Crítica

Blackthorn – Mateo Gil

posted by Manel Carrasco 26 julio, 2011 1 Comment
El otoño del fugitivo

James Blackthorn es un cuidador de caballos de unos 60 años que no parece tener nada de especial, más allá de un rostro curtido por el tiempo y una mirada que parece haber visto de todo. Para él, la vida transcurre apacible, otoñal y silenciosa en la llanura boliviana, especialmente en brazos de una chica quechua, a salvo de las grandes y ruidosas transformaciones que vive la sociedad en el primer tercio del siglo XX. Un día, sin embargo, Blackthorn recibe la noticia de la muerte de su vieja amiga Etta, y decide empaquetar lo poco que tiene y volver a los Estados Unidos. Pero antes de su partida, un joven español se cruza en su camino, huyendo de un escuadrón armado que pretende matarle…

Por cierto, James Blackthorn no es más que un alias, el nombre real de nuestro héroe es Robert Leroy Parker, aunque ha pasado a la historia precisamente con otro pseudónimo: Butch Cassidy.

A ver… veo una mano levantada allá al fondo… ¿Qué quién es Butch Cassidy? Cuernos, vamos a plantearlo así: ¿Se acuerdan de Paul Newman vestido de vaquero, con su presencia apabullante y su sonrisa socarrona, secundado por Robert Redford con la misma pinta? ¿Recuerdan a Newman a caballo, atracando bancos, volando trenes, o haciendo malabares sobre una bicicleta mientras B.J. Thomas canta “Raindrops keep fallin’ in my head”? Pues a grandes rasgos ese es Butch Cassidy…

Oh, está bien, quizá ese no sea exactamente Butch Cassidy, pero para varias generaciones de espectadores y para el imaginario histórico yanqui más moderno esa es, muy probablemente la idea que tengamos de ese forajido. Dos hombres y un destino (1969), la película de George Roy Hill, hizo mucho a la hora de popularizar el mito de Cassidy y de su inseparable Sundance Kid más allá de las fronteras norteamericanas, explotando el lado más encantador de un trío (no olvidemos a la bellísima Etta Place) que asistió al crepúsculo del Oeste clásico y trajo locos a los bancos, a las compañías ferroviarias, y a la agencia de detectives Pinkerton. Pero no olvidemos que ya en esa época eran auténticas leyendas del salvaje Oeste, figuras a medio camino entre el odio y la fascinación que se derivava de la transgresión de la ley siempre que no afectara al ciudadano de a pie. Como Billy el Niño, como Calamity Jane o como serían poco después Bonnie y Clyde o incluso John Dillinger, Butch y Sundance desprendían el halo romántico del hombre libre que deforma a su antojo los límites de lo socialmente correcto para reivindicar su identidad y atacar a un sistema que se antoja (en el Far West, en los años de la depresión y de la ley seca, o en la actualidad, la verdad) profundamente injusto y cruel con el hombre común. Su leyenda se acrecentó en 1908, en un pequeño pueblo boliviano. Butch y Sundance llevaban varios años escondidos en Latinoamérica, al principio junto a Etta Place. Las autoridades, sin embargo, no cejaban en su empeño de perseguirles. El 6 de noviembre de ese año, el ejército boliviano parece que dio con ellos y rodeó su vivienda. Tras un tiroteo, los soldados entraron en la casa y encontraron dos cuerpos con sendas balas en la cabeza: al parecer, los bandidos se habían suicidado, y solo quedaba enterrarlos lo más rápidamente posible y cerrar el caso. O quizá no, porque pronto muchos interrogantes se cernieron sobre el caso. Nadie confirmó a ciencia cierta que los dos muertos en el tiroteo fueran Butch y Sundance, y la hermana de Cassidy afirmó años más tarde que había visto a su hermano en numerosas ocasiones tras los hechos de 1908, viviendo tranquilamente de incógnito en los Estados Unidos. Hubo más testimonios de gente cercana que aseguraba que los dos hombres seguían con vida, e incluso tantos años después muchas son las teorías que coinciden en esta idea. La mayoría sostienen que Cassidy se retiró definitivamente de la vida delictiva y se convirtió en un empresario (bueno, visto así quizá no se retiró del todo del pillaje), mientras que el destino de Sundance estaría menos claro, quizá muerto a traición por sus compañeros de fechorías. Incluso Hugo Pratt, que sabía de casi todo lo que vale la pena saber, ya jugó con esa idea en un cómic de Corto Maltés. Un último dato: hace unos años, un equipo de expertos analizó los restos de la que se supone que podría ser la tumba en la que fueron enterrados los dos bandidos cazados en 1908. Los resultados de las pruebas fueron negativos: fueran quienes fuesen los dos hombres de la tumba, no eran Butch y Sundance.

