Crítica

Boyhood – Richard Linklater

posted by Marc Muñoz 16 julio, 2014 0 comments
As big as life

Boyhood poster

El proyecto más ambicioso y longevo de uno de los cineastas más elementales del actual paisaje cinematográfico estadounidense vio la luz el pasado viernes en un número limitado de salas norteamericanas bajo un clima de entusiasmo. Para el desembarco en salas españolas habrá que esperar hasta el mes de septiembre. Si en su anterior proyecto, Antes del anochecer, su otro gran relato expandido por el tiempo, recibía el aplauso unánime de crítica y público, colándose incluso en lo más alto de las listas de lo mejor del año, su más reciente tentativa, Boyhood, promete superar la gesta.

Filmada en períodos de 39 días de rodaje  a lo largo de 12 años, de 2002 a 2013, la película centra su foco en Mason, un personaje al que se sigue desde la infancia hasta su primer día de universidad, siendo testigos de sus conflictos, amistades, mudanzas, amores, las primeras borracheras, el despertar sexual,  las riñas familiares, los divorcios de su madre o los preciadas estancias con su padre. No hay un detalle de su crecimiento que no se comparta con el espectador. Un proyecto que gravita alrededor de un concepto insólito, inédito en la ficción , y cuyo precedente más cercano pertenece al campo del documental con la serie Up, que arrancó Paul Almond en 1964 con entrevistas a 14 niños, y que ha seguido el director Michael Apted hasta nuestros días, con esos chicos cumpliendo los 56 años.

Pero para encontrar la brújula utilizada por Linklater para orientarse en su intrépido viaje probablemente sería más ajustado hablar de El árbol de la vida, porque al igual que la arrebatadora obra de Malick, su Boyhood se construye como un viaje épico, a la vez que íntimo, como una glorificación de la vida y sus caminos, y a la postre, como una cápsula capaz de retener en sus fotogramas las risas y las lágrimas que conlleva el paso del tiempo, y la mera existencia. Confluye a veces con el cine de Malick, pero sin toda su marca cosmológica, metafísica, y más trascendental, desprovista también del componente lírico del de Malas tierras. Linklater prefiere la mirada mundana, la que le permite convertir un trabajo de doce años en la epopeya de lo ordinario. Y para ello no renuncia a los postulados de su cine, el que abarca unos diálogos agudos, pero también la mirada precisa, aunque burlona y divertida, sobre el American way of life en el epicentro de la nación, su Tejas natal. De hecho, a lo largo de las 2 horas y 46 minutos de recorrido de su última propuesta, es fácil reconocer figuras icónicas de su cine y autoguiños. La elección de Ethan Hawke para el papel del padre, la elección de su propia hija para el de la hermana de Mason.  O por ejemplo cuando Mason y su grupo de amigos  se cruzan por la calle con un freaki, que es como si el círculo de Slacker colisionará momentáneamente con el universo de Boyhood.

Hablar de un realismo desorbitado para referirse a Boyhood sería quedarse en la superficie. Lo conseguido por Linklater en su cinta obedece a un realismo de efecto mágico. Gracias a la fantasía del cine, pero también a la hazaña emprendida por su principal artífice, el espectador es testigo directo del crecimiento físico, pero también emocional, del chaval protagonista. Linklater se infiltra en su vida para dibujar, desde un acercamiento inaudito,  su sendero por la vida, su paso por las etapas vitales que corresponden al periodo más luminoso, el abierto al descubrimiento, a las sensaciones, a los miedos, a los temores, a las frustraciones, y a la alegría, a toda esa intensidad de la primera vez, de cuando uno mantiene intacta la fe en la vida, así como la capacidad de emocionarse en su máximo grado. Y es gracias a ese acercamiento invisible, a esa no necesidad de látex, CGI o cambio de actores que desvíen la mirada, a sus imperceptibles elipsis, a un montaje impecable, a un guión no menos superlativo, que su director logra contagiarnos con toda la joie de vivre. El grado de identificación resulta ineludible, por mucho que uno no haya nacido en los suburbios de una ciudad mediana de los EE.UU. Las inquietudes y las emociones que captura son universales, los guiños culturales (la música, los videojuegos, los gadgets tecnológicos con los que también proporciona pistas sobre el paso del tiempo) son familiares para cualquier joven occidental. Todo ello apuntala una de las mayores virtudes de la película, que no es otra que la de sentir a Mason como a tu propio hijo, tu gran amigo, o incluso, como a uno propio. De ahí el dilatado efecto que deja su visionado, el propio de haber sido testigo directo del crecimiento de un niño, al que se estima en tiempo real, el tiempo que Linklater captura en su artefacto, igual de inexorable que el tiempo que nos aflige en la vida real.

Y sin dejarlo al libre albedrío. Aunque pueda parecer lo contrario, Linklater ata en corto el relato a través de un guión preparado durante los meses previos a los días de rodaje anual, tras consultar con el propio Ellar Coltrane (Mason) y los padres de éste sus novedades, su situación entre las etapas de la juventud. De ahí también que sobresalgan unos diálogos tan frescos y divertidos, desternillantes en ocasiones (la charla que tienen los dos hermanos con su padre sobre los métodos anticonceptivos), pero también tan sentidos, tan reales, tan mágicos.

También en el plano formal queda visible la postura tomada por su director, que no es otra que darle una continuidad estética a todo el relato, sin saltos ni cambios que desvíen la percepción, optando por ser fiel a los 35mm, por mucho que la entrada del digital en el cine se fuera consolidando mientras se rodaba esta pieza monumental.

Resulta complicado compensar con alguna flaqueza la balanza a favor. Hay imperfecciones formales, algún desajuste en el guión, y chirría un poco la forma en que Linklater decide imprimir gotas de drama a la historia de su protagonista, se hace difícil de creer que la madre tropiece dos veces con la misma piedra, pero son tantos los aciertos y las bondades del conjunto, que todo ello pasa a un tercer plano, si es que uno se acuerda a la salida del cine.

No es solo la obra más ambiciosa de un director esencial, es un experimento descomunal e inédito que transporta al espectador a un estadio vital de su vida, probablemente el más asombroso y único de todos. Es una de esas contadas películas que convierten en mayúsculo las acciones más insignificantes, la falta de acción. Y eso solo es posible imprimiéndole a los fotogramas altas dosis de emoción, que contagien al espectador de una forma nunca vista, porque no olvidemos, que buena parte para que se produzca la explosión emocional es gracias al revolucionario acercamiento formal propuesto en la que sin duda es una de las películas del año y la consagración de su autor.

8,5


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