Crítica

Amazing Grace – Sydney Pollack, Alan Elliott

posted by Sebastián Blanco Portals 3 octubre, 2019 0 comments
Una obra musical de escaso valor cinematográfico

En 1972, en una iglesia bautista de Los Ángeles, Aretha Franklin interpretó durante dos días, junto al Reverendo Cleveland y un coro de góspel, un repertorio de canciones religiosas con las que la artista había crecido. Su actuación fue grabada en directo, y acabó por convertirse en el disco más vendido de la historia de este género musical. El entonces principiante Sydney Pollack, encargado de dirigir la grabación en película de este momento histórico, cometió un error que mantuvo el material en la sombra durante casi medio siglo: olvidó utilizar claquetas, por lo que la sincronización de audio y vídeo de las veinte horas de filmación resultó imposible. Años más tarde, siguiendo la voluntad manifestada por Pollack antes de su muerte en 2008, el productor musical Alan Elliott recuperó el material y, sincronizándolo con la tecnología actual, dio a luz a un documental de 90 minutos al que llamó Amazing Grace.

La película destaca principalmente por su inmenso valor histórico. La posibilidad de recuperar después de décadas las imágenes que atestiguan uno de los momentos cumbre de la historia de la música reciente es todo un privilegio, que los amantes de Aretha y de la música en general recibirán con gran entusiasmo. El innegable talento de la reina del soul carga con el peso de la película casi en solitario, eclipsado solo en algunos momentos por pinceladas de emociones turbias, quizá solo perceptibles para aquellos que conozcan algunos detalles de la vida personal de la cantante. 

La biografía de Aretha Franklin está plagada de rincones oscuros devenidos en mito y morbo. A menudo se cuenta que su padre, pastor de la Iglesia Bautista de Bethel en Detroit, era un adicto a la lujuria que organizaba orgías donde participaba su propia hija. Franklin dio a luz a su primer hijo con solo 12 años como resultado de una de estas fiestas, e incluso se llegó a especular que fue su padre quien la había dejado embarazada. El trauma de estas experiencias dejó huella en la cantante, cuya vida personal se vio marcada para siempre por las adicciones y los conflictos sentimentales. Sabiendo esto, el espectador recibirá la imagen de una Aretha fría y distante frente al discurso sentimentalista y grandilocuente de su padre como una bofetada que lo dejará encogido en su asiento.

El problema de Amazing Grace llega cuando se trata de juzgarla exclusivamente por su valor cinematográfico. Exceptuando un par de momentos narrativos en los que se perciben conceptos de guión trabajados –especialmente a partir de la mitad de la película, el anticlímax que da comienzo al segundo día de grabación seguido del clímax musical que da título a la cinta– , cuesta encontrar en el montaje de Alan Elliott algo que haga que su obra no forme parte solamente de la historia de la música, sino también de la historia del cine. En el plano formal, el interés también es mínimo y se reduce a tres o cuatro momentos puntuales. El estilo de documental veraz e inmediato, alejado de recursos estéticos, no es un problema en sí mismo. El error está en la falta de intención en el montaje de las imágenes, que termina dejando al espectador con la sensación de haber asistido a la filmación de un concierto cualquiera.

En definitiva, quien asista a las salas a ver Amazing Grace debe tener claro que no verá una pieza cinematográfica impresionante. Sin duda disfrutará de la inmensa voz de Aretha Franklin, quizás se emocione como se emocionaron los fieles que asistieron a la grabación original a principios de los años setenta. Pero lo más probable es que, al final, se quede con la anécdota de haber descubierto un momento esencial en la historia de la música, y condene su identidad como obra cinematográfica a la indiferencia.

5,5


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