Sobre esta premisa, la de que Butch no murió en la emboscada en 1908, se construye la nueva película de Mateo Gil, Blackthorn (2011). Ambientada en Bolivia, la historia fantasea con un Butch anciano, refugiado en uno de los últimos reductos de la Tierra que aún habla su idioma: el de los caballos, los revólveres y los espíritus sacudidos por el viento del desierto. La propuesta, a priori, tiene su miga, y su riesgo. Si bien es cierto que el mercado parece haberse vuelto más receptivo al género, el western sigue sin gozar de la popularidad que tuvo antaño, y es muy difícil que la recupere. Aunque John Ford ya se empeñaba en hablar de su crepúsculo en El hombre que mató a Liberty Valance (1962), no es hasta los ochenta que las historias de cow-boys y de pioneros languidecen y casi desaparecen por completo de las carteleras. Filmes como Silverado (Lawrence Kasdan, 1985), Bailando con lobos (Kevin Costner, 1990) o sobre todo Sin Perdón (Clint Eastwood, 1992) parecen actuar más como excepciones a la regla que como puntos de inflexión en su declive. Últimamente las cosas parecen ir mejor, gracias a tipos como los hermanos Coen, que han estrenado dos películas estupendas como son Valor de ley (2010) y No es país para viejos (2007), cinta esta última que mucho le debe al western. Pese a ello, sigue siendo muy arriesgado invertir en el género, y más aún si se trata de un proyecto español. Y no es que aquí no sepamos lo que es una película del Oeste. Aunque el género es eminentemente norteamericano, el sur de Europa ha mostrado una insólita producción entre los años 60 y 70, encuadrada sobre todo en el spaghetti-western. El cine español ha pergeñado un sinfín de coproducciones con Italia rodadas con cuatro duros; carne de sesiones dobles en cine de barrio y generalmente de escasa calidad. Álex de la Iglesia hizo un homenaje a aquella manera de ver el cine en 800 balas (2002) y Gene Quintano dirigió una especie… una especie… bueno, una película llamada Un dólar por los muertos (1998) que pretendía recoger el estilo del género y que fue de cabeza a las televisiones en los EEUU. Pero Mateo Gil no se ha achantado en absoluto. ¿Que el guión de Miguel Noguera recupera uno de los iconos del western, casi imposible de separar de Paul Newman? No hay problema. ¿Que convendría trabajar en inglés, con un actor norteamericano curtido en mil batallas para encarnar al perro viejo de Butch? Cómo no. ¿Que estaría bien filmarla en Bolivia, en parajes espectaculares que pueden ser un auténtico infierno para un equipo de rodaje? Pues allá que se tira de cabeza. Así pues, para empezar, conviene reconocerle el riesgo que ha corrido, su interés en trascender las fronteras geográficas (y mentales) de un cierto cine español. Bien es cierto que es el autor de los guiones de muchas películas de Alejandro Amenábar, que ya dirigió la curiosa Nadie conoce a nadie (1999), y que suyo es el cortometraje Allanamiento de morada (1998), que consigue que no le abra la puerta ni a mi madre, pero en esta profesión solo cuenta el próximo paso que das, y a menudo el peso de tu filmografía y de tus goyas solo sirve para hundirte más deprisa. Pero todo ello, suena muy bien solo de entrada: ese encomiable afán por arriesgarse se puede quedar en agua de borrajas si la peli no funciona. Y miren por donde, al salir del cine, la peli funciona. Para empezar, Mateo Gil sale más que airoso de casi todas las escenas del filme. Su habilidad con