Crítica

Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) – Alejandro G. Iñárritu

posted by Marc Muñoz 23 octubre, 2014 0 comments
El backstage de Hollywood

Birdman poster

Cuando se supo que el director Alejandro González Iñárritu dejaba momentáneamente aparcados sus dramas corales de historias cruzadas, excesivamente pomposos o remarcados para el gusto de algunos, para abrazar la comedia en Hollywood muchos no dieron crédito a la noticia. Sin embargo, a finales de octubre del 2014, con la película estrenada de forma limitada en algunas salas de Nueva York y LA, y tras haber recalado en algunos festivales, no solo hay que otorgarle todo el crédito posible al cambio de tercio emprendido por el director mejicano, sino que ese giro drástico probablemente le acabe reportando varias nominaciones a los próximos Oscar.

Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) narra en clave de comedia dramática el intento de un actor de Hollywood, cuya carrera ha declinado ostensiblemente tras desechar los papeles de superhéroe que lo catapultaron a la fama años atrás, para conseguir el porte, el reconocimiento, y la fama merecida, a través de una obra de teatro en Broadway a la que dedica cuerpo, alma y bolsillo. Sin embargo, los ensayos resultan accidentados con la llegada de un actor de renombre de Hollywood, y los tambaleos de la obra antes de su estreno pondrán en peligro la salud mental de su principal artífice.

Bajo esta sinopsis Iñárritu plantea una mirada corrosiva con la que desmenuza el sistema de estudios de Hollywood: Las franquicias de superhéroes con las que colapsan las carteleras, la presión del éxito y el acumulo de dinero que predican, o cómo esa presión trunca carreras con el paso de los años pese a que el talento de los implicados persista. Pero también acierta en el dibujo que traza sobre las redes sociales, en cómo lo absurdo y lo banal son los barómetros establecidos para designar lo popular (lo viral) de lo que no, o en el dardo que lanza hacia la crítica inquisidora. Y a diferencia de alguna de sus anteriores obras, donde las ínfulas de gravedad, en Babel por ejemplo, terminan mellando el empuje narrativo y la vistosa apuesta formal,  aquí nunca aflora esa sensación, dejando esa lectura más crítica y profunda para las miradas más incisivas, como un plus con el que enriquecer el visionado sin que afecte para nada el núcleo narrativo de su propuesta.

Porque su núcleo central es básicamente el personaje de Riggan, ese actor de fama pretérita caído en desgracia que intenta demostrar su talento al mundo adaptando una historia de Raymond Carver en Broadway, y al que interpreta un inmenso Michael Keaton. De hecho el de 21 gramos no esconde la obsesión que siente hacia él, sus inquietudes, temores, fantasías, y anhelos desde el instante en que decide seguir todos sus pasos con la cámara pegada a su espalda. Tanto sobre el escenario, como por el backstage,  los diferentes pasillos, las calles colindantes al teatro o en ese camerino reconvertido en su habitación.

Siguiendo sus pasos, el espectador no solo es testigo de un fascinante relato sobre el mundo teatral de Broadway, sobre sus bambalinas, las físicas y las de origen creativo, sino que acompaña a este personaje en sus encrucijadas emocionales, marcadas por sus relaciones con el resto del equipo, pero también por su incapacidad para ejercer de padre o por sus fracasos sentimentales, y de como todos éstos, sumados al factor económico, el peso de la fama y la opinión de los demás, terminan creando una inmensa bola que agrieta las paredes internas de su estomago, impidiéndole, no solo satisfacer su personalidad creativa y demostrar su valía, sino disfrutar de la vida. De ahí que Iñárritu opte por esos pasajes de fantasía en su tramo final, como vías de escape de un personaje atormentado por su propia sombra, modelada al deseo de una industria, y por la incapacidad de escapar de ella, y de ejercer su propia voz ante tantas presiones de toda índole.

