Crítica

Cemetery of Splendour – Apichatpong Weerasethakul

posted by Alberto Varet Pascual 6 abril, 2016 0 comments
Insólito cine latente

Cemetery of Splendour

El estreno en nuestras pantallas de lo último de Apichatpong Weerasethakul es una magnífica noticia que pone de relieve el interés existente en España por el cine del tailandés y el valor de la distribuidora catalana Noucinemart para hacernos llegar una película única, valiente y fascinante.

Relegada a Un Certain Regard en el pasado Festival de Cannes, Cemetery of Splendour decepcionó a los que, de alguna manera, tienen al director de Tropical Malady por un escultor de espacios oníricos, pues aquí no se trata de crear un universo de sueños, sino de filmar el nuestro tal y como es para exigir a los espectadores la construcción mental de esos sueños.

Quizás haya sido el cineasta francés Sylvain George el que mejor haya explicado la humilde grandeza de este proyecto: ‘En Oriente, en el siglo veintiuno, Apichatpong Weerasethakul consigue, en la que probablemente es su película más bella, conciliar los votos de los surrealistas, que veían en los poderes del sueño la posibilidad de desprenderse de las realidades dominantes, con los de Walter Benjamin, que veía en la categoría del despertar la posibilidad de actuar y de transformar el mundo a cada instante. Poesía pura, política pura.’ (Recogido en La Internacional Cinéfila).

Efectivamente, Cemetery of Splendour es puro cine político, aunque no lo parece, pues ha sido tallado desde una transparencia que hace añicos cualquier idea preconcebida sobre el cine militante y la propia obra del director. En este sentido destaca su sencillísima arquitectura narrativa (las secuencias son casi siempre ejecutadas en dos planos largos de similar escala cortados entre sí en una relación de 90º) que vertebra un diálogo con el espectador donde la oscuridad y el pesimismo por la situación política y social tailandesa no se exhibe, sino que se sugiere bajo las imágenes más luminosas que el Syndormes and a Century haya entregado jamás, de modo que nos obliga a fantasear el tremendo contraplano; a abrir bien los ojos, como hace la actriz principal en la conclusión, para ver lo que el gobierno de Prayut Chan-o-cha no quiere que veamos.

El resultado es un film doloroso por dentro y alegre por fuera. La alegría, acaso, de quien vuelve a casa y rememora una infancia feliz (la cinta ha sido realizada en el pueblo natal del autor) que se da de bruces con una dictadura militar que ha dejado un reguero de muerte bajo la dulce cotidianidad.

Joe opta por un trabajo con el tiempo bastante radical que estanca su realización en un estricto presente. La cadencia de la obra evoca la ensoñación que padecen unos personajes dormidos de día y desvelados de noche. Sus paseos nocturnos nos regalan dos de las más memorables escenas del metraje: una comida en una calle de la ciudad, donde el fluir del instante y de las presencias fantasmales se hace corpóreo en el paso de los vehículos, y una proyección cinematográfica en la que los espectadores, tras la espera para escuchar el himno nacional, se convierten ante nuestros ojos en un subyugante intercambio de memorias surgidas de los fluorescentes que habíamos visto previamente en el hospital. El cine cual máquina creadora de sueños intercambiables, como los tubos a los que están conectados los soldados, y Tailandia, un limbo orquestado por un gobierno opresor que ha militarizado el país en sottovoce.

Apichatpong conquista un perfecto tono latente para dar cuerpo a un film que bascula con sabiduría entre el ayer y el hoy, la amabilidad y la pesadilla, los recuerdos y la realidad, sin venderse jamás a la imagen del cineasta que tantos tienen de él. Pero que nadie se lleve a engaño: que Cemetery of Splendour sea, como dice su autor, ‘menos experimental, más emocional que intelectual’ (recogido por Daniel Kasman para la revista Lumière) no significa menos original, ni ausente de riesgo. Muy al contrario: es ésta una obra mayor e insólita sobre el horror latente disfrazada de sencillez.

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