Crítica

Diamantes en bruto – Ben Safdie, Joshua Safdie

posted by Marc Muñoz 29 enero, 2020 0 comments
Fogonazos de perdición

Los hermanos (Ben y Joshua) Safdie  se han granjeado un estatus irrefutable como cineastas de raza en los márgenes de Hollywood.  En concreto, pueden vanagloriarse de haber revitalizado el neo-noir ronco, descarnado, sin concesiones para el gran público (algo solo entendible desde su condición alejada del control de lo estudios, una situación que, probablemente, no vaya a durar), y que mira de tú a tú a los grandes referentes del policíaco setentero. Porque si existe un nexo en común entre sus proyectos, un elemento diferenciador en su obra, este queda expuesto por su dotada mirada a la hora explorar las fallas marginales y criminales de la ciudad de Nueva York, así como los escombros humanos que emergen de estas antipostales de la ciudad que nunca duerme.

Si con Good Time pusieron el listón en lo más alto (estableciendo una marca difícil de batir para el neo-noir contemporáneo), no bajan pistonada en su nueva incursión sobre el asfalto neoyorquino. Ambas obras quedan alojadas en ese Nueva York despiadado, una jungla urbana hostil, violenta, salvaje, la que permanece inalterable (e intratable) a la gentrificación y la turistificación. De hecho, este Diamantes en bruto que arranca con un alucinada transición – un  viaje desde el corazón africano hasta el Diamond District (una de las pocas zonas neoyorquinas blindadas a sus diferentes liftings urbanísticos)-, se podría entender como el otro lado del pliegue, una expansión de esa odisea nocturna que sumía a la desdichada pareja protagonista de Good Time a una carrera contra una fatalidad escrita de antemano. Ahora ese sprint desesperado es diurno, entre negocios de legalidad dudosa, y sin apenas presencia de neón. De hecho, los dos protagonistas de aquella no desentonarían para nada como secundarios de esta nueva cinta.

Porque el relato alrededor de este comerciante de diamantes que regenta un negocio turbio en el Diamond District y que se encuentra ahogado en un mar de deudas que ni sus privilegiados contactos con estrellas de la NBA (Kevin Garnett interpretándose a sí mismo) ni de la música (The Weeknd haciendo lo propio) parecen poder remediar, mantiene ese halo fatalista que rodeaba el recorrido por las calles ariscas neoyorquinas de los personajes interpretados por Robert Pattinson y el propio Benny Safdie. Aquí, esa mala fortuna inherente a los perdedores que acaparan el interés en la filmografía de estos dos hermanos, queda reforzada por ese impulso irracional que lanza al personaje a la ruleta de la perdición. Un personaje enquistado en esa condición de perdedor kamikaze, de trapecista al filo de la navaja, y que, por momentos, parece hasta disfrutar del salvaje frenesí y la adrenalina que lo acompaña en su inestable y arriesgado modo de vida.

Con esa premisa, los Safdie lanzan al espectador a un frenético descenso a los infiernos agitado por la ludopatía y la criminalidad. Y lo llevan a cabo enganchados al cuerpo sudoroso y descompuesto de un maníaco del juego a quien dota de vida un Adam Sandler pletórico. El estilo furibundo, agresivo y speedtoso vuelve a ser el acicate indispensable para subirse al primer vagón de esta montaña rusa de fuertes emociones dispuesta a través de las memorables situaciones, entre angustiosas y cómicas (suerte del humor como respiradero), en las que se ve envuelto este carismático personaje. Su incidente y nerviosa cámara, la fotografía granulosa y feísta de Sean Price Williams, el impecable casting (los dos matones hielan la sangre en cada aparición sin necesidad de líneas de diálogo), la atmosférica y magnética banda sonora de Daniel Lopatin (influida por Vangelis y las bandas sonoras de Tangerine Dream), el agresivo montaje, en definitiva, cada uno de los elementos de su cuidado continente, suman para sumergir al espectador en el frenesí desbocado, en la turbina de sensaciones abocados a un callejón sin salida. Pocos cineastas filman con ese ímpetu y nervio que provoca amagos de angina de pecho para el que observa sus microcosmos de trazo realista. Todo el estrés y los desdichados lances que se cruzan por su camino se traducen en acelerones de cardio y en puntapiés a la nuez en sus picos más devastadores.

Con  estos credenciales a la hora de filmar, no sorprende que el propio Martin Scorsese diera su beneplácito como productor. Uno de los muchos referentes con los que juegan estos dos hermanos para componer sus personajes y para dotar de un realismo extremo los ambientes que les rodean. Entre las muchas referencias citadas, señalan: Tarde de perros, Crooklyn, Bad Liutenant, El rey de la comedia, Cowboy de medianoche, Fiebre del sábado noche, a los que se podría añadir, Collateral, Ladrón, Manhattan Sur, El rey de Nueva York, El asesinato de un corredor de apuestas chino o Una extraña entre nosotros.

Pese a que finalmente, la película ha sido ignorada por la Academia en las nominaciones a los Oscars (motivo por el que seguramente Netflix haya descartado su estreno en salas por estos lares, sí que lo hizo en los Estados Unidos), la portentosa interpretación de un actor de la popularidad Adam Sandler ha influido considerablemente para que este par de cineastas adquieran un mayor reconocimiento, uno más propio a la envergadura de su talento, con todo los inconvenientes que esto conlleva, el más evidente, la más que probable asimilación por un Hollywood que busca echarles el lazo (ya lo han intentando con un remake de Límite 48 horas). Sin duda, su entrada en el sistema sería una noticia a lamentar para los que vibramos con su furibundo estilo, y ese aprecio por el realismo sucio que marcó el período de oro del policíaco en los sesenta y que aquí recuperan para alumbrar esta vertiginosa pesadilla diurna de efecto perdurable.

7

 


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