Crítica

Carol – Todd Haynes

posted by Alberto Varet Pascual 4 febrero, 2016 2 Comments
A la busqueda de su ángel

Carol cartel

‘A strange girl you are… flung out of space’

‘Eres una chica extraña… arrojada fuera del espacio’, le dice Carol Aird a Therese Belivet durante su primera cena. La frase, que será rematada muy posteriormente con un (algo forzado) ‘mi ángel’ durante la prodigiosa escena de sexo del film, pone de relieve, sin aspavientos, lo que la mujer adulta ha detectado en la joven: una chica que, incapaz de amar, no puede aferrarse al tiempo que le ha tocado vivir. Ahora, en esta situación de ventaja, ¿cómo actuará el personaje interpretado por Cate Blanchett?, ¿qué intenciones tiene?, ¿cómo evolucionará el de Rooney Mara?, y, más interesante aún, ¿cuál es nuestro lugar como espectadores en este juego?

Las respuestas llegan pronto, desde el mismo comienzo, con el plano estático de un elemento, en principio no identificable, pero parecido a los barrotes de una cárcel, sobre el que suena el paso de un tren. La imagen, entonces, empieza a mutar según estallan los primeros acordes de la maravillosa banda sonora de Carter Burwell y, mediante un bellísimo plano secuencia, las cartas quedan al descubierto: los barrotes iniciales son una cárcel figurada a través del soporte metálico de la alcantarilla de una calle de la América de los años 50. Todd Haynes, con una sutileza asombrosa, nos presenta así dos universos paralelos: el de la superficie, tan hermoso en su vacío como un cuadro de Edward Hopper, y el que late por debajo del mismo, que no es sino una realidad clandestina condenada para siempre a vivir oculta a los ojos de la sociedad.

Éste es el sugerente tablero que el responsable de I’m Not There ha dispuesto para una partida que no dará jamás tregua al espectador, pues tampoco la habrá para sus intérpretes: Carol tiene que existir atrapada entre la imposibilidad de ser amante y madre a la vez, ya que aprobó en su día formar parte de un universo presentado en el film, en una decisión arriesgadísima, como una representación muy lejana para unos protagonistas que no pueden admitir su puesta en escena. Therese, por su parte, es aún joven, y todavía reacia a caer víctima de esas normas (no quiere casarse), pero asimismo, y esto es lo más importante, presa de una gran inseguridad, al no ser capaz de conectar con lo que la rodea. Ella se mueve por las secuencias como quien asume ser un pez muerto en la corriente (‘No sé decir que no a nadie’, se sincera entre lágrimas). Por eso la vemos beber cerveza como los chicos, salir con ellos de fiesta en lugar de tener amigas, vivir sola en su apartamento o alejarse del rol femenino de la época (que la hubiera obligado a caer rendida en los brazos del primero que pasase para no ser soltera). Tampoco baila con nadie, ni es absorbida por los instantes musicales dentro de las celebraciones conjuntas, pues sólo disfruta con la música que ella elige o toca. También con la fotografía, su verdadera pasión. Y aquí se desliza otra sugestiva idea: ambas mujeres poseen una sensibilidad especial procedente del dolor que es similar a la de los artistas y, como ellos, están condenadas a respirar bajo la sombra de la soledad.

Ahora, si éste es el juego dispuesto por Haynes, ¿cuáles son las reglas? La principal la encontramos en otro de los instantes reveladores de la realización, con Therese y sus amigos en el interior de una cabina de proyección durante el visionado de El crepúsculo de los dioses. Allí, uno de los jóvenes comenta que lo interesante de la cinta no es lo que se ve, sino lo que ocultan sus personajes, lo que dicen sin decir. Ahí yace la gran clave del film: ninguna de las protagonistas explicitará jamás en público su deseo. Una decisión arriesgada desde el punto de vista del lenguaje que generará una tensión interna formidable, siempre fantásticamente modulada por el director gracias a sus dos inmensas actrices, y que deparará uno de los cierres cinematográficos mas emocionantes jamás contemplados: una formulación del efecto Kuleshov que tiene por plano estático el rostro de Rooney Mara y por cambiante el de Cate Blanchett. Lo que queda entremedias es ese misterio del que hablaba el joven de la cabina. De esta manera Carol se alza como una mirada modernísima al melodrama clásico a través del análisis de su propia puesta en escena levantada desde la lucha entre lo que vemos y lo que sentimos, la distancia entre lo que los personajes pueden y no pueden ser, lo lejos que Therese está de ser parte del mundo en el que ha nacido…

