Crítica

A propósito de Llewyn Davis – Joel y Ethan Coen

posted by Alberto Varet Pascual 31 diciembre, 2013 0 comments
Un asombroso ejercicio en falso

A propósito de Llewyn Davis

A los hermanos Coen les está sentando bien hacerse viejos: ya no son los más enterados de la clase, dispuestos a reformular con arrogancia diversos géneros, sino que han asimilado lo aprendido por el camino para erigir películas con una voz propia y una libertad que evita la gruesa ligazón con el referente original. No obstante, uno nunca deja de ser quien es, y los de Minnesota siguen pasándose de listos en algunos aspectos. Esta vez le ha tocado el turno al peculiar retrato de los Estados Unidos (Nueva York, básicamente) de principios de los sesenta que han construido en su reciente cinta.

Y es que, algunos críticos que, de un modo u otro, estuvieron presentes en la ciudad de los rascacielos durante aquella época, sostienen que nadie hablaba así. Que las palabrotas que los autores ponen en la boca de los sujetos que pueblan el Greenwich Village son un exceso. Una licencia que desplaza la emoción real del film, como pasaba, por ejemplo, con The Artist, esa obra que anhelaba evocar el cine mudo con la ayuda de unas interpretaciones procedentes del sonoro. Y es una pena, porque estamos ante uno de los mejores, más serios, libres y contundentes ejercicios de los aclamados directores.

Dividida en tres partes claramente diferenciadas, A propósito de Llewyn Davis comienza como un trabajo costumbrista plagado de referencias folk (de Peter, Paul and Mary a Pete Seeger pasando por el productor Albert Grossman) atravesadas por el filtro de la caricatura y el descreimiento marca de la casa, en el que un cantante deambula como si viviera en un limbo. Un espacio donde se intuye una inminente eclosión que, sin embargo, parece esquivar constantemente la figura del protagonista (excelente Oscar Isaac). Esta perturbación palpita en el ambiente, como si fuese una presencia etérea, gracias al talento de los creadores para empapar de una silente emoción los recitales musicales, los conflictos de los personajes (a pesar de la mala elección de la siempre dulce Carey Mulligan como una maleducada amante) o la aparición de deliciosos detalles que funcionan por acumulación: desde el acto de colocar un vinilo, al préstamo reiterado de ropa de invierno, pasando por los claroscuros brindados por Bruno Delbonnel o los gestos de un gato muy carismático.

Se trata, por tanto, de la edificación minimalista de un universo de frustración muy similar al que vimos en Barton Fink. Un mundo plagado de negativas y de decepciones, de pequeñas ilusiones que se van al traste rápidamente y de un humor socarrón perfectamente reconocible. La recreación, a fin de cuentas, de una pesadilla que tiene por salida la road movie, el género en el que los de Minneapolis se vuelven a desatar.

Porque el segundo movimiento de esta realización contiene los más altos grados de abstracción de la carrera de estos celebrados artistas. Aquí, la mirada de un minino, los silencios en el vacío de la noche, los sonidos de una radio de automóvil, la música de Mahler, la figura oblonga de John Goodman, la luz de la policía, la belleza de la nieve al caer o el atropello de un animal se convierten en la materia prima de un suspense originalísimo que, como es habitual en la obra de los norteamericanos, se desarrolla bajo los focos de un coche que transita solitario una oscura carretera. Un tramo fijado en el tiempo con mayor sutileza que la mostrada en Muerte entre las flores o en Fargo, y que es rematado, de manera asombrosa, en el interior de un decepcionante paraíso musical en el cual, Llewyn, interpreta una antológica versión folk de la popular balada inglesa The Death of Queen Jane.

Un maravilloso viaje de ida cuya vuelta tiene la forma de regreso a una patria al borde de la transformación: la silueta de Bob Dylan en el Gaslight Cafe, a punto de prender la escena contemporánea, engullirá al particular Ulises para alojarlo perdido a perpetuidad en el laberinto de reflejos de la esquiva mitología generada por su tiempo.

Porque un estilo muere para dar paso a otro, parecen decirnos los responsables de Sangre fácil. O, por lo menos, es ahí donde irradia más fuerza su último trabajo: en la tierra de nadie que se levanta entre la figura del protagonista, iluminada por el reflejo de la luz de la nieve hasta que es mutilada por el corte a negro, y la del creador de Blowin’ in the Wind, que se mueve en sentido contrario: de la sombra a la claridad, como un espectro a punto de tomar cuerpo.

A propósito de Llewyn Davis es, pues, un título que nos da la oportunidad, como espectadores, de inmiscuirnos en los vericuetos de un trozo de la Historia de los Estados Unidos atravesado por una peculiar memoria plagada de personajes que hibridan entre lo real y lo imaginado. Un magnífico ejercicio musical, que posee el contorno de un caras B de los éxitos del folk, y que tiene a bien no caer jamás en la nostalgia, aunque, lamentablemente, sí lo haga en la arrogancia habitual de unos hermanos que elaboran un retrato neoyorquino que suena, de algún modo, a falso.

marco 75

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