Crítica

Doña Clara – Kleber Mendonça Filho

posted by Alberto Varet Pascual 8 marzo, 2017 0 comments
Mola ser pobre

Aquarius

Nada mejor que ver el comportamiento de la crítica internacional frente a un film ‘social y comprometido’ para saber cuál es el nivel de falsedad del mismo. Si el grueso de la cinefilia insiste en el valor de una película de este tipo, la obra es mala por definición. ¿Por qué? Pues porque la sociedad contemporánea vive enfrentada a la verdad, y el cine no es ajeno a tendencias. Por ello no es de extrañar el éxito total de mentiras audiovisuales del pelo de Paterson, Amour o Doña Clara frente a la defenestración de otras de la talla de Knight of Cups, Nocturama o Battle Royal. Porque mientras unas le bailan el agua al establishment, las otras golpean con fuerza sus muros.

El caso que nos ocupa es, acaso, el más claro en muchísimo tiempo. Kleber Mendonça Filho filma una Brasil en transformación llena de desigualdades, lo que le servirá para dividir a sus personajes entre buenos y malos. Los malos, claro, serán los ricos, a los que llama así, despectivamente, la heroína que da título a la cinta en español. Un gesto criticable para empezar, pero que no queda ahí, pues ella no es, precisamente, una muerta de hambre. Dicho de otro modo: el director no se ha enterado de que ha rodado una disputa entre ricos buenos y ricos malos.

Como es menester en toda buena obra social y comprometida que se precie, la familia tiene un peso especial. Una familia, claro, maravillosa dentro de los cánones progres. O sea, un grupo buenrollero que jamás discute, y que cuando lo hace (sólo en una escena del larguísimo metraje), soluciona sus diferencias rápida y ejemplarmente, con unas cuantas lagrimitas de por medio que toquen el corazón de los más moñas.

Porque es éste un film dirigido a esa gente que, como el director, tiende a confundir churras con merinas, a equivocar el orgullo con el amor, a mezclar la carnalidad con el espíritu. Todo hasta el punto de convertir su trabajo, quizás y sin querer, en la producción con pretensiones espirituales más materialista de la Historia del Cine. Al menos ésa es la conclusión a la que uno llega cuando ve que lo que en verdad defiende la protagonista son bienes inmuebles, que los sentimientos de la familia están constantemente ligados a los bártulos del hogar o que siempre que se trata de acudir a lo espiritual sea a través del sexo.

En Doña Clara suena mucha música, pero ninguna canción es aquella de Javier Krahe que decía que No todo va a ser follar. Probablemente el director no la conozca. Una pena. Cuesta más creer su desconocimiento del cine de Richard Linklater, un autor ceñido al presente, creador de obras claramente agnósticas/ateas que, sin embargo, sí es capaz de abrazar la emoción de cada instante como si fuera un infinito que jamás volverá.

Acaso ahí radique la espiritualidad de un no creyente. Una espiritualidad que nunca es buscada en este film claramente ortopédico, extremadamente dependiente de un mal guión. Porque mientras que para Linklater un baile es una gran oportunidad para hallar belleza, para Mendonça Filho no es más que la ilustración de unas determinadas ideas (familia unida, familia feliz). Enésimo ejemplo de esa tendencia a imponer, apoyados en un texto, una mirada por encima del ejercicio audiovisual. Sin duda, lo más grave de esta película tan falsa por dentro como por fuera.

En esa misma línea se mueve la escena del cementerio, que viene a decirnos que no somos nada. O que todo se lo lleva el tiempo. O que el presente desprecia el pasado. O que rezamos a algo que no esta… ¿o sí? Reconozco la ambigüedad del instante, pero estas ideas no tienen una progresión en el metraje: no busquemos una deconstrucción del edificio en el tiempo como ocurría en Naturaleza muerta (Jia Zhang-ke), porque aquí lo que importa es cantarle una inútil nana a los que controlan este mundo (ese final de pacotilla para que salgan contentos, precisamente, los pobres de espíritu). Tampoco una imaginativa puesta en escena de los asuntos que vertebran el film (a lo que nada contribuye un montaje muy poco sofisticado, sobre todo en las muy crudos pasajes eróticos).

Sólo en el momento en el que Doña Clara tiene sexo de pago hallamos una coherencia (y por tanto una verdad): la protagonista era feliz en el sexo que tenía con su marido porque lo amaba. De algún modo su relación iba más allá de lo carnal. Una escena que rima con la del arranque, pero sin armario de por medio. O sea, sin un elemento material que nos transporte al pasado. Porque esa relación entre objetos inertes y memoria, tan propia de autores como Wim Wenders o Wong Kar-Wai, es aquí, ni más ni menos, que vergonzoso materialismo. Concretamente el de un pijo que desde su posición aventajada clama una de las grandes mentiras de siempre: que ser pobre es guay.

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