Crítica

Amor – Michael Haneke

posted by Marc Muñoz 11 enero, 2013 4 Comments
La paloma encerrada

Amor Michael Haneke

El saqueador de conciencias austriaco por excelencia (con permiso de Ulrich Seidl) regresa a las pantallas con Amor, un último artefacto fílmico que contra todo pronóstico le ha abierto las puertas  a los Oscar (5 nominaciones). El de Funny Games centra esta vez su incómoda y angustiosa mirada en la vejez, y en su posterior estadio, el definitivo e inapelable. Y su relato sobre uno de los temas que han atormentado al hombre desde los albores de la humanidad lo articula a través del vínculo afectivo de una pareja de ancianos recluidos en su lujoso piso del centro de París.

Ya desde una primera secuencia cruda y seca, se nos anticipa que lo que transcurrirá en los próximos 120 minutos en las paredes encerradas de ese piso no está hecho para todos los estómagos. Un factor que no viene estimulado desde el sadismo y la visceralidad  que guiaba La pianista o Funny Games, sino mediante un discurso más soterrado, más inapreciable y naturalista, en ese sentido más cercano a su imprescindible La cinta blanca.

Porque en Amor el austriaco vuelve a sumergirse en su discurso sin vacilaciones, sin parapetos que oculten el dramatismo que emana de sus imágenes, y sin corsés estratégicamente dispuestos, lo suyo es una mirada dura, directa, sin necesidad de potenciar el componente emocional, pero a la vez con ese punto tierno, y un escapismo hacía el fantástico que hace perder a la película su orientación principal.

Prácticamente levantada en un solo escenario (esa casa que va oscureciendo y perdiendo vida al ritmo de sus habitantes), cámara plantada en planos fijos, y su habitual ritmo dilatado,  Haneke nos propone asistir a la decadencia física de una pareja de ancianos, que con la enfermedad de ella, se ven arrastrados hacía un conflicto que pondrá a prueba el amor entre ambos.

El principal acierto es ese acercamiento desnutrido de cualquier marca de sentimentalismo y afección desmesurada recae en unos protagonistas que expresan y transmiten sin necesidad de remarcados. En ese sentido la labor desempeñada tanto por Emmanuelle Riva como por Jean-Louis Trintignant resultan admirables. No se puede decir lo mismo de los personajes interpretados por Isabelle Huppert, la hija del matrimonio, y su pareja Alexandre Tharaud, algo desenfocados y desistidos en el relato. Como si no entendieran o no quisieran entender la dificultad  que afronta la pareja y pone en conflicto sus lazos afectivos, algo que también se ve con la llegada del pianista y ex-estudiante que pasa a visitarlos. Son, las suyas, secuencias que pasan de la sutileza a lo obvio

Pero quizás el mayor desajuste de Haneke en su personal descripción de esta última parada del amor, son las incursiones fantásticas que vive Trintignant que transitan entre la demencia provocada por la dificultad de la experiencia vivida y lo onírico, pero su descalabro viene más por el tono adoptado, entre el terror y lo fantástico, que lejos de potenciar el hilo central del relato, te alejan de él, parece como si Haneke se hubiera visto atrapado en la limitación espacial impuesta, y hubiera tenido que recurrir a esas artimañas para no quedarse encerrado.

Pese a lo sentido, real y certero de lo que nos cuenta, siempre con un poso amargo y tétrico aflorando, su mirada sobre la muerte no resultará de las más inolvidables vistas en la gran pantalla. A Bergman le sobraba con una única escena en Fanny y Alexander para sacudir con más virulencia que el autor austriaco en toda su película. Amor resulta una notable  película, pero en el contexto de una filmografía resaltada por la lucidez, la agitación y la punción, es un pequeño paso hacía atrás.


4 Comments

Alberto Varet Pascual 11 enero, 2013 at 14:12

Yo no le encuentro el sentido al arranque, teniendo en cuenta lo que hace después. Las salidas al onírico son de broma. El final, de traca. No sé, creo que no tiene ni pies ni cabeza. Que es una película muy simplona con barniz ‘hanekiano’ para aparentar pero que este barniz tampoco tiene su razón de ser. No hay motivo para abrir con una escena ‘Brechtiana’ como no lo hay para mutilar el relato si has comenzado mostrando el final. Parece que paga un precio por ser quién es. Es un film muy cobarde.
Además, creo que hace del batiburrillo ideológico complejidad y el batiburrillo es, sólo eso, batiburrillo. Yo la encuentro lamentable. ¡¡Y esa suelta del pichón!! ¡¡Venga ya!!

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Marc Muñoz 12 enero, 2013 at 23:58

Qué duras palabras para alguien que nos ha ofrecido tanto cine. Yo no la encontré una propuesta mala, ni mucho menos, pero sí que creo que no está a la altura de buena parte de la obra del autor, y ni mucho menos, a todos los elogios y premios que está recibiendo. Creo que el principal problema de la película es que Haneke se pierde por sus habitaciones, y que al necesitar infringir aire al relato, la caga, porque se le va el tono. Pese a eso considero que es un digno trabajo, pero películas sobre la muerte y la vejez se han hecho de infinitamente mejores, empezando por cualquiera de Bergman.

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José Luis Muñoz 13 enero, 2013 at 13:27

Yo no creo que el principio sea mutilar el relato, ni muchísimo menos. El espectador no espera sorpresas en la historia, ya sabe lo que va a suceder. No juega con ello Haneke. Lo que describe, desde mi punto de vista magistralmente, esa esa relación amorosa al final de la vida, cuando el amor realmente es más generoso porque es entrega absoluta sin esperar nada a cambio. Es simple, sí, claro. Pero Haneke nos hace entrar en el drama de esos dos seres que se enfrentan a su final en soledad, los mira con una inusual ternura. El director austriaco no es apto para todos los públicos. Tampoco lo son Lars Von Trier, David Lynch o David Cronemberg.

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Alberto Varet Pascual 13 enero, 2013 at 16:13

Yo no digo que el principio mutile el relato. Justo al contrario. El principio viene a decirnos que lo que le importa a Haneke es el trayecto y no el fin. Entonces, ¿por qué mutila su relato con esas salidas al onírico?, ¿por qué no filma repeticiones, digamos, una ritualidad que despersonaliza, una rutina que agota, como Seidl en ‘Paradise:Faith’?, ¿por qué coloca a su protagonista como un abuelo que parece ir de tripi en busca de una revelación FINAL?, ¿por qué existe esa revelación final si lo que importa es el trayecto?
Cuando Haneke llega a ese punto último (para mí, el único momento de cine verdadero de todo el film) lo desprecia. Desprecia el amor porque, según los nihilistas, implica debilidad.
A mí, particularmente, me da igual que seas nihilista pero no puedes quedarte a medias. No puede ser que estés entre la pseudo-búsqueda (porque Haneke ha perdido la fe en el cine) del misterio del dolor y, por otro lado, su desprecio.
El gran problema es que no se aclara. El gran problema es que si este tipo es nihilista yo soy el ratón Mickey.
A mí me ha parecido una broma pesada y flipo con los que ven amor y ternura en el film. Yo pienso que sólo hay ganas de epatar y que el final es muy ridículo e incoherente como lo es el resto del metraje.
Y no es por cargar las tintas con alguien que ha hecho pelis muy interesantes pero, sin duda, Haneke tiene hoy mucho más de simulacro de lo que fue que de cine arriesgado. ¡Y que haya quien diga que Cronenberg es un adocenado!

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