Crítica

Django Desencadenado – Quentin Tarantino

posted by Marc Muñoz 16 enero, 2013 0 comments
Un Tarantino encadenado

Django Desencadenado

A estas alturas resulta incuestionable el papel preferencial que Quentin Tarantino juega dentro de la cinematografía contemporánea, así como su posición de pope postmoderno dentro de la cultura pop. Casi igual de indiscutible que la influencia que ejerce sobre otros directores (Guy Ritchie, Martin McDonagh’s, Joe Carnahan), que con su mimetismo, plantean un debate sobre la originalidad, y siendo quisquillosos,  para el propio cine del cineasta de Knoxville.

Algo totalmente refutable si atendemos a una carrera de 21 años, en la que el director de Pulp Fiction ha conseguido definir un estilo propio atribuible al adjetivo “tarantiniano”. Construido, tal y como él confiesa, mediante el refrito cinematográfico impulsado por un bagaje audiovisual inabarcable curtido en horas y horas como encargado de un pequeño videoclub de su localidad natal. Su papel de remezclador explosivo, rompedor, violento, brillante y moderno cuajó pronto con mucho éxito entre la audiencia, y le abrió las puertas de los estudios de par en par, siempre a lado de sus inseparables mecenas, los hermanos Weinstein. Hasta llegar al punto actual, en el que goza de un estatus de niño mimado del que pocos directores pueden presumir en el seno de Hollywood.

Desde esta posición privilegiada estrena este viernes su última diablura…Django Desencadenado. En ella vuelve a abocar toda su cinefilia en un mashup cinematográfico que mezcla sin pudor las filias, obsesiones, cultos y héroes que le han marcado. Una propuesta que se entronca en el crossover multigénerico, una fórmula iniciada con éxito en Kill Bill, repetida con garantías en Malditos Bastardos, y que ahora recupera de nuevo cruzando, principalmente, el spaghetti western con el cine blaxploitation de los 70’s. Una idea que lejos de servir de contenedor para una narración sólida y/o atractiva termina por anteponerse a una historia fraguada, una vez más, por la sed de venganza. Como viene ocurriendo en sus últimas producciones, la venganza guía, como única brújula, un relato, aquí sobre la esclavitud, que se construye sobre unos senderos transitados y mediante un guión ligero….

La película resigue los pasos de Django (Jamie Foxx), un esclavo que es liberado por un caza recompensas alemán, Dr. Schultz ( intepretado por un gran Christoph Waltz) para que lo ayude a buscar a tres forajidos a quienes debe dar caza. A cambio de su ayuda obtendrá la libertad, y se asociará como caza recompensas. Pero la obsesión de Django no es el dinero, sino recuperar a su mujer, esclava de Calvin Candie  (al que da vida un inspirado Leonardo DiCaprio), un malvado terrateniente propietario de unos enormes terrenos.

Una vez más en la película de Tarantino ya no importa el qué, sino el cómo. En ese sentido el qué es una excusa simple para desplegar el festín del cómo. Sin embargo, lejos de lo que acostumbra, en esta ocasión el director de Reservoir Dogs no se muestra con el mismo grado de inspiración ni brillantez en su despliegue escénico. En Django Desencadenado ofrece la sensación de pérdida de frescura de un cineasta que ya no es capaz de plantear situaciones hilarantes como en su anterior obra (aunque éstas estuvieran encapsuladas casi a modo de sketch y distanciadas en el relato), que ya no es capaz de mascullar diálogos chispeantes y memorables entre sus icónicos personajes, del que no queda atisbo de su cafre humor negro, del que ya no se complica la vida con guiones con una estructura no lineal, y que incluso parece haber perdido el pulso para rodar secuencias de acción, de las que cada vez, brota una violencia más inofensiva. ¿Estamos pues ante un Tarantino adormecido? quizás no tanto… pero sí que su última cinta remarca esa sensación de un cineasta auto parodiándose. Pero si en Malditos bastardos lograba extraordinarios resultados con ello, aquí se muestra cansado, con la marcha automática, exasperante en algunas fases de un guión mecánico, fragmentándolo como si fueran fases de un videojuego,  dilatando sin sentido, o con secuencias insertadas en medio de la historia para el mero goce estético o el simple homenaje al cine y a los autores que recupera sin que la historia lo requiera (¿de verdad hacía falta esa secuencia en la que el propio Tarantino aparece embobado con parte de sus ídolos cinematográficos?), y así hasta ir encadenado clichés y lugares comunes (también muertos, como ese pequeña secuencia-montaje de los dos caza recompensas viviendo su particular historia de amor a lo Dos hombres y un destino) del propio estilo forjado por él.

En ese sentido, creo que resulta muy significativo del desajustado intento, la fallida selección musical con la que nos obsequia en esta película. Más allá de las obligadas notas de homenaje al spaghetti western y al cine blaxploitation, y de la imprenta de Ennio Morricone, Tarantino se deja llevar por un hip-hop comercial y fornido que solo le sirve para potenciar lo excesivo del pastiche creado, pero que queda lejos de construir instantes perdurables mediante la simple yuxtaposición entre imagen y audio, o incluso en su defecto, de descubrir alguna maravilla sonora para los oídos inexpertos.

Probablemente la última apuesta de Tarantino divierta al personal, todo lo excesivo, gamberro, y disparatado sigue cabiendo sin medida en su particular Termomix, y como al gracioso de la clase al que uno le reía las gracias incluso cuando no existía el porqué, el público parece dispuesto a enloquecer de nuevo con su batido referencial. Incluso los cinefagos militantes de la serie B, tienen mucho guiño, referencia y sampler visual por el que perderse y regocijarse durante el recorrido, pero la sensación de su último divertimento es el de estar ante la más mala imitación de Tarantino, la más atascada en su universo, y la desprovista de ingenio, soltura y libertad (sigo intentando rescatar una secuencia imborrable y no soy capaz). Como si llegará desposeído de esa chispa enérgica que salpicaba los fotogramas de sus películas a borbotones de talento, humor e ingenio y que provocaba a su paso un placer incalculable. Sin ésta, Django Desencadenado se convierte en uno de los viajes menos apasionantes tripulados por el rey del exploit y el remix.

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