Crítica

45 años – Andrew Haigh

posted by Alberto Varet Pascual 16 septiembre, 2015 0 comments
El aburrido cine de yayos

45 años
45 años es una de esas películas que da la sensación de haber partido de dos imágenes poderosas. O, al menos, eso es lo que se desprende del hecho de que ambas tengan un antecedente justo al comienzo de la cinta. Por eso apenas hay sorpresas en el film. Pues, a estas alturas, un sonido en los títulos de crédito o una canción tarareada de forma supuestamente natural en el arranque, dejan entrever la posible baza que jugarán a posteriori. El resultado es que el espectador está al tanto, desde el primer minuto, de lo que tiene que llegar, y solo le queda aburrirse ante la sucesión de secuencias cargadas de tópicos dispuestas simplemente para ‘generar metraje’ en lo que parece el tic mater de todo un género que podríamos llamar ‘cine de yayos’.

No es ninguna exageración, aunque, quizás, la mayor culpa aquí sea de aquel que, con una ingente cantidad de visionados a sus espaldas, ya solo encuentra estimulante, en este tipo de producciones, escenas como aquella de Días perros, de Ulrich Seidl, en la que una anciana le hacía un striptease a su marido. Un momento imborrable que no cesaba de llegar a la cabeza de este crítico (incapaz de prestar atención a los diálogos en clave natural, pero claramente escritos) durante el tiempo que duraba una realización aún más vieja que sus protagonistas.

Porque el naturalismo en el cine contemporáneo pasa por una determinada improvisación que aquí, como poco, no se intuye. Estamos, más bien, ante el enésimo ejercicio académico, disfrazado de algo mejor gracias a una levísima originalidad (Charlotte Rampling descubriendo en su interior una traición mientras suenan las campanas de una iglesia), que vuelca su potencial en las formidables interpretaciones del dúo protagonista.

O sea, que 45 años no es nada que no hayamos visto, por mucho que todo esté bien colocado y que sus dos escenas motrices tengan una enorme pegada. Pero es la impresión de que esos potentes momentos son el punto de partida sobre el que se sostiene un artefacto bastante vacío la que cimenta dos molestas sensaciones: una es que en el metraje todo está ‘atado y bien atado’ (el guión como esclavista); la otra apunta a que Andrew Haigh ha concluido su trabajo justo donde tendría que haber llegado el punto de giro.

Sí, al igual que en la española La herida, de Fernando Franco, la película prefiere acabar en alto antes que poner verdaderamente en crisis su material de partida (si bien es cierto que esta conclusión es mucho más asombrosa que aquella), y decide apagarse en una de las pocas secuencias ciertamente interesantes jugando, de nuevo, la baza de una impagable Rampling. Esta decisión provoca una lógica reacción contraproducente: uno no deja de preguntarse, en bastantes momentos del visionado, por qué la esposa es tan pusilánime y no pone de una vez por todas las cosas claras a su marido. Asimismo, y al igual que en Amour, de Haneke,  la cinta está obligada a ‘hacer tiempo’ hasta abrazar ese glorioso final, lo que la fuerza a pasearse por varios tópicos del género, como un inane baile entre señores de la tercera edad o lo que podríamos llamar ‘la escenita piano de todo buen film de yayos que se precie’. Momentos perpetrados para dibujar una supuesta complejidad venida de la madurez que, sin embargo, y muy a su pesar, ponen de manifiesto una tristísima realidad: que para los cineastas actuales la vejez es aburrida y sólo puede ser mostrada honestamente a través de películas aburridas. O, dicho de otro modo: que solo los directores sin miedo al ridículo, como David Lynch o Ulrich Seidl, son capaces de hacernos ver que la vida, por muy anciano que uno sea, es divertida.

5,5

 


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