Crítica

El árbol de la vida – Terrence Malick

posted by Marc Muñoz 20 septiembre, 2011 5 Comments
Sinfonía existencial

¿Es El árbol de la vida la obra de un genio o la de un iluminado zen? ¿Son sus imágenes bellos fragmentos poéticos o una desmesura visual? ¿Estamos ante una obra maestra o una ida de olla soporífera? ¿De qué trata El árbol de la vida? Éstas son algunas de las preguntas que sobrevuelan las plateas de los cines y el ambiente de tertulias cinéfilas desde el pasado viernes.

La esperada última ganadora de la Palma de oro llega con la certeza de dejar sin conciliar a adeptos y detractores. No existen medias tintas con la última cinta de Terrence Malick, como tampoco ha existido en su corta, pero excepcional carrera.

Los que la hayan seguido sabrán la predilección de su autor por no prodigarse demasiado en su campo (cinco películas con 68 años), por dejar pasar grandes intervalos entre proyecto y proyecto (20 años pasaron desde que dirigiera Días de cielo a La delgada línea roja) por mantenerse alejado de público y prensa, por rehuir la recogida de premios, por temer las entrevistas. Actitudes por las que se ha ganado el apodo merecido del J.D Salinger del cine.

Ahora está de vuelta con su última película, la más ambiciosa, la más compleja y la más controvertida. Para enfrentarse a ella es necesario entender que no se trata de un filme con una estructura narrativa, sino que está más cerca de una experiencia sensorial, una sinfonía divina sobre las grandes cuestiones del universo, pero a la vez sobre las relaciones humanas que agrietan el núcleo de una familia.

La quinta película del director de Ottawa se puede entender como un poema visual vitalista que surca lo metafísico para entender o aceptar lo íntimo. Los trazos de su historia recorren desde la creación y origen de la vida hasta el día a día de una familia de clase media americana de los años 50’s vista desde los ojos de un niño en trances de crecer, así como su madurez posterior y su plena desconexión con el mundo moderno que lo rodea mientras intenta aclarar su pasado y su papel dentro del universo.

Malick lanza digresiones varias sobre estas cuestiones, y lo hace sin esquema previo, prescindiendo del guión, apoyándose en la elipsis y los saltos de escenario. En ese sentido su película se asemeja más  a los actos de una sinfonía que a las formas canónicas aristotélicas de introducción, nudo y desenlace a las que tan acostumbrado está el espectador de cine.

Para abordar su ambiciosa propuesta se basa en la conjunción de todos los elementos a su alcance. La voz en off se muestra como uno de los principales reclamos, así como la música celestial (tanto la compuesta para la ocasión por Alexander Desplat como la no original), la imagen entendida como un símbolo poético, el montaje sincopado, la magistral realización o las sinceras interpretaciones.

Una obsesión perfeccionista en el continente que ha venido arrastrando el director de Malas Tierras a lo largo de toda su carrera, y que aquí es visible una vez más. La labor de Emmanuel Lubezki  en la foto (repite tras El nuevo mundo), el uso  de la música clásica como valor expresivo y con significado al mismo tiempo, el trabajo de Brad Pitt (¿aún hay alguien que dude de su valía como intérprete?), Jessica Chastain, Sean Penn y esos maravillosos niños son dignos de contemplar. El resultado es observar un espectáculo audiovisual fascinante, del que te sientes cautivado y absorbido, por el qué flotas por encimas de diferentes estados de ánimo, y del que sales con una sensación de haber vivido algo muy poco habitual en una sala de cine (fíjense en el silencio sepulcral o el cuchicheo molesto que seguro acompañará los títulos de crédito dependiendo de la sala de cine que escojan)

Por encima de todos estos elementos destaca el sobrecogedor trabajo del director de fotografía Emmanuel Lubezki en el tratamiento de esa luz preciosista del atardecer, tan presente también en Días de cielo (la hora mágica a la que se subscribía Néstor Almendros), con la búsqueda incesante de esos tonos blanquecinos que remiten constantemente a la presencia divina en todas las cosas que envuelven nuestra cotidianeidad, o esas manchas solares a contraluz que nos recuerdan también la presencia y efecto de la naturaleza en la vida, y por supuesto, ese asombroso baile de la cámara resiguiendo el inquieto desvelo de la inocencia de este hermano mayor protagonista. Una cámara que se mueve con maestría, que queda suspendida a través del espacio.

Pero no todo en la película son destellos geniales, también tiene sus pesares; hay cierta inconexión al principio, cierto salto abrupto que interrumpe y despista la mirada del espectador. También se le podría haber pedido a Malick cierta contención con el uso reiterado que hace de la música clásica, de la voz en off, de los halos de luz blanca, y de toda esa belleza casi presente en todo el metraje. Hay un contra efecto en ese uso excesivo, que se podría haber solucionado simplemente con dosificación.

Pero a su vez, también hay que constatar que se desmarca de lo normal con recursos de maestro, con florecimientos líricos que no resultan nunca accesorios (y que para entender del todo tendríamos que penetrar más en la filosofía de Heidegger y otros filósofos que marcaron a su director durante sus años de estudio)…como son esas elipsis que abren puertas a la interpretación libre, o ese uso inteligente de los efectos de sonido como parte íntegra o externa de la música y que utiliza para recrear y sugerir estados de ánimo o avanzar posibles líneas narrativas que no nos muestran las propias imágenes. Este tratamiento modélico se muestra con amplitud cuando reseguimos la historia de los tres hermanos, y como poco a poco nos damos cuenta de la tensión latente que aflige a los niños. Una tensión que le sirve a Malick para rendir cuentas a su propio pasado, para articular una certera disertación sobre la educación de esa época y los derivados a día de hoy de una moral eminentemente capitalista. Esto se refleja en pantalla como un cuchillo de doble filo que despelleja la inocencia del hermano mayor y que no sólo provoca un cambio en su actitud y el cuestionarse por primera vez varios asuntos, sino que a la larga desencadena una alma perdida en la vorágine del mundo empresarial (¿Es Jack la quinta esencia del sin rumbo que aflige al hombre capitalista?)

