Crítica

Camille Claudel 1915 – Bruno Dumont

posted by Alberto Varet Pascual 28 noviembre, 2013 0 comments
Ver a Dios en cada rostro

Camille Claudel 1915

Bruno Dumont siempre ha sido un realizador interesado en la condición humana y en la trascendencia; en el misterio de la vida y el amor. Algo palpable en títulos como La vida de Jesús, su ópera prima; o L’humanité, uno de sus trabajos más celebrados. Ahora regresa a esas mismas obsesiones desde una perspectiva fascinante: el primer año de la artista Camille Claudel, musa y pareja de Rodin, en un sanatorio mental. El resultado es complejo, profundo y conmovedor.

Sustentada, como decimos, en un hecho verídico, la producción es una mirada muy libre a un relato acomodado entre dos textos que nos remiten a la Historia. La puesta en escena de ese paréntesis es, como en cada película del francés, hiperrealista, y está levantada sobre la improvisación y un talento actoral que cuenta aquí, por primera vez en su trayectoria, con la colaboración de una actriz profesional (una sublime Juliette Binoche). Una decisión que no trastoca un ápice el modus operandi del autor, pues el doloroso ambiente que la rodea es verdadero. Una decisión criticada de forma furibunda por los detractores del cineasta, mucho más pendientes de machacarlo que de comprender su atrevimiento. Porque basta con observar cómo filma a esos enfermos para darse cuenta de que no sólo no los utiliza de forma obscena o villanesca, sino que hace de sus caras un paisaje pintado por el Señor.

Quizás el materialismo en la imagen haya malacostumbrado a una buena parte de la crítica, incapaz de ver el misterio en la fealdad. Unos espectadores en busca de lo bonito que desprecian la hermosura que esta cinta genera en su acercamiento penetrante a un duro microcosmos donde la vida de cada persona, independientemente de lo agraciada o desgraciada que sea, vale lo mismo. Por eso sus cuerpos se desnudan en el baño a la vez; o van tapados, los unos y los otros, de forma similar, con unos trajes en negro riguroso que convierten sus presencias en sombras pululantes, alejadas de este mundo y dejadas de la mano de la humanidad, pero nunca de un Dios que se comunica con el público a través de sus rostros.

Sí, Camille Claudel, 1915 tiene un parentesco notable con La pasión de Juana de Arco, de Dreyer, pues ambas se presentan como una sinfonía de primeros planos en blanco y negro que reduce el valor del contexto histórico y de la narración del relato al enmarcarse en el interior de unos decorados (aquí reales) a los que no se les saca partido, ensalzando así el poder de lo pequeño sobre lo grande. Una idea rematada en el gran punto de giro del film, que lleva al hermano de Camille al sanatorio para, en teoría, sacar a la protagonista del recinto. Dumont quiebra rápidamente la utilidad de este recurso al presentarlo como un devoto cristiano que no cesa de hablar con altanería sobre su glorioso abrazo a la religión o sobre las grandezas de su Señor; todo dentro de un discurso en el que el director muestra por primera y única vez lo que antes nos había ocultado con celo: una imponente edificación humana en nombre del Altísimo.

El sustrato de la película sostiene así la idea de que Dios habita en cada parte del mundo, pero que sólo se hace presente en la grandiosidad de la palabrería o de los edificios para hacernos ver su fragilidad. Porque a Él sólo le agrada el Amor, manifestado de forma humilde en la compasión y la piedad de las monjas (que debe ser también la del espectador) para con todas esas criaturas abandonadas e incomprendidas por la sociedad en general, mas nunca por un Padre que nos dice, en celuloide y en silencio, que sólo lo veremos si sabemos amar más allá del dolor y de la Historia.

8,5

 


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