Por ello no es de extrañar que la fotografía de Edward Lachman (que parece beber del trabajo de Saul Leiter), en perfecta sintonía con el gusto para las imágenes y la música de Todd Haynes y el montaje de Affonso Gonçalves, evoque constantemente la memoria de Rooney Mara. Porque ella habita sus recuerdos, no los espacios que transita. Y es en estos recovecos donde se luce un autor generoso en detalles hasta el infinito (de Douglas Sirk a Patricia Highsmith, pasando por David Lean o Rainer Maria Rilke, la obra es, sencillamente, inabarcable en sus increíbles transiciones, elipsis, tiempos muertos…).

Sin embargo, Therese, aunque no lo sepa en principio, no es ningún pez muerto. Es un tren a la espera de ser puesto en marcha bajo esa recreación 50’s que se lleva arrastrados al resto de personajes. Y el fantástico guión de Phyllis Nagy obsequia su personalidad con una evolución perfectamente escrita que la lleva del lugar que ocupa una niña al que ostenta una mujer. De chica condenada, como Carol (quien se supo muerta), a alma libre pero solitaria, como la de un artista. O sea, que la película también puede ser leída como un film de iniciación. Uno muy sobrecogedor, dicho de paso. Especialmente hacia el final, cuando un último eco entre la mirada de Therese y la figura del joven de la proyección, postrado a los pies de una cama junto a una chavala, nos desvela la imagen de lo que la protagonista nunca fue y jamás será.

Therese, abrumada por este momento, sale a una calle. ¿Qué puede hacer ahí, una vez perdida en el grano de la noche que ilumina una farola (¡qué bellos 16mm!) para conquistar la felicidad? ¿Cómo actuar para no acabar llevada por la corriente, como esos dos jóvenes tirados en el suelo de la habitación? En el silencio regresa el ruido del tren del comienzo, y decide entonces dar el paso que la lleve a rasgar el corpus social del que Carol es parte. En el trayecto ha perdonado a aquella que la hirió y que más tarde se humilló para decirle ‘Te quiero’. Marcha temblando, pero sin que la veamos temblar, hacia la única persona que puede hacerla abrazar el tiempo que le ha tocado vivir. Todd Haynes lo describe con una cámara lenta nada exhibicionista con la que nos arrolla en lo infinito, pues se hace presente con humildad, sin ser notada. Justo como la cara del ángel que Cate Blanchett ha buscado durante toda la proyección en Rooney Mara para que le devuelva su identidad y que encuentra en una conclusión emocionante, verdadera y compleja como la literatura de Rilke. Una cima.

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2 Comments

Marc Muñoz 9 febrero, 2016 at 08:45

Magnífica crítica Alberto, inspirada por un trabajo sublime, de una sutileza y contención admirables y una estética fascinante. Haynes consigue su obra maestra ¿y no crees que cierta sublimación de una belleza pretérita, extinta, que parece invocar a través de unas imágenes abrumadoras?

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Alberto Varet Pascual 15 febrero, 2016 at 20:53

Sí, algo así. La verdad es que es difícil de catalogar. El propio director habla de una estética procedente de las fotografías de la época más que del cine de los 50. Quizás de ahí proceda esa sensación de evocación de un universo lejano. Lo interesante es que la puesta en escena de ese mundo está entre lo estancado y la fuga. Y también en tensión con la puesta en escena de las dos protagonistas, que es imposible en relación a la del tiempo que habitan. Creo que es una obra única e infinita. Para volver sobre ella constantemente.

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