Crítica

Anna Karenina – Joe Wright

posted by Marc Muñoz 15 marzo, 2013 0 comments
La coreografía del amor

Anna Karenina

Tras embarcarse en un periplo, como mínimo, desconcertante con  El Solista y Hannah, Joe Wright regresa a su terreno más fértil, el que le ha labrado prestigio y solidez hasta convertirlo en una de las figuras más fiables del panorama cinematográfico inglés dentro del melodrama de época. Un regreso auspiciado por la archiconocida novela de Leon Tolstoi, Anna Karenina.

El cine de época, genero que goza de amplia tradición en tierras inglesas: desde David Lean hasta el tandem Merchant-Ivory han ofrecido extraordinarias muestras de éste; encuentra en Wright un digno relevista, capaz de acercarlo, con inteligencia, respeto y habilidad, a los nuevos tiempos, y por ende, a las nuevas generaciones.

Tal y como procura en su último esfuerzo cinematográfico. Donde regresa a un cine preocupado por el detalle, de formas sobrias y elegantes, y condescendiente con los sentimientos y las emociones universales.

Patrones que vuelven a cincelar con precisión el conducto por el que transcurre esta nueva adaptación del amor prohibido entre la aristócrata Anna Karenina, una mujer casada con un miembro de la alta sociedad peterburguesa, que se enamora perdidamente del apuesto oficial Vronski. Una relación que pone de relieve el amor como motor hidráulico aplastante sobre la razón, y los recelos morales que levanta este tipo de relación en la época que recoge el filme (S. XIX), especialmente para las mujeres.

Un aspecto resonante a lo largo de un relato guiado por el romanticismo, pero también por el anti-romanticismo que aflora en su historia, o la pérdida de intensidad en lo que parecía eterno e incombustible. Un mensaje, y unos sentimientos, que Wright sabe conducir con elegancia a través de los gestos, las miradas, y los movimientos de unos personajes, encabezados por Keira Knightley en la piel de Anna Karenina, Jude Law en la del engañado esposo, y Aaron Johnson como el joven seductor.

Una vez más el talento de su director exalta por la exquisitez que destilan los fotogramas de sus películas. En esta ocasión Wright plantea una puesta en escena arriesgada y original, con llamativos separadores que utiliza como elipsis temporal y/o cambio de escenario, y que ponen de manifiesto la artificialidad del cómo para centrase en lo universal del qué. También acierta con los números musicales, una práctica que ya insinuaba intenciones en Expiación, y que aquí lleva a concretar en todas sus consecuencias, y en todas sus virtudes, con el siempre eficaz arropamiento sonoro de las partituras lanzadas por el genial Dario Marianelli. Asombrosas resultan por ejemplo las bellas secuencias de baile que plantea como coreografías del amor y la pasión soterrada, o ese original número musical que tiene lugar en oficina del hermano de Anna en Moscú.

Al final, tras este placentero, fascinante y embriagador viaje que propone el director inglés, uno termina con la sensación de que la película se ha visto perjudicada, al menos en su alcance de premios (4 nominaciones en los Oscars y un solo premio para el vestuario), en su proyección ante el público, y en su huella en taquilla, por el éxito de popularidad y marketing del musical Los miserables, una obra infinitamente menor a este dibujo amoroso llevado a la práctica de forma lujosa y atinada.

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