Crítica

Dolor y gloria – Pedro Almodóvar

posted by Marc Muñoz 21 marzo, 2019 0 comments
Autorretrato en canal

Dolor y gloria

La última película del más internacional de los directores patrios se abre con un plano subacuático en el que el personaje interpretado por Antonio Banderas – álter ego de Pedro Almodóvar –  contiene la respiración en una piscina. Un momento de descompresión y aislamiento de las preocupaciones y dolores que le atormentan en una edad donde el reflejo de uno en el espejo ya no devuelve sonrisas. Acto seguido, la cámara enfila por la línea pintada en el fondo de esa piscina y de ahí, por corte en el montaje, se traslada al curso de un río, donde se representa una epifanía de la infancia del mismo personaje, al lado de su madre y las amigas de esta. No es el único momento del film en que el agua se utiliza como elemento depurador, vital y simbólico: el transcurso de la vida. Aunque esa transición elíptica mayestática funciona a otros niveles: ya que prefija los dos tiempos en que se va a mover el relato, y además, anticipa la simplicidad expositiva, pero de cuantioso calado emotivo y estético – reforzado por unas imágenes potenciadas por una simbología consistente-, con la que se desarrollará la narración. Un arranque mayúsculo que encuentra su cierre soñado con el plano final, otro de esos clics mentales de encaje perfecto y que cierran por lo alto la mejor obra reciente de su autor

Dolor y gloria se entona así misma como una obra de autoficción alrededor de un director de cine (interpretado por un Antonio Banderas mimetizado en Almodóvar; no solo a nivel de caracterización, sino en los gestos y la sonoridad) en el ocaso de su carrera. Invalidado físicamente por dolores musculares y otros problemas de salud, así como por recuerdos agridulces de su pasado: los de su niñez en el campo y los de su juventud en el Madrid de los años 80. Todo mientras anhela recobrar el aliento creativo de antaño. A través de varios reencuentros clave con personajes que marcaron su trayectoria, el filme va escudriñando los laberintos de pasión, remordimiento, pena y obsesión de Salvador, este director convertido en la proyección más sincera, honesta y cruda del autor de Volver.

Porque en realidad el de Mujeres al borde de un ataque de nervios elucubra la que hasta la fecha se sitúa como su obra más confesional, dotado de una mirada intimista y menos excesiva de lo que acostumbra en su identificable estilo. Es un trabajo que no esconde su mentalidad auto analítica, de hecho, son varias las referencias en diálogos que señalan ese carácter autoconsciente y autobiográfico de la obra, pero ese es solo un esqueleto al que luego añade las cargas de ficción necesarias y justas, prescindiendo de toda esa galería de personajes rocambolescos y situaciones despegadas de la realidad con las que a muchos nos sustrae de sus películas. La adicción a la droga como losa generacional (más que personal), las dobles oportunidades en una edad en la que, si estas se llegan dar, tienen un poco de redención tardía y/o de despedida, el sanar llagas familiares que pesan sobre la consciencia. Todos esos elementos que Almodóvar va disponiendo en este drama, mientras que en el otro plano temporal, el que atañe a su memoria más sentida, la de su niñez con su madre (Penélope Cruz) y un padre ausente, se destapan los instantes cruciales en la forja de su personalidad, obsesiones, sensibilidades y sexualidad.

Un recorrido vital y artístico que no se reduce a sus angustias, lamentaciones, tristezas, pérdidas, pasiones, dolores y glorias, sino incluso exponiendo en plano esas señas artísticas afines: pinturas, una amplia colección de libros libros, películas e interiorismo, con las que que decora el hábitat de Salvador, como otra señal expresiva y reflectora de su su propio universo fílmico y personal, inseparables como cualquier autor.

Un valioso material, sin apenas tirabuzones ni  tramas o subtramas forzadas que definen buena parte de cine, que interpela, desde la experiencia personal y extraordinaria de Almodóvar, a las emociones del espectador al conectar con temas universales como la memoria (y sus inevitables recuerdos agridulces), el paso del tiempo y la distancia emocional y física con las distintas etapas de la vida, la soledad, la creación y el amor como válvulas de escape atemporales. Ese hueso curtido, ese esqueleto dolorido pero experimentado que encuentra el acicate soñado en una forma depurada, limpia de ornamentos, de colores recargados, ausente de personajes histriónicos o extravagantes, ni subrayados ni giros de guion excesivo, y todo, sin perder la impronta almodovariana.

Dolor y Gloria se eleva como un recorrido, empapado de sinceridad y desnudez, del balance vital de un cineasta, y de todas las minas personales que han saltado en su camino y han forjado su carácter… y su obra. Almodóvar alcanza aquí una madurez artística al alcance de muy pocos. Dolorosa en lo que identifica y retrata sin pudor, pero hermosa y cercana en la forma exquisita para transmitirlo al espectador.

marco 75

 


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