la cámara revelan a un profesional que puede seguir creciendo en futuros trabajos, y la madurez con la que despliega la historia y a personajes con tanta enjundia es admirable. Escenas bellísimas se contraponen a momentos más banales que no logran sustraer la tensión de la historia ni zozobrar el barco. El guión puede no ser perfecto, pero funciona muy bien y dibuja a un Butch Cassidy vestido de nostalgia por el pasado y saludablemente afianzado en sus principios. En el ocaso de su vida el viejo bandido aún es capaz de sentir el amor, la paternidad y un honesto desencanto que ha dejado mella gota a gota en su carácter. Incluso los flashbacks que puntean la historia tienen su razón de ser, pese a que no puedo dejar de pensar que la historia hubiera funcionado igual de bien sin ellos, y que en ocasiones me parezcan un tanto redundantes. Si la sombra de Paul Newman podía ser uno de los principales problemas de Blackthorn, entonces la prueba ha sido superada satisfactoriamente gracias a uno de los principales aciertos de la película: el fichaje de Sam Shepard. Nadie mejor que su rostro curtido y su estela para encarnar a Butch. La figura de Shepard es ya una leyenda en sí misma. Dramaturgo, guionista, escritor y actor, en su currículum tiene, entre otras cosas, una nominación al Oscar al mejor actor secundario, la crónica legendaria de una gira de Bob Dylan, el guión de París, Texas (Wim Wenders, 1984), algunas obras de teatro imprescindibles y, conviene señalarlo, un matrimonio con Jessica Lange. Ahí es nada. Un figura potente para encarnar un mito de la cultura norteamericana, con el riesgo que ello entraña. Un fallo, una mala caracterización que no haga justicia al líder de la Wild Bunch, y el público yanqui la condenará como haríamos aquí si Eddie Murphy se enfundara la armadura del Quijote o si Rob Schneider encarnara, no sé, a Pep Guardiola… Shepard, en cambio, construye su propio Butch, aliado con la edad y la experiencia, y el resultado funciona con creces. El resto del cásting contribuye a levantar el proyecto: Eduardo Noriega, Magaly Solier y Stephen Rea.

Mateo Gil se lanza al ruedo y lo logra. Su película tiene ritmo, profundidad, respeto por el género, y revela a un director que ha crecido y que va en la buena dirección. Y en cambio, ni por esas, la taquilla no responde. La película ha entrado en el club de las injusticias que cada año atenazan la cartelera. Películas con posibles, atractivas, que no arrastran a la gente a las salas por alguna razón que se me escapa, a mí y a los analistas… A Mateo Gil le queda el consuelo de que les pasa a todos, desde Chaplin o Hitchcock a Spielberg. Ojalá no sea un freno, ojalá pueda hacer más así. Ojalá no se rinda.

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1 Comment

Marc Muñoz 14 agosto, 2011 at 00:14

Enorme injusticia. Nos quejamos del molde que parece afligir al cine español, y alguien se atreve con una proyecto super ambicioso y la taquilla le da la espalda pese a la calidad de la obra (ay…que bien le hubiera ido los señores del marketing…).

Genial Sam Shepard recogiendo el testigo de Newman. Vi un salto de calidad importante entre los actores anglosajones y los hispanos, y en momentos la dirección artística y el maquillaje lastraban la concentración en la historia, pero por lo demás todo acertado. Si que sin flashbacks hubiera funcionado igual, o incluso, mejor.

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