El mejicano acierta llevando la historia hacia el terreno más cómico y desternillante con situaciones inesperadas, absurdas e hilarantes, y unos diálogos chispeantes que expulsan ingenio e inteligencia. La cúspide humorística del film, y la confirmación que Iñárritu se sabe mover también en la comedia, llega en la secuencia en que Riggan tiene que correr semi desnudo por todo Times Square para volver al teatro donde le espera la función (una de las secuencias más divertidas del año). Aunque no reniega tampoco del lado más crudo, dramático y triste que se reproduce bajo esa paleta de personajes atrapados en las bambalinas de ese teatro que actúa como símbolo del espectáculo, sufriendo, cada uno con sus respectivas particularidades y connotaciones, el reverso de la fama y la cara amarga del espectáculo, como unas víctimas de la maquinaria hollywoodiense y del peso de un triunfo con fecha de caducidad.

Una idea que vuelve a subrayar en uno de los múltiples finales de la película – es éste uno de los puntos débiles de la obra, el cineasta mejicano se muestra tan entusiasmado y desenvuelto con el material que no sabe cuando poner punto y final a la función- cuando la crítica especializada se deshace en elogios por una acción accidental, una idea que entronca muy de cerca con el brillante final de Un final made in Hollywood de Woody Allen. Aunque no es la única referencia visible, hay ecos notorios de All that jazz, de Noche de estreno, y del universo desbordado por la imaginación de Charlie Kaufman.

Alrededor de todo este contenido que macera el relato, el director mejicano construye un poderoso entramado cinematográfico autorreferencial, realista, cómico, fantasioso, y por momentos, dramático. Y la prontitud con el que el de Amores Perros supera el desafío  de tener que lidiar con géneros y tonos distintos sin que el núcleo se desdibuje denota la inspiración con la que ha afrontado su último esfuerzo, en una película que transpira creatividad y brillantez tanto en el plano narrativo como en el formal.

Especialmente notorio resulta en el continente, donde buena parte del mérito hay que atribuírselo a Emanuel Lubezki, uno de los directores de fotografía más prestigiosos del momento, quien deja una remarcable imprenta con un trabajo de cámara asombroso. Tan ambicioso en la propuesta, como brillante en su ejecución. Solo el planteamiento de seguir el relato, básicamente volcarse sobre los pasos de Riggan, en un plano-secuencia ininterrumpido – que obviamente no es tal, ya que presenta varios cortes camuflados como si no lo fueran – es digno de aplauso y asombro.

Pero todo ese lustroso envoltorio quedaría en nada si no estuviera respaldado por un guión sólido, y por un elenco actoral en pleno estado de gracia, impulsados por unos diálogos vivaces, frenéticos y brillantes.  Destaca Edward Norton con sus hilarantes intervenciones, pero ante todo el portentoso trabajo de Michael Keaton, a quien probablemente la gente reivindicará como actor por un papel que huele a Oscar con el permiso de Steve Carrel,  pero la verdad es que Keaton ya demostró con creces su vis cómica antes de entrar en cierto ostracismo profesional: Mis dobles mi mujer y yo, Bitelchus, Mucho ruido y pocas nueces. Por eso no hay nada de casual en la elección del de Jackie Brown para el papel. Es obvio que Iñárritu tuvo en mente la carrera de Keaton:  Su eclosión tras interpretar el primer Batman de la millonaria franquicia de DC y su alejamiento de los focos de la gran pantalla en los últimos años, para trazar paralelismos con este actor venido a menos al que da vida y sobre el que gravita toda la película.

Birdman gira alrededor de su protagonista y su angustia, pero a través de su mirada abarca muchas otras cuestiones, a cual más interesante y acertada en su representación. Pero ante todo estamos ante un poderoso ejercicio cinematográfico. Ante una comedia dramática que te sorprende, te emociona y te divierte en el fascinante viaje que propone, apoyado por una realización milagrosa, un trabajo actoral impecable y un guión sólido y bien desarrollado. Una de las comedias del año, sin dudarlo.

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