Crítica

1917 – Sam Mendes

posted by Marc Muñoz 15 enero, 2020 0 comments
Senderos apagados

1917

Favorecida por su conquista inesperada en los Globos de Oro, 1917 ha tomado un paso firme para erigirse en la primera película relevante del curso 2020 y en la más recurrida en tertulias cinéfilas mientras toma carrerilla para los Oscars, donde se planta con 10 nominaciones. Lo hace bajo los parabienes acumulados (tanto de público como crítica) dirigidos, principalmente, a un andamiaje técnico que roza la proeza. Sin embargo, retirada la imponente lona que lo cubre, la propuesta de Sam Mendes descubre el vacío de unas imágenes de corto recorrido mental.

Porque detrás de este film (¿anti?)bélico alrededor de dos soldados rasos en una peligrosa misión para salvar 1.600 vidas de la maquinaria alemana en plena primera guerra mundial se manifiesta un exceso de confianza en una forma al servicio de un aparato narrativo desnutrido y vaciado, tanto de fuselaje dramático, como de cualquier mensaje que cale en las horas posteriores.

Algo que de per se no debería invalidar la propuesta del cineasta de Sam Mendes, como ha demostrado recientemente Christopher Nolan con Dunkerque, y ese cine que busca el apego sensorial por encima del esquema narrativo con tal de sumergir al espectador en una experiencia inmersiva, en ambos casos, compartiendo además un tablero bélico parecido. Sin embargo, la propuesta del cineasta de Camino a la perdición plantea más deficiencias de lo esperado. Edificada mediante un plano-secuencia falseado (se producen cortes durante el trayecto) la voluntad del director inglés reside en traspasar al espectador los miedos y los peligros de la guerra mediante la odisea de estos dos soldados intentado cruzar por zona enemiga. Sin embargo, su temple ostentoso, apoyado por el talento indiscutible de Roger Deakins, se desarma por un relato afectado por las inverosimilitudes y su diseño pobre y de reducido esfuerzo.

Es ese dispositivo narrativo (sorprendentemente reconocido en los Oscar con una nominación al mejor guion original) el que se acopla sobre los raíles videolúdicos del shooter bélico: una construcción de distintos niveles, y los pertinentes desafíos que se alojan en estos, que deberán superar los dos interpretes y que ponen en evidencia las sinergias cada vez más acentuadas entre ambas artes. Sin embargo, en lo que Midway (o la más lejana Salvar al Soldado Ryan) podría funcionar como un molde periférico para activar la experiencia inmersiva durante el visionado, aquí desfallece por una pobre elección y por una creatividad rácana a la hora de diseñar estos niveles y obstáculos. Todo ello queda evidenciado con una ausencia preocupante de la tensión dramática (¿por qué no se utiliza el cronómetro como un elemento antagónico para potenciar la desesperación?) a lo largo de sus dos horas de metraje (descontando algunos instantes con potentes golpe de efecto). El film transcurre por una apacible terreno belicoso, haciendo que el espectador no logre empatizar con el supuesto sufrimiento de los soldados en pantalla – tampoco ayuda la aportación que desempeñan los debutantes George MacKay y Dean-Charles Chapman.

Y así es como este Gallipoli (la misma trama que se desarrolla aquí en dos horas, Peter Weir la comprimía en unos frenéticos y emotivos veinte minutos finales de recuerdo imborrable) naufraga en su voluntad por epatar mediante un mero dispositivo técnico que reluce en su virtuosismo, pero que se ve apagado por esa falta de validez en su fondo.  Algo que resulta, si más no, decepcionante teniendo en cuenta la cantidad de obras referenciales, sin salir de su género, a las que parece recurrir Sam Mendes de forma más o menos explícita. En ese sentido, resulta sintomático esa secuencia en las inmediaciones del final, en que el soldado protagonista de esta historia entra en contacto con un batallón a las puertas de un ataque inminente mientras uno de ellos canta una canción y el resto lo observa en silencio. Inspirada en la sublime escena final de Senderos de gloria (también recurre a Kubrick para filmar los paseos por las trincheras), el efecto emocional desarmante de esa se torna aquí en algo inocuo y pasajero. Mendes falla al diseñar los preparativos emocionales para que surja el efecto demoledor que logró Kubrick en su obra maestra antibélica.

Así, 1917 no es más que un recorrido entretenido, de admirable proeza técnica y fotografía excelente, pero cuyo poso se disuelve al traspasar el umbral de la sala de cine. Hay videojuegos bélicos que sacuden y emocionan más que esta inflada obra.

5,5

 


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