La película ante todo deja un mensaje luminoso sobre la vida, aboga explícitamente por el amor al prójimo, y expone la fragilidad humana, la injusticia de Dios con las tragedias, otorgándoles el valor de una simple gota en un vasto océano, que por muy voluminosas e importantes que nos parezcan no van a alterar el rumbo de ese mar. Hay claramente exponentes panteístas en la obra de Malick, y aquí parecen trufados de consignas religiosas, divinas, o incluso new age, que puede sacar un poco de sus casillas a los ateos recalcitrantes.

También es verdad, que el relato baja un pistón cuando se aleja de la historia principal de esa familia tocada por la rigidez de su padre. Son esos momentos, los pasajes de la infancia, las máximas cotas de la obra, y puede que de su director. Ni los pasajes al estilo documental Discovery Channel de la creación del cosmos, ni las partes ambientadas en la jungla urbana moderna con Sean Penn replanteándose muchas cuestiones micro y macro sobre su vida y existencia alcanzan el mismo nivel.

El árbol de la vida supone la culminación de un poeta, un filósofo, un humanista, un artista, un artesano de la imagen. Es la expresión artística / filosófica  a los temas existenciales que preocupan a un cineasta impecable. Y supone una experiencia que escapa a los límites físicos de una sala. Su torrente visual te arrastra hacía estados y pensamientos que van madurando en tu interior, y más allá de su placentero visionario, El árbol de la vida deja un regusto espiritual, casi místico que te lleva a la reflexión. Quizás por eso genera tantas posiciones diferenciadas. Como ocurriera en su día con 2001: una odisea en el espacio (una de las referencias del filme), Él árbol de la vida se puede convertir en la obra de un genio incomprendida en su tiempo. De momento Malick ya ha conseguido burlar las limitaciones de la industria, la rigidez de los productores e incluso convencer al jurado de Cannes. Ahora le toca al público juzgar si estamos ante la obra de un genio o la de un impostor. Aquí lo tenemos claro.

9


5 Comments

alvareza 20 septiembre, 2011 at 09:02

Ya la había visto a principios de año y hoy pude vdisfrutarla en BluRay con toda la magnificencia de la técnica y creo, sin lugar a dudas , que Malick es realmente un genio, de una sensibilidad que va más allá de lo humano.
Como se comenta en este sitio, yo también no pude evitar recordar a Kubrik y también evocar ese documental producido por Tom Cruise y filmado por la hija de Kubrik, donde llevados por la cámara, escuchamos confesar al propio Stanley el pesar por su poco profusa producción, resultante de su manía perfeccionista que lo llevaba a ralentar en extremo su trabajo. (parece ser que tenemos un heredero llamado Terrence Malick)
Quedé fascinado con esta película, aún con algunos desaciertos en cuanto a lo extenso de algunas escenas y otras situaciones que no han conectado del todo; pero esto es bastante subjetivo y deberá experimentarlo cada uno a su placer. La vería muchas veces; me gustó muchísimo. Pienso que se hablará in extenso de este filme, por años.
Gracias Terrence Malick; gracias por no abundar en cantidad de peliculas sino en calidad y sentimiento profundo.
Imperdible

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José Luis Muñoz 20 septiembre, 2011 at 13:48

Excelente reseña, de las mejores que he leído en este Destilador Cultural, y que suscribo punto por punto, línea por línea. La película de Malick es una sinfonía de sensaciones, hay que ir, no a verla, a sentirla. Reinventa el cine, con lo arduo que resulta hoy en día, conmociona y emociona, uno se queda corto con una sola visión y remite, cómo no, a otro genio del Séptimo Arte: Kubrick. Pero lo que en el director de 2001 es racionalismo en Malick se convierte en lirismo.

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Marc Muñoz 20 septiembre, 2011 at 22:54

Me alegro de que Malick nos haya vuelto a fascinar, ahora es de esperar que los próximos comentarios (si es que los hay) se ceben con la película.

Sin duda estamos ante un filme del que habla mucho estos días y del que se va a hablar por años, para bien y para mal Malick está recibiendo atención mundial, y puede que con el paso de los años designemos a El árbol de la vida como su obra capital. Yo de momento estoy impaciente para volver a visionarla, y experimentar nuevas sensaciones, interpretar nuevas líneas de su universo lírico y deshojar un pelín más esta sinfonía lírica, controvertida y compleja

@alavreza ¿puedo preguntarte dónde vives? Aquí en Barcelona (España) se acaba de estrenar en los cines, y tu ya tienes la suerte de gozarla en BluRay

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Bea. 21 septiembre, 2011 at 18:34

Me ha encantado esta crítica y me sumo a lo que se ha dicho en los comentarios anteriores. Para mi esta película es casi perfecta, ha supuesto una experiencia fascinante, me ha llegado completamente, incluso las partes que resaltas como pequeños fallos, es que todo me ha llevado a un estado de reflexión al que pocas películas me han acercado.
Ha pasado una semana desde que la vi y sigo pensando en ella, en su música, en sus imágenes y en esos niños y esa historia familiar que me ha conmovido y cautivado por completo.
Lo dicho, casi perfecta y esperando como vosotros a tener el placer de volver a verla.

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Marc Muñoz 26 septiembre, 2011 at 08:25

Gracias Bea por tu comentario. Me alegra saber que a ti también te ha fascinado. Creo que hoy repetiré de nuevo