Crítica

Caballo dinero – Pedro Costa

posted by Alberto Varet Pascual 26 septiembre, 2016 0 comments
El director zombie

Caballo dinero

‘Cuando era joven participé en la Revolución de los Claveles. Salí a la calle a gritar creyendo que habíamos ganado. Tras conocer a Ventura me di cuenta de que no era así; que los descendientes de nuestras ex-colonias sufrían y se escondían de nosotros mientras celebrábamos (…) Hoy sólo veo verdad en ellos, y también ésta está empezando a desaparecer. Pero son los únicos que guardan una memoria verdadera de lo sucedido’. Estas dos frases, entrecomilladas desde el recuerdo (al igual que sus filmes, por lo que no pueden ser del todo exactas), fueron pronunciadas meses atrás por Pedro Costa durante la presentación británica de Caballo dinero en el Institute of Contemporary Arts de Londres. Ambas explican en gran medida tanto las obsesiones del director desde su monumental Juventud en marcha como el principal escollo con el que se empieza a encontrar la filmografía de este creador esencial: el mundo cinematográfico edificado por el lisboeta es para él la exclusiva fuente de autenticidad en pleno siglo XXI. O dicho de otro modo: al de Casa de lava se lo están empezando a comer las mismas sombras que devoran los espacios y personajes que pueblan sus metrajes.

Efectivamente, el mayor problema de Caballo dinero es el anquilosamiento en un universo propio que le exime de establecer relaciones más allá del mismo. Pero la realidad, le guste o no a Costa, también está más allá de estos límites audiovisuales y políticos. Así, aunque convengamos en la necesidad de apelar a una memoria y en el potencial del medio para darle cuerpo, y aplaudamos el ingente esfuerzo del autor por recuperarla desde la honestidad y la abstracción más radical, uno no deja de pensar que éste le da tantas vueltas a la moral de la imagen que, acaso, ha terminado por rehuir el enfrentamiento con la misma.

Porque un pasaje por la memoria de unos hombres abandonados por Portugal tras la victoria/derrota de la Revolución debería establecer un diálogo con ese presente donde el recuerdo ya no tiene cabida para así poder cuestionarlo. Sin embargo, Caballo dinero no se muestra ni siquiera interesado en ello. Para el film, verdadero es únicamente el territorio de su mirada, con sus claroscuros y sus zombies, obviando el sufrimiento actual de tantos vivos.

Al director parece sólo importarle el dolor de los que son y sienten como él, como si ‘su gente’ y su cine fuesen los únicos humildes en todo el tinglado montado por el colonialismo y el neocapitalismo. Su cinta lo sufre, claro, y más a la luminosa vera de las hazañas audiovisuales de su compatriota Miguel Gomes quien, hermosos retratos sociales aparte, supo cimentar en Tabú una elocuente película sobre el colonialismo portugués con capacidad para dialogar con el presente.

Caballo dinero no juega esa liga. Ni siquiera se lo propone. Entiende que su agenda va mucho más allá de estos simples complejos de burgués, lo que expone, a pesar de sus ambiciones históricas, su complejidad narrativa y su exigencia visual, un ensimismamiento revelador de, al menos, dos grandes taras: a) sus gestos cinematográficos, dirigidos siempre y en exclusiva hacia adentro, sólo pueden generar el narcisismo del creador y el esnobismo de los críticos afines; b) su universo le da la espalda a lo que hay más allá de sus límites, lo que condena a la representación a la falta de diálogo con el exterior y de dinamismo interno. En fin, que o Costa vira su rumbo ya o está destinado a acabar como el protagonista de aquella obra de Tourneur que tanto le gusta.

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