Crítica

Blancanieves y la leyenda del cazador – Rupert Sanders

posted by Alberto Varet Pascual 3 junio, 2012 1 Comment
Malos tiempos para la prosa
Blancanieves y la leyenda del cazador

Hollywood pretende salir de la crisis echando mano de todas las buenas historias escritas y por escribir, provengan de donde provengan. Ahora, pasa su infame trilladora por Blancanieves, el popular cuento de hadas que conquistó enorme fama gracias a los hermanos Grimm y la edulcorada versión de Walt Disney. El resultado es una película bastante caótica y muy ruidosa que no contiene ni un gramo de lirismo.

No obstante, a su director, el novel Rupert Sanders, hay que reconocerle el mérito de poner un mínimo de cordura en el desaguisado provocado por un guión plagado de constantes y previsibles escenas de acción que entran sin ton ni son dentro de un relato de dos horas que se eterniza. Tampoco es ninguna tontería manejar a decenas de extras ni tener a tus órdenes a Charlize Theron, Kristen Steward, Chris Hemsworth y Toby Jones cuando se es un primerizo. Así que centrémonos en las virtudes de la obra (que las tiene) antes de despellejarla.

El arranque es lo mejor de este trabajo pues es el único tramo de la cinta donde el autor es capaz de remitir al original para modernizarlo. El problema es que las referencias más enjundiosas duran (siendo muy generosos) media hora y, a partir de ahí, todo resulta evidente: personajes esteriotipados, frases grandilocuentes, feminismo de cuarta, discursillo de masas a lo Braveheart, ambientes kitsch en el jardín de los enanos o una fotografía tétrica plagiada del El Señor de los Anillos son algunos de los tópicos de una creación que cuenta con uno de los ‘antecedente-cumplimiento’ más obvios de los estrenos comerciales de los últimos años.

Las batallas también remiten a la versión cinematográfica de la trilogía de Tolkien donde el batiburrillo épico es considerado gran cine aunque esta vez se entiende lo que está ocurriendo. Del mismo modo, se puede apreciar un buen hacer en los créditos finales del film (un videoclip en toda regla) que encuentran una coherencia que, desgraciadamente, no tiene la película cuando se empeña en usar repetidamente un montaje arrítmico para combinar la cámara lenta y los efectos especiales con la narración convencional.

Y es que, los alicientes para acercarse a esta producción son escasos (y aquí empiezan los defectos). La mayoría del metraje es mera rutina dentro de un ejercicio que se ofusca en revitalizar la conocida historia a través de la crudeza, la violencia y la oscuridad en detrimento de la jovialidad de la versión Disney. Esto, que podría tomarse como un signo de los tiempos que corren o de una supuesta madurez de la industria americana, tiene más de impostura que de otra cosa. Al igual que el Batman de Christopher Nolan, la nueva versión de Blancanieves cree que el alegre divertimento es un síntoma de superficialidad y su anulación, de complejidad cinematográfica.

Un buen ejemplo lo hallamos en la nueva ética y estética de los enanos del bosque. Ya no son juveniles y coloridos sino tristones y grises. Así, en un momento de la obra en el que los pequeños personajes caminan entre excrementos, uno de ellos amenaza con entonar el famoso ‘Ai ho’ mientras otro le manda callar para concluir diciendo: ‘esa boñiga podría ser mía’. Del canto feliz al chiste grueso. Malos tiempos para la lírica.

Y para la prosa, pues todas las lecturas morales que estos cuentos impregnan han sido trasnochadas para la ocasión. No es ético que el cazador suelte antes de besar a Blancanieves una parrafada más digna de un auténtico héroe americano que de un trotamundos germano. Ni que en una cinta tan cara y sofisticada (el espejo ahora es un escudo del que sale un líquido viscoso con forma de monje) nos traten de vender lo malo que es vivir bajo las apariencias y la tortura que supone la búsqueda de la perfección física (y mucho menos cuando todos los intérpretes son tan guapos y están tan limpios a pesar de revolcarse en el fango).

Por si fuera poco, la escasa originalidad del guión se traduce en algunos robos absolutamente impresentables y que nada tienen que ver con el homenaje. Se toma de Matrix, donde hay referencias a una ‘elegida’ que, además, es sólo visible para el enano invidente (aquí no es mudo sino ciego en una metáfora sin desperdicio); del Señor de los Anillos, como ya dijimos; de Melancholia, de Lars Von Trier y de La Princesa Mononoke en una escena que desatará las iras de más de un fan del maestro Miyazaki.

Eso no es todo. Los enanos, por ejemplo, son clavados a los que hemos podido ver en el trailer de El Hobbit (¿dirá algo Peter Jackson?) y, en una secuencia en el Bosque Oscuro, aparece de repente un Troll, no sabemos por qué, cuyo físico oscila entre el de una criatura de La Comunidad del Anillo y una del videojuego Dragon Age. La situación termina de una manera tan mema e inverosímil que muchos se acordarán de Super 8.

Pero si bochornosos se presentan estos ‘préstamos’, las interpretaciones tampoco desmerecen al conjunto. Charlize Theron está insoportable como una reina vocinglera y lo de Kirsten Steward es digno de estudio: quizás nadie tan poco expresivo había conseguido tanto éxito con tan pocos años en el mundo del cine. Además, la forma ensimismada y grandilocuente en que Sanders filma a los personajes provoca que las risas involuntarias hagan acto de presencia durante una proyección en la que es mejor quedarse con la lograda posproducción que con la presunta enjundia cinematográfica.

Película, pues, con más corteza que miga, Blancanieves y la leyenda del cazador acaba resultando larga y pesada por su falta de ingenio tanto en su texto como en su puesta en escena. Esta revisión del cuento popular nace estrellada por haber sido engendrada en la idea de que un film hipertrofiado y de excesiva seriedad puede crear el espejismo de una compleja experiencia audiovisual.

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1 Comment

Alberto Varet Pascual 4 junio, 2012 at 19:36

De acuerdo con José. La Theron está buenísima y la otra, pues bueno, para dar una vuelta con la moto de Melandri. Ahora, su interpretación es como la de un palo. Y, contestando a Benito, pues estoy en parte de acuerdo con Costa. No es por ser serio sino, más bien, exageradamente serio. Por ejemplo, lo del discursillo no es malo en sí, es terrible porque de puro solemne es ridículo. A Nolan le pasa esto menos. Lo que realmente le pierde es su idea de lo que es el cine: engañar al público ocultando sus defectos. Tal y como nos enseñó en la peli aquella de los magos.

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