Crítica

120 pulsaciones por minuto – Robin Campillo

posted by Alberto Varet Pascual 18 enero, 2018 0 comments
Recordar nuestros muertos

120 pulsaciones por minuto

Las pasadas Navidades madrileñas estuvieron, para variar, empapadas por una polémica de enorme tufo político. En esta ocasión sucedió la Noche de Reyes y vino de la mano de la ideología de género, ya que al lobby LGTB le pareció una gran idea plantar una carroza gay en un acto de raíz cristiana devenido en fiesta infantil. El resultado fue el enésimo cruce de reproches entre los del No te lo perdonaré jamás, Carmena y los La fiesta de la diversidad.

Nada de esto habría pasado si se hubiera aplicado el sentido común frente a unos viejos complejos. Primero porque la Cabalgata de Reyes no se celebra para concienciar, sino para agasajar a los niños, por lo que cualquier intromisión ideológica debe ser rechazada. Y, segundo, porque da la sensación de que el lobby gay sea incapaz de asumir las grandes conquistas de Occidente en lo tocante a la diversidad en la orientación sexual: hoy nadie le dirá a un transgénero que no puede ser paje, ni abucheará a dos homosexuales por ir de la mano a ver el evento. No se trata, por tanto, de un asunto de integración. Más bien de algo triste y perverso: usar el sufrimiento de tantos durante tantos años para cambiarle el signo religioso a la tradicional fiesta por cuestiones ideológicas.

Siento el largo excursus. No quisiera servidor caer en el adoctrinamiento que tanto le irrita, pero lo veo pertinente para aclarar por qué 120 pulsaciones por minuto me parece un film importante hasta que pierde el pie en su última media hora.

Quizás el referente más cercano a la obra de Robin Campillo sea La clase, de Laurent Cantet. Como aquella, privilegia la palabra, la necesidad de entendimiento y el diálogo. Pero aquí no se trata de preguntarse cómo afrontar un problema del presente, pues la cinta nos transporta a comienzos de los 90, sino de hablar de la relevancia de una lucha por lo que de verdad cuenta: la vida.

En este sentido se le puede reprochar al director una incuestionable complacencia con la promiscuidad, dejando el terreno de los afectos al descubierto. Acaso el universo homosexual sea así al venir del ostracismo. Quizás la película busque igualmente disponer en imágenes, y de manera honesta, una cierta idiosincrasia de los márgenes, ya que la principal diferencia entre los personajes del film y el lobby de las carrozas gays de la Noche de Reyes radica en el desprecio hasta la indigencia que sufren los primeros.

En su camino, el metraje deja algún otro gesto más de trazo grueso, como esa escena en la que una estudiante hetero, a la que le dan asco los gays, ve con grima cómo dos de ellos se besan ante sus ojos. Pero sería ridículo perderse en estas cosas nimias cuando, como decíamos, frente a nosotros se despliega un imponente dispositivo a la caza de una importantísima verdad: que la formación de aquel grupo LGTB nada tenía de ideológico, pues su meta era la defensa de la vida.

Ambigua y de enorme riqueza en los matices, la película presenta así un discurso de una vigencia total que nos recuerda que al círculo de poder se le han olvidado sus muertos. Campillo los homenajea en el retrato de una batalla real por unas vidas que contaban como las que más. El trabajo sobre nuestra memoria se torna entonces esencial. La tensión que entabla ésta con la Historia y el turbio presente politizado, reveladora.

Lástima que ahí, en lo más alto, frente a una imagen del Sena mostrada cual aorta parisina, la cinta decida extenderse otra media hora para vomitar un final deplorable donde ya no se habla de enfermos de sida, de su vida, de su lucha, de su gracia y su alegría más allá del dolor. No. Muy al contrario, se perpetra una eterna secuencia de pornografía del sufrimiento, protagonizada por un pre-cadáver, que convierte al río francés en un riachuelo con aroma a perfecta arma ideológica. Una pena este exceso, pues, hasta la llegada de esta conclusión aberrante, 120 pulsaciones por minuto era el más insólito y perfecto compañero de viaje del Coco de Pixar para una soñada sesión doble a la memoria de nuestros muertos.

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