Crítica

Bellflower – Evan Glodell

posted by Marc Muñoz 13 diciembre, 2011 0 comments

Where is my mind?

La opera prima de Evan Glodell fue una de las películas que más desconcierto sembró en el pasado festival de Sitges. El abrasivo universo levantado en Bellflower fue descrito como un cruce entre Jackass y Mad Max, una suma a la que faltaría por añadir una historia de amor destructiva.

La película centra su mirada en una pareja de amigos desarraigados que dedican sus horas a emborracharse y a demostrar su obsesión por la estética post-apocalíptica, que pasa, entre otras señas, por tunear su coche al estilo Mad Max. Su estrecha amistad sufre un pequeño vuelco cuando uno de ellos se enamora de Milly, con la que mantiene una bonita y fugaz historia de amor que terminará por desencadenar una virulenta reacción en el momento que la engañe con otro y su corazón quede roto en mil pedazos. En entonces cuando el Apocalipsis real se apodera de la mente del joven, nublando incluso su percepción de la realidad.

Bajo estos trazos argumentales se ajusta este bólido de líneas desdibujadas pero rastro permanente. Glodell embarca al espectador en un viaje atronador, apocalíptico y salvaje, donde el amor es la piedra angular que aporta sentido a la malsana, hueca e intrascendente vida de su protagonista, pero que también puede convertirse en el reverso dañino, cuando permite el paso a la oscuridad que deja espacio a los instintos más fieros, enfermizos y autodestructivos .

En su debut el director norteamericano dibuja un paisaje árido, agreste, asfixiante en resonancia con los estados mentales y físicos por los que campan estos jóvenes sin futuro ni esperanza. El Apocalipsis no es algo real e inmediato en este escenario, es más un estado imaginario que necesitan para darle un sentido al mundo que se desmorona a su alrededor, pero que al fin y al cabo, los obliga a avanzar hacía un camino sin salida.

Este artefacto se convierte en material de alto voltaje gracias a la capacidad del debutante para construir una carcasa igual de deshumanizada que luminosa, tan bella como terrorífica, tan fascinante como devastadora. La cautivadora y cuidada estética del filme no es una mera postura artificial de su director, es más un elemento impecable con el que consigue aturdir al espectador con el refuerzo que le otorga su potente discurso. Contenido y forma van de la mano para sumergirnos de lleno en el infierno personal, y mental ( uno de ellos supone el único episodio prescindible de toda la cinta).

Con su presentación en sociedad Glodell ha logrado levantar un poderosa obra audiovisual sobre la deshumanización actual, el “no future” que encadena a las generaciones más jóvenes, y sobre las consecuencias más destructivas que pueden nacer de las semillas podridas de una sustancia tan purificadora y bella como es el amor. Bellflower es un filme de una contundencia arrebatadora, que tanto puede cautivar por el hermoso trabajo de fotografía, su intachable banda sonora, o el trabajo de sus actores (el propio director en el papel protagonista), como inquietar y dejar patidifuso por el nihilismo latente en el discurso, que marca la brújula diaria de estos personajes desalmados en su asfixiante entorno. Todo parece indicar que este filme visto en Sitges permanecerá inédito en nuestras salas de cine, con lo que se gana más números para convertirse en película de culto del año.

7


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