Crítica

Carlos – Olivier Assayas

posted by Manel Carrasco 16 abril, 2011 0 comments
Buenas noticias

A mediados de 1973, un joven de rasgos latinos entra en un lujoso inmueble de París con una idea en la mente. Con la cabeza medio gacha, la mirada fija y un objeto metálico en la mano, el joven se acerca a un hombre canoso, levanta la mano, y le descerraja un tiro. Así (más o menos) lo cuenta la historia, y de igual modo lo plasma el último trabajo de Olivier Assayas, la vida y andanzas de Ílich Ramírez Carlos, uno de los terroristas más famosos de todos los tiempos; uno de los más buscados, uno de los más reconocidos, uno de los más mediáticos hasta la caída del Muro. Carlos (2010) es un macroproyecto en tres capítulos que obtuvo el globo de oro a la mejor miniserie a principios de este año. Hace unos pocos días, en un periódico estatal, el propio Olivier Assayas reconocía que su proyecto era una rareza en el panorama audiovisual europeo, una anomalía de 330 minutos y 13 millones de euros levantada en Francia por un conglomerado de productoras con vistas a la televisión y, colateralmente, a las salas de cine. Los asistentes a la Mostra de Valencia pudieron verla en su formato original, que estrenará Digital+ en junio, pero el montaje que hoy ocupa nuestra atención es la versión condensada en un largometraje de dos horas y media que podrá verse en algunos cines. Quede esto muy claro: la crítica de este plumilla se refiere a la película, y me consta que la miniserie suple algunas de las carencias que expondremos, y la exposición de los acontecimientos y el ritmo presentan acusadas diferencias entre los dos montajes.

Vayamos por partes: Carlos es, antes que nada, un notable ejemplo de las capacidades de la televisión europea (y concretamente francesa) para revisar figuras históricas más allá del aire versallesco de folletín de los galos, o de las coproducciones de sobremesa, ideales para echarse una siesta, que se marcan otros países del continente. Si obviamos las excelentes muestras de ficción que nos regalan los británicos, poco había en el mercado televisivo europeo que aglutinara la vocación de alcanzar altas cotas de  excelencia con la de traspasar fronteras contundentemente. Uno de los pocos ejemplos que me viene a la cabeza ahora mismo es la italiana Romanzo criminale (2008), serie basada en la película y en la novela homónimas que narra las andanzas de un grupo criminal en la Roma de los años 70, acaso una de las mejores perspectivas de futuro para una cinematografía que ha conocido mejores épocas. Carlos es, pues, una notable pica en Flandes, o en la cabeza de algunos programadores, pero en lo que se refiere a su traslación a la gran pantalla también es un retrato a ratos vibrante, a ratos dilatado por exigencias del guión, de la biografía más o menos conocida del hombre que entró a tiros en una reunión de la OPEP y salió con los ministros presentes de rehenes, para iniciar un periplo insólito y angustiante por el norte de África que podría haber acabado fatal. Éste y otros episodios son narrados con garra y bastante oficio, sin rehuir las convenciones del medio televisivo, pero evitando en todo momento que su paso al cine se resienta de los modos de realización y exposición propios de la pequeña pantalla. Algunos han criticado el marcado contraste entre el ritmo de los dos primeros actos respecto al tercero, mucho más pausado y plano, pero esa considerable diferencia no es sino un claro reflejo del momento vital de su protagonista, que ha pasado de la juventud revolucionaria del París de los 70, y la consagración (por así decirlo) que los medios le otorgan al poco de huir de Francia, al aburrimiento en que lo sume la caída del Muro, escondido en Sudán y preocupado en reducirse el estómago con cirugía estética. Por el camino, Assayas retrata con pocas aunque precisas pinceladas el ambiente de los exiliados sudamericanos en la capital francesa, los movimientos de liberación de Palestina con los que se relacionó Carlos, los grupos de revolucionarios armados que nacieron en Europa entre los 60 y los 70, y el complicado y rastrero equilibrio de poderes entre los países (más o menos) alineados en los bloques de la Guerra Fría. Lo que no nos queda tan claro es lo que piensa Carlos. Su trazado es el de un hombre determinado, que no parece dudar en casi ningún momento ni plantearse sus acciones. En la serie el personaje adquiere más cuerpo y puede mostrarse dubitativo, y de hecho aquí tenemos uno de los principales peros que podemos atribuirle a la película: Encorsetado en las lógicas exigencias de las salas de cine, que no pueden exhibir un ladrillo de cinco horas sin considerar el suicidio comercial, a menudo los cortes del montaje son bastante evidentes en el resultado final; el espectador con ganas de fijarse un poco puede detectarlos y ser consciente de que se le escatima información que puede que no profundizara más en los hechos que narra, pero sí en el dibujo de los personajes…

