más, ir a los Oscar, afianzar su carrera con unas señas de identidad propias, y pelearse con Arriaga en lo que parece un choque de egos monumentales.

Ahora el director mexicano presenta Biutiful (2010), película rodada en Barcelona y que tiene como piedra angular a un Javier Bardem que vaga por las calles menos fashion de la ciudad condal en medio de inmigrantes subsaharianos, talleres ilegales y familiares de evidente inestabilidad mental. Uxbal (Bardem) es un padre de familia que sobrevive haciendo trapicheos más o menos ilegales y ejerciendo de chamán para conversar con los muertos. Al principio de la película, a esta especie de antihéroe le acaban de diagnosticar un cáncer terminal, y por si esto fuera poco su exmujer alimenta una relación de dependencia que se agrava ante la incapacidad de ésta de cuidar a los dos hijos que tienen en común. A este cuadro hay que sumar un hermano bastante vivales (Eduard Fernández), un problema con los restos del padre fallecido, y la mujer de un amigo inmigrante. Un drama, vamos.

Hasta aquí, poco o nada nuevo en el panorama temático de Alejandro González Iñárritu. El problema es que, en este caso, la cosa no funciona. Mucho podríamos discutir sobre el discurso multicultural y casi new age del director, que cuenta con adeptos y detractores a partes iguales, pero aquí el plumilla nota un considerable desgaste en el camino que va de Amores perros hasta Biutiful. Siendo siempre fiel a su estilo, no me parece que Iñárritu haya insuflado aire fresco a sus personajes, a la complejidad de sus tramas o a la temática, siempre desgarrada, de sus películas. Si 21 gramos (2003) me pareció un notable ejercicio de fragmentación de la trama clásica que se sustenta por sus brillantes intérpretes, la sensación de desaceleración que me provocó respecto a Amores perros se vio acentuada en Babel (2006), que no pasa de ser un émulo de un panorama de las diferentes miserias vitales y sociales de la humanidad hueco, ripioso y más bien pedante (tres adjetivos que se nos pueden atribuir también a los críticos de cine, y razón no les faltará, oigan).

Biutiful, ya sin Guillermo Arriaga, conserva algunas de las virtudes de las anteriores cintas y también muchos de sus defectos. Iñárritu es un excelente realizador, a pesar de algunas referencias infantiloides y maniqueas, y sustentado por un buen guión y un poco de contención melodramática puede firmar una cinta excepcional. La música de Gustavo Santaolalla y la fotografía de Rodrigo Prieto siempre son bazas que juegan a su favor, pese a que en este caso el primero se hace notar menos de lo habitual. Además, el director mexicano demuestra una vez más que es un acertadísimo director de actores en la figura de Javier Bardem, que sustenta él solito el interés de la película con la construcción  de un personaje perdido y crepuscular, un chamán algo alucinado que lucha por no ser arrastrado por toda la miseria que fluye a su alrededor.

Sin embargo, el filme flaquea (y casi se desmorona) en uno de sus puntos esenciales: el guión. Si las anteriores cintas de Iñárritu, y en especial Babel, tenían historias que rozaban con el maniqueísmo, Biutiful adolece de una alarmante falta de guión. La trama principal es casi inexistente, y la película se enreda en un marasmo de subtramas no siempre afortunado. Algunos personajes no encuentran su sitio en la historia, y debería ser ilegal tener a alguien como Eduard Fernández en una película y desaprovecharlo en un papel burdo, esquemático y casi espectral. A lo largo de los 140 minutos que dura la cinta busco una señal de que el personaje de Uxbal sufre algún tipo de transformación; que la enfermedad, el drama de los talleres, la familia o qué sé yo, la font de Canaletes, lo cambian y precipitan el personaje hacia un final lógico, pero no es así. Como mucho, logra ordenar algún aspecto de su vida (no desvelaremos cuál) pero el espectador de mi pueblo (Sabadell) posiblemente acabará la película preguntándose si hacían falta dos horas y veinte minutos para contar algo que da para un mediometraje.

Al final, como ya parece insinuar el póster de la película, todo el filme es Javier Bardem, que consigue construir un personaje de considerable entidad con unos mimbres bastante precarios. Bardem ganó el premio al mejor actor en el festival de Cannes de este año, y algún medio entusiasta puede que lo coloque en la terna de nominados al Oscar, pero mientras tanto, su trabajo constituye el mejor valedor de esta cinta. ¿Y Barcelona? Pues bien, gracias. Muchos nos viene a la cabeza la imagen turística que Woody Allen desplegó en Vicky Cristina Barcelona (2008) y comprobamos que el contraste con la de Biutiful denota el abismo temático y formal que separan al director de Manhattan de Alejandro González Iñárritu. El espectador medio que viva en Barcelona (y provincias) se sentirá quizá menos insultado que en la postal de Allen, pero ambas cintas constatan la dificultad que entraña construir una imagen urbana que recoja el variopinto tejido de una gran ciudad; y de hecho, ninguna de las dos lo pretende. Pero no podemos supeditar el valor de un filme al panorama que dibuje del paisaje en que se desarrolla. Iñárritu tiene aún mucho que hacer en el campo de la construcción de una historia, sea siguiendo los modelos clásicos como parece pretender con Biutiful, sea rompiéndolos con estilo. El día que lo logre, que rompa con sus vicios y su maniqueísmo, filmará algo memorable. Mientras tanto, habrá que seguir esperando.

  


1 Comment

AJR 8 diciembre, 2010 at 00:02

El trabajo de Bardem es tan inmenso que sólo por él la peli merece ser considerada una masterpiece en toda regla: oscura, desolada, poética. La crítica me parece en extremo cicatera.

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