Crítica

Casanova, su último amor – Benoît Jacquot

posted by Sebastián Blanco Portals 14 febrero, 2020 0 comments
La infrasexualización de Casanova no logra emocionar

El veterano cineasta Benoît Jacquot, autor de la exitosa Adiós a la reina (2012), vuelve a trasladarnos al siglo XVIII en su última película, una adaptación de uno de los pasajes de las memorias de Giacomo Casanova. En concreto, se trata del único episodio en que el célebre seductor relata un fracaso amoroso. En el film, un anciano Casanova le cuenta a una joven alumna sus peripecias en la capital inglesa, donde presume haber caído rendido ante los encantos de Marianne de Charpillon, una hermosa prostituta con fama de estafadora que juega con los sentimientos del experimentado Giacomo hasta romper por completo los esquemas que hasta entonces regían su vida libertina.

El elenco de la película es, probablemente, lo primero que llama la atención tras su visionado. Vincent Lindon, un recurrente de Jacquot, es el encargado de encarnar a Casanova. Sin duda es una de las decisiones más acertadas del film, en el que se puede apreciar la gran destreza del actor para llevar a cabo la difícil tarea de representar el carácter de una figura tan mítica como esta en un momento excepcional de su vida. Junto a él destaca Stacy Martin, la actriz que saltó a la fama con Nymphomaniac (Lars von Trier, 2013) y que aquí se mete en la piel de Marianne, el oscuro objeto del deseo de Giacomo Casanova. La joven atrae todas las miradas cada vez que aparece en pantalla, desde la primera vez que la vemos practicando sexo con dos hombres en un carruaje. Cada gesto de Martin resulta magnético aunque desconcertante, y poco a poco dibuja un carácter adictivo que carga casi en solitario con todo el interés de la película

Como cabría esperar, la dirección de arte y el vestuario son espléndidos. Las localizaciones son el sueño de cualquier cineasta interesado en los tiempos de la guillotina, y la ambientación de las mismas resulta creíble y visualmente impecable. No obstante, y paradójicamente, el realismo en la recreación de los tiempos de Casanova juega en contra de este último amor. Aunque se trate de dos obras completamente distintas, la película de Jacquot juega inevitablemente a la sombra del Casanova de Fellini (1976), en la que el delirio visual e interpretativo y el carácter teatral de la escenografía no respondían a la falta de recursos del maestro italiano, sino a una acertada decisión de potenciar la extrañeza al hablar de tiempos pasados (recurso que ya había explotado en la genial Satyricon, de 1969, en la que recrea de forma surrealista los tiempos de Nerón). ¿No es acaso el extrañamiento el mejor camino para mostrar tiempos que, en efecto, un ciudadano actual difícilmente comprendería?

Este tono cotidiano, casi de contemporaneidad, encamina la película hacia el desinterés. El gran trabajo de los actores y escenógrafos pierde fuerza por culpa de un guion con pocos momentos climáticos y demasiado empeñado en acercar las emociones de Casanova al espectador del siglo XXI, logrando justamente el efecto contrario. Si bien la premisa de la que decide partir Benoît Jacquot es interesante (la del cazador cazado, el semental venido a menos), tanto el desarrollo como la conclusión de la misma aparecen excesivamente edulcoradas, y desdibujan el mito de Casanova de forma casi gratuita, desaprovechando la oportunidad de tomar algunos caminos interesantes que asoman por momentos pero que nunca llegan a puerto, como una posible revisión feminista del revés amoroso al donjuán, o una reflexión de peso sobre la pérdida de la vanidad asociada a la vejez. En definitiva, Casanova, su último amor fracasa en el intento de dar una vuelta a un mito ya representado en numerosas ocasiones con mucho mayor acierto.

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