Crítica

Burning – Lee Chang-Dong

posted by Alberto Varet Pascual 17 octubre, 2018 0 comments
Crisis (in)visible en Occidente

Burning

Regresa Lee Chang-Dong tras ocho años de silencio con otra obra llena de capas e ideas cocinadas a fuego lento con su receta particular: la de un cineasta surgido de las letras que, para la ocasión, desarrolla un texto de Haruki Murakami.

Acaso sea esta fijación con el guión la que hace de sus películas unas producciones tan sólidas, donde parece imposible encontrar un instante tirado al vacío. Toda información audiovisual es necesaria. Y lo es porque su labor con el texto siempre tiene como objetivo que éste acabe supeditado a la imagen y no al revés. Su narración, sin arritmias visibles, mucho le puede deber al libreto, pero no así sus imágenes, libres y transparentes, perfectamente habitables por un espectador nunca subestimado.

Lee Chang-Dong no busca que estas ilustren los conceptos. Muy al contrario, cree que las reflexiones no deben ser más que elementos al servicio de la puesta en escena, lo que deja a las imágenes crecer en un significado propio. Por ejemplo, en cierto momento del metraje, en el televisor del protagonista, vemos a Donald Trump. La alarma anti-progre se activa. Sin embargo, la escena no nos lleva jamás a la crítica de turno al presidente de los EE. UU., sino a algo mucho más interesante, complejo, problemático con la realidad y, finalmente, coherente con el discurso del film: la percepción de que Mr. Trump parecía no existir hasta que llegó al poder y que, una vez ahí, sigue pareciéndonos mentira que su ascenso haya sido posible. ¿Por qué?

Baste recordar a George Clooney (por decir uno de tantos) asegurar al mundo entero que la elección del magnate era un imposible meses antes de que ocurriera. El relato vendido a través de las fake news, o sea, de un periodismo al que ya no le interesa la verdad, era que Trump, en sí, ni siquiera contaba en nuestras vidas. Como si no existiese. ¿Cómo asumir entonces el triunfo de un fantasma?

La inteligencia de Lee Chang-Dong reside en no caer en el uso habitual de la figura de Trump, sino, muy al contrario, en utilizar esa imagen como un elemento de la puesta en escena para generar un brillante discurso acerca de los fantasmas de la era digital que se extenderá durante todo el metraje y que ligará con otros pertinentes asuntos, como las ficciones en sociedad o los nuevos relatos surgidos bajo el signo de una humanidad sin hambre de conocerse a sí misma.

Lo invisible, pues, es el material principal de un film en el que un jazzístico baile al atardecer entre fronteras, concluido de una forma tan sublime como melancólica, pone en entredicho las libertades de occidente precisamente como verdaderas. Son mostradas como un estado de narcotizado duermevela, alejadas, se diría que para siempre, de la realidad.

Por eso la aspiración principal del personaje femenino es abrazar una tradición (significativamente africana) que, de algún modo, explique su vida. Porque nuestro presente y su crisis sólo puede entenderse, precisamente, al calor de un gesto tradicional (traditio, lo que nos es entregado) abiertamente despreciado por el relato actual. Que esta chica protagonice un brutal y decisivo giro narrativo hacia el ecuador de la película relacionado, otra vez, con la invisibilidad, nos recuerda lo claras que están las ideas en la cabeza del director. La sutileza en la ejecución (la decisión cambia por completo las interpretaciones de los actores para el resto del metraje), nos permite, además, apreciar la grandeza de Chang-Dong como cineasta.

La tercera presencia de este extraño triángulo la conforma un hombre cínico como pocos en la Historia del medio. Su naturaleza parece haberle premiado en la sociedad materialista en la que vivimos. Que nada importe, que todo sea relativo, se antoja una garantía de éxito aquí y ahora. Semejante sujeto introduce de manera sagaz el elemento enigmático sobre el que crece esta cinta tan escurridiza como el momento que nos ha tocado vivir. Un tiempo que el cine puede desafiar cuando tras la cámara se sitúa un autor con mayúsculas. Lee Chang-Dong lo es.

8,5


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