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Cisne Negro – Darren Aronofsky

posted by Marc Muñoz 5 febrero, 2011 0 comments
Danza resquebrajada

El director Darren Aronofsky lleva golpeando las plateas de los cines con fotogramas imborrables desde que en 1998 Pi lo sacará del anonimato. Desde entonces este director norteamericano se ha ganado con cada nueva película (y ya van cinco) un puesto entre los directores más respetados y admirados de la industria norteamericana del momento.

Ahora regresa a la primera línea con Cisne Negro, la película que lo acomoda definitivamente en el Top de directores hollywoodiense, y a la vez le abre las puertas del éxito. Además el filme alberga opciones de recoger alguna estatuilla dorada a finales de este mes. Al menos se aventura un premio seguro para la actriz sobre cuyos hombros gira esta historia.

Natalie Portman se pone en la piel de Nina Sayers, una joven bailarina cuya vida ha estado dedicada en exclusiva a la danza. La joven vive en un piso del Upper West Side en Manhattan junto a una madre sumamente protectora, que moldea la personalidad de su hija a la semejanza de sus aspiraciones antes de verse truncadas por una lesión. Cuando la estrella de la compañía de ballet en la que trabaja se retira, Nina es la elegida para representar el rol principal en la nueva versión de “El lago de los Cisnes” que abrirá la temporada.  El conflicto arranca en el momento en que la protagonista no es capaz de ofrecer la versión sombría que requiere su personaje en la obra. Un conflicto que se agrava, volviéndose insoportable para ella, con la llegada de Mily (Mila Kunis); una chica bella, hermosa y descarada, que representa exactamente la antítesis de Mina, y la faceta oscura que ella ansia descubrir, posicionándose además como su principal competidora para el papel principal a ojos del exigente coreógrafo que interpreta Vincent Cassell.

A partir de esta premisa el director de Requiem por un sueño teje un thriller psicológico, bien pavimentado en torno una trama que crece en tensión y ritmo, y sobre todo sobre la admirable actuación de Natalie Portman. 

La ejecución que lleva a cabo Aronofsky del libreto firmado por Mark Heyman, Andres Heinz y John J. McLaughin resulta alabadora. Pero primero centrémonos en un guión no menos ejemplar. El Cisne Negro se edifica como una relectura hiperbólica de El baile de los cisnes de Thaickovsky. La propia estructura gira en torno a la propia representación del ballet, a la vez que temáticamente también se inspira en las claves narrativas de esta obra del siglo XIX.

A nivel de texto la historia queda marcada por las rivalidades enfermizas, la competencia feroz y dañina de cuando se aspira a la fama y al reconocimiento, la opresión ambiental, la búsqueda de la perfección, y cómo la suma de los factores acaba convirtiendo al personaje central en una bailarina esquizoide. Todo ello revestidos por unos esquemas formales que navegan por los cauces del terror psicológico y el drama de rivalidades deportivo.    

Unas ideas argumentales que Aronofsky desembaraza mediante unas cuidadas, pero poco sutiles, elecciones formales encaminadas a resaltar esa  dualidad que aflige al carácter central: el contraste entre  luz y oscuridad,  el bien y la maldad, que se expresan con el blanco y el negro que pueblan todos los recónditos (estéticos y argumentales) de esta película. Empezando por la misma Nina, el personaje puro y frágil que busca su reverso tenebrosos en la proyección perversa y malsana que representa Mily. Detrás de ello, hay connotaciones psicoanalíticas de mayor calado, más visibles en los lazos con la madre castradora.

Esta idea de dualidad enfermiza que golpea a Nina hasta los extremos más kafkianos está presente a lo largo de todo el filme con los constantes juegos de espejos, que no sólo poden en duda para el espectador qué de lo acontecido es real y qué imaginaciones propias de una mente enferma, sino que son un barómetro emocional del estado por el que pasa Nina.

Una potente base textual  en la que el director de The Fountain se siente cómodo desplegando su repertorio de pericias audiovisuales. Influenciado por el cine fantástico de la RKO, el cine de Polanski (los pasillos del apartamento parecen sacados del espacio claustrofóbico donde habitaba  Catherine Deneuve en Repulsión) o incluso las atmósferas turbias de Lynch. Sin embargo Aronofsky se recrea tanto en la representación de este ballet tenebroso que en momento desequilibra el empaque formal, en medida por tics demasiado ornamentales, teatrales y excesivos, que desfiguran un poco el tono de la historia, y que sacan al espectador del drama psicológico para llevarlo a un filme de terror producido por la Disney. Por suerte, esas escapadas de desequilibrio son contadas y el filme no se resiente en exceso, pero sí que es verdad que pierde un poco de veracidad con tanto exceso hiperbólico manifestado en efectos de sonidos resaltados, ciertas secuencias que desentonan (la más evidente  cuando Nani se aterroriza en la habitación de su madre por unos cuadros que cobran vida), caracterizaciones de personajes extremas y actuaciones sobreactuadas, como la de Vincent Casell.

Limando estos aspectos, y con un Aronofsky menos liberado y más despreocupado en su ímpetu de filmar un ballet cinematográfico perfeccionista y trascendente, estaríamos hablando de una película mejor de lo que es.  Es indudable su poder hipnótico, y la capacidad para ir en crescendo con su intriga argumental bien clausurada en un final majestuoso, pero muy previsible. Con tan solo un poco de contención en los subrayados estaríamos añadiendo otra obra maestra a la carrera de este joven director. Pese a todo, el Cisne negro se erige como la película con la que a partir de ahora habrá que referirse cuando alguien nos pregunte por su director. Sin embargo, para muchos, y en los que me incluyo, Darren Aronofsky seguirá siendo el director de Requiem por un sueño, hasta que demuestre lo contrario.    


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