Crítica

Atardecer – László Nemes

posted by Marc Muñoz 10 enero, 2019 0 comments
Apego formal

Atardecer

El húngaro László Nemes salió a la palestra cuatro años atrás con El hijo de Saúl, un relato inmiscuido en las atrocidades del Holocausto que terminaría conquistando el Oscar a la mejor película extranjera de ese año. La principal baza formal de esa aplaudida ópera prima era una cámara de seguimiento acoplada a un prisionero judío intentando sobrevivir físicamente y moralmente a Auschwitz. Una decisión que relegaba el horror nazi al fuera de campo o al entorno desenfocado, convirtiendo ese espacio, aún si cabe, más siniestro y amedrentador que si se hubiera optado por lo explícito (lo sugerido como canal directo hacia el dolor).

Una dinámica de cámara y en la realización que vuelve a aplicar en su segunda obra aunque el escenario sea otro. Atardecer se sitúa en el Budapest de 1913, cuando una joven de veinte años llega con la intención de trabajar en una tienda de sombreros que había pertenecido a su familia. Sin embargo, tras la negativa, y en un clima de revuelta, se verá absorbida por una danza urbana que le descubrirá misterios familiares que desconocía.

Encauzada en el drama de época, Nemes vuelve a comprometer su obra con un atrevido (y a ratos incómodo) envoltorio; aquí menos coherente con los impulsos dramáticos que recoge su historia y sus personajes. Sus dilatados planos-secuencia alrededor de esta chica perdida en la gran urbe del imperio austrohúngaro cobran sentido para expresar los estados de convulsión y caos en los que deambula su protagonista, sin embargo, esa marca de cámara pegada al primer plano de la actriz (frontal y de espaldas) y bajo ese contorno difuso, termina quebrando la atención del espectador ante el exceso de zozobra.

Nemes convierte su pauta estilística en una marca de agua autoral, se ofusca en destacar la forma por encima del fondo, y eso desgasta el interés en una película que atrapa, que deslumbra con su excelente fotografía y trabajo en dirección artística, vestuario y maquillaje – un trabajo que parece remitir al Tess de Roman Polanski. Incluso Juli Jakab recuerda a Nastassja Kinski-, pero que desatiende las necesidad de un espectador que necesita salir del enclaustramiento de cámara que propone su director. Una utilización justificada en ciertos parajes, pero que como tic (autoral) resulta cansino y, en el fondo, puesto al servicio de una historia limitada, algo previsible y repetitiva.

Atardecer queda desvalida ante un continente que siempre busca sobresalir por encima de un contenido que, quizá, pedía un ejercicio más clásico, una cámara más templada y una realización más austera, tal y como queda perfilada la textura en otros apartados artísticos de su bello pero pasajero visionado.

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