Sea como sea, Olivier Assayas construye una película más que apreciable, atractivo adelanto de la serie, que a menudo me recuerda a L’instinct de mort y a L’ennemi public nº 1, el díptico de Jean-François Richet sobre el criminal Jacques Mesrine de 2008. En aquella ocasión, la narración se apoyaba en un guión solvente pero también en un reparto lleno de caras conocidas en el país vecino. En el filme de Assayas, en cambio, la mayoría de actores son prácticamente desconocidos (Juana Acosta juega un pequeño rol, aumentado en la serie), y buena parte de la acción se centra en Edgar Ramírez reconstruyendo a Carlos. El propio director afirmaba que mientras hacía el casting le hablaron de Javier Bardem para el papel, pero él prefirió trabajar con rostros desconocidos capaces de mimetizarse con sus personajes y aportar verismo a la historia. Y en el caso de Ramírez ha hecho diana de lleno. El actor venezolano (como Ílich Ramírez) ya llevaba unos cuantos títulos en Hollywood, entre ellos Domino (Tony Scott, 2005) o El ultimátum de Bourne (Paul Greengrass, 2007), pero para ser honestos ninguno le había reportado demasiado notoriedad. Ojala eso cambie a partir de Carlos, porque la verdad es que durante todo el metraje exhibe un talento volcánico y una presencia capaz de ocupar la pantalla sin monopolizarla. Su interpretación se adapta a las necesidades de la historia y del director sin problemas y se convierte en un excelente compañero de viaje, alguien capaz de construir un personaje de la proyección de Carlos sin caer en recursos fáciles ni salirse ni una coma del tono de la película. Ramírez fue nominado a los globos de oro este año, y solo cayó ante un veterano como Al Pacino. Esperemos que vengan más premios y especialmente más papeles, a uno o a otro lado del océano. Algo parecido podemos decir de Olivier Assayas, recibido antaño como el enésimo revolucionario del cine francés. Ansiosos de encontrar otro Truffaut, otro Godard, otro Jean Vigo u otro Renoir que marque el principio de una fértil época, los medios franceses encumbran a directores que después tiran por otros derroteros y no se ajustan al modelo preestablecido por la historiografía oficial gala. Y mientras eso ocurre, otros cineastas pasan inicialmente desapercibidos a los popes de la crítica y se acaban convirtiendo en los verdaderos puntales de su época. Assayas pertenece al primer grupo, y su carrera va del drama de época de Les destinées sentimentales (2000) a la reflexión del poder del soporte audiovisual y los mecanismos de la ambición que es esa marcianada fallida llamada Demonlover (2002), pasando por el retrato vitriólico de su propio gremio en Irma Vep (1996) o su asimilación a una cierta tendencia del cine francés de la mano de Las horas el verano (2008). Carlos puede suponer su transformación definitiva en un realizador asentado en los mecanismos de la narración más o menos arquetípica, pero suficientemente inquieto para seguir marcando tipo propio en sus futuros proyectos. Mientras tanto, conformémonos en pensar que si el cine y la televisión europeas pueden unirse una vez para hacer productos como el que nos ocupa, hasta puede que lo logren en más ocasiones. Y lo que ya sería la caraba: puede que hasta algo de ello llegue a la Península…

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