Crítica

Boi – Jorge M. Fontana

posted by Marc Muñoz 27 marzo, 2019 0 comments
Carrera gripada

Boi cartel

El plano de abertura de Boi sitúa a su protagonista (a quien interpreta Bernat Quintana), un conductor privado que acaba de incorporarse a una empresa VTC, en su habitación, cerca de un ramo de flores que volverá a cobrar protagonismo en fases más avanzadas de la cinta, mientras en la radio suena la versión de “Be My Baby” de Les Surfs. Un primer guiño al inolvidable arranque de Malas Calles, y por extensión a la filmografía de un Scorsese cuya sombra (también la de Taxi Driver, pero especialmente la de Jo qué noche!) queda proyectada en el capó de este vehículo cinematográfico  Sin embargo, más pronto que tarde, el ejercicio pilotado por Jorge M. Fontana queda distanciado por esas referencias a las que anhela seguir a su rebufo.

Ni Taxi Driver, ni Jo qué noche!, ni Al límite, ni Collateral, ni Locke, ni Carretera perdida, ni Noche sobre la tierra pueden equipararse a la carrera que marca Jorge M. Fontana en su debut en la dirección. Sin embargo, sí que todas estas quedan invocadas en este recorrido por una Barcelona nocturna y grisácea, esa ciudad condal oculta a la postal turística, y retratada como pocas veces se ha visto en el séptimo arte: polígonos, calles estrechas, hoteles como avanzadilla gentrificadora de barrios populares, arquitectura fría y moderna, locales enigmáticos, etc. Y esa es la principal baza de este atrevido debut que sitúa el foco en el frenético viaje de un conductor de VTC que debe hacer de chófer y salvaguarda a dos excéntricos hombres de negocio asiáticos durante el Mobile World Congress, mientras que, por el parabrisas, su único pensamiento es un amor que empieza a sentir alejándose. 

Impulsado por ese alerón estético que compone una fotografía áspera, gris y granulada, propia de incursiones del cine indie estadounidense de los 80 y los 90, inédita en el retrato de una Barcelona alejada de las grandes vías, avenidas y atracciones, Boi carga una atmósfera potente, entre lo etéreo y lo enigmático, sin embargo, esa potencia formal queda pronto desacoplada de una narratividad en punto muerto, sin una historia con suficiente virajes y estímulos que permita avanzar la trama con garantías y, mediante esta, a su trío de personajes inmerso en un conflicto y un misterio de naturaleza desconcertante, sin pista previas. En ese sentido, el guion carece no ya de alicientes narrativos que atrapen al espectador, sino de un mínimo hueso que despierte el interés sobre estos personajes y sus motivaciones – tampoco ayudan los endebles diálogos.  Boi, prácticamente, se lleva a cabo en un avance circular (otro signo del cine de Lynch), sin curvas, ni acercamientos a chicanes. tampoco sin volantazos, y eso se agradece, pero la sensación generalizada es la de estar conduciendo un presumible bólido, con su impactante carrocería, pero sin un rumbo fijado o con el GPS averiado. Algo que cobra mayor relevancia en el tramo final, cuando se intenta resquebrajar el esquema inicial, más propio de una comedia agridulce poblado por personajes excéntricos, en la línea de Jarmusch o Kaurismaki, por elementos de misterio y neonoir, buscando en la llama del misterio lynchiana una referencia que nunca termina de cuajar.

Así la carrera queda truncada pronto, pese a su magnética estética (ya anticipada por un trailer que insinuaba emociones de altos vuelos), por una trama de poco octanaje, desequipada de consistencia. Así, ese viaje que se presumía eléctrico y apasionante, acaba siendo de corto kilometraje, descalichando, a medida que el contador suma KM, las interesantes y estimulantes propuestas formales y de su arranque.

5,5


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