Crítica

12 años de esclavitud – Steve McQueen

posted by Marc Muñoz 10 diciembre, 2013 0 comments
Raices

12 años de esclavitud

Después de descender por las bajezas morales del mundo occidental para diseccionar alguna de las patologías psíquicas y sexuales que se reproducen en las sociedades capitalistas con la magistral Shame, el director Steve McQueen regresa tras sus pasos para desenmascarar uno de los capítulos más oscuros de la corta historia de los Estados Unidos, la época esclavista. Pese a la distancia temporal que separan los conflictos de sus dos películas, 12 años de esclavitud puede  entenderse como la mirada a ese germen que 170 años  después,crea seres disfuncionales, para algunos monstruos, como el Brandon Sullivan al que Michael Fassbender (quien repite a sus ordenes, aquí como despiadado amo) inmortalizó con su arte.

Esta vez el polo de atracción lo ejerce Solomon Northup y la historia real que sufrió en propia carne cuando en 1841 pasó de vivir como un acomodado y respetable músico de Nueva York con su mujer y dos hijos, a ser un torturado esclavo en unos campos de algodón en un estado del sur. 12 años de esclavitud recorre el periplo vital y de supervivencia de este hombre al que se le extirpa toda la  vida conocida hasta entonces, incluida la familia y libertad, para humillarlo y lincharlo a fuerza del látigo.

Semejante material  parecía el más propicio para el director británico. Conociendo su debilidad por el cuerpo, sus formas, y su predilección por usar el cuerpo como máxima expresión del alma humana y su paleta emocional,  todo parecía encaminado a un goloso encuentro para aquel espectador aturdido y conmovido por la intensa sacudida causada con sus dos primeras películas. Sin embargo,  pese a que su cámara está pendiente de los estragos que el castigo de la fusta ejercieron en el cuerpo de Northup – y por ende del hombre negro en un régimen esclavista premonitorio, o ya ni eso, sino colindante y alimentador del sistema capitalista heredado a día de hoy – McQueen se adormece en su representación, y más decepcionante adocila su pulsión fustigante, su crítica audaz, y su calado emocional de alcance devastador.

Ocurre en buena parte al encajar su discurso dentro de las directrices hollywoodienses. No solo adapta su artefacto a  los parámetros más academicistas, sino que también respeta las leyes más bienintencionadas del seno de la industria norteamericana, encaminando por inercia la película hacía un terreno conocido, consentido y condescendiente.

Realmente resulta complicado de dirimir si la intención inicial de McQueen era la de construir aquí un filme mucho más convencional en varas de arrasar en la temporada de premios, hasta alcanzar su cénit en los Oscars, tal y como parece indicar el recorrido de la producción hasta la fecha. Es algo que se palpa en los poros de las imágenes. Pero no es una apreciación que llegue tanto por lo que incluye: subrayados musicales, momentos emotivos concentrados en su último tramo, actuaciones hipeventiladas, personajes maniqueos en ambos polos, etc. sino por lo que deja de incluir con respeto a l enseñado en el resto de su filmografía.

Esa punzada serena, normalmente soterrada, con la que helaba sonrisas en Shame, y golpeaba conciencias en Hunger  se ve aquí drásticamente  reducida. Toda esa virulencia carnal y toda la brutalidad que la historia invitaba en pos de recrear con excatitud los hechos reales parece atada en corto por alguien de más arriba, o peor,  por el propio autor de la cinta a modo de autocensura previa, precisamente antes de recibir el toque del de arriba. Unas sospechas que relucen durante su visionado más si valoramos el notorio vínculo del británico con el mundo del arte,  que aquí, ya sea en clave de salida narrativa o formal, ni se vislumbra.

Por suerte, esa mezcla entre acobardamiento, falta de inspiración, y rebaja del calado emocional  dista mucho de soterrar el esfuerzo conjunto, porque al fin y al cabo la película, desde un punto de vista de contenido y contienente, no presenta resquicios, su recorrido se disfruta (sufre) a lo largo de sus 133 minutos, en buena parte por la excelente labor actoral que desempeñan Chiwetel Ejiofor, como centro del relato, aunque sin duda, el gran diamante descubierto en es la martirizada esclava que interpreta la actriz Lupita Nyong’o. También mención destacada para Benedict Cumberbatch, Paul Giamatti y Paul Dano.

El resultado final es un artilugio domesticado, convencional, de corto alcance, de menor pureza y menor valor autoral que sus dos anteriores obras. Parece que McQueen se ha doblegado ante la industria, y pese a la brillantez expositiva que plantea, la crudeza de ciertos pasaje y la emotividad genuina que aflora de algunos de ellos, 12 años de esclavitud hay que considerarla como una oportunidad perdida, como una pequeño signo de rendición del autor al sistema.

7


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