Crítica

Centro histórico – Varios autores

posted by Alberto Varet Pascual 19 diciembre, 2013 0 comments
Historia y memoria a cuatro bandas

Centro Histórico

La mayoría de los trabajos/homenajes conjuntos suelen generar unas sendas cargadas de una rutina que sólo es deshecha momentáneamente por alguna joya solitaria encontrada en ese tránsito. La sensación de desequilibrio en el resultado final es, entonces, inevitable. Esta última impresión es palpable también en Centro Histórico, aunque de manera débil, pues la cinta ha sido edificada sobre cuatro propuestas de tanta calidad que convierten su presunto juego cinéfilo en uno de los títulos insoslayables de la temporada.

Se trata de un film protagonizado por una ciudad, la bella Guimarães, nombrada Capital Europea de la Cultura en el año 2012. Un hecho que es tan solo el punto de partida para que Aki Kaurismaki, Pedro Costa, Víctor Erice y Manoel de Oliveira decidan entregar una pequeña muestra de su arte o, como en el caso del español, levanten directamente una pieza con la suficiente entidad como para no obligar al espectador a mirar de reojo a su filmografía.

El caso es que estamos ante una película de singulares características que pide, lógicamente, un análisis distinto al habitual. Por eso colocaremos la lupa por separado en cada uno de sus episodios para tratar de alumbrar las líneas de conexión entre estas estimulantes miradas cimentadas al calor de las frases ‘¿quién soy yo a través de mi memoria?’ y ‘¿cómo puedo compartir mi memoria con la de los demás?’

O tasqueiro – Aki Kaurismaki 

Kaurismaki dejó su deprimente Finlandia para irse a vivir a un pueblo al norte de Portugal. El cambio no melló su talento aunque sí algo de su contundencia: O tasqueiro es, como El Havre, exquisita, medida y llena de gracia, pero está lejos de sus mejores cintas. En ella, los tangos han mutado en fados, pero el gag visual y la reformulación del slapstick en el sonoro continúan siendo la piedra de toque de una puesta en escena hermética bañada por el cromatismo de su fiel Timo Salminen.

El finés tampoco ha cambiado su discurso, siempre cercano a los desfavorecidos (aquí un camarero de un bar sin apenas clientes) y dispuesto a retratar las penurias de los marginados por el sistema con socarronería, pero el ejercicio, que se ve y se paladea con agrado, ya se lo hemos visto y oído en otras ocasiones, y con mucha más frescura.

Sweet exorcist – Pedro Costa

Parece, en principio, una coda de Juventud en Marcha, mas su nivel de abstracción y el espacio al que son desplazados los personajes (el interior de un ascensor) hacen de este ‘dulce exorcista’ la prueba evidente del compromiso de Pedro Costa con cada uno de sus gestos cinematográficos.

Sustentado en el diálogo y de claras resonancias tourneurianas en el plano estético, Sweet Exorcist es un film protesta más útil que cualquier cuchipanda del 15-M y, como escribió recientemente Jonathan Rosenbaum, también funciona mucho mejor como relato sobre la esclavitud que la última película de Steve McQueen.

La trama sitúa a Ventura (el protagonista del citado largometraje del lisboeta) entre cuatro paredes mientras mira rígido su posible destino: el de un soldado, que luchó en las recientes guerras de su país, transformado en una estatua viviente. La ética de las esculturas épicas de la ciudad portuguesa es así puesta en entredicho dentro una elaboración repleta de múltiples detalles (en cada movimiento, en cada palabra, en el uso de la música y la iluminación) que revelan al director como uno de los autores indispensables de la actualidad.

Vidrios partidos – Víctor Erice

El aclamado cineasta español no vuelve al largo, aunque sigue dejando su impronta en el corto y el mediometraje. En estas minúsculas manifestaciones, Erice demuestra su compromiso con la imagen y su enorme sensibilidad en la composición al levantar una sinfonía de emocionantes trazos, a priori invisibles, que terminan formando un sofisticado sustrato.

Quizás se le pueda echar en cara a estos ‘vidrios partidos’ cierto ensimismamiento (subrayado por fundidos) marca de la casa, sin embargo, nadie podrá criticar la valía cinematográfica de su dispositivo, capaz de deshacer los límites existentes entre la ficción y la realidad: el artista coloca frente a la cámara a varios trabajadores de una fábrica que recitan las memorias de otros obreros mayores como si fueran la suyas. Una maniobra especular fascinante que rima con los espacios vacíos del recinto y, muy especialmente, con una foto en blanco y negro que parece captar el alma de los retratados desde sus tristes miradas.

La balsámica música tradicional, la intensidad de las narraciones íntimas y la explicitud de los rostros capturados se abrazan en un viaje que bascula entre el presente y el pasado del lugar, y que es modulado por un lirismo nunca obvio que responde frontalmente a las preguntas que articulan este proyecto colectivo.

O conquistador, conquistado – Manoel de Oliveira

Es la más débil de las propuestas. Aquí Oliveira parece tirar de manivela para entregar una pequeña obra que remite a su filmografía, pero que no va mucho más allá.

Los territorios que albergan una Historia y muchas memorias, la corrupción de los símbolos, la belleza efímera de la ciudad, los rostros de las personas que vienen y van, la ligereza de la vida o el paso del tiempo son los típicos asuntos de una longeva carrera que también tienen cabida en esta pieza sugestiva aunque menor. Un amable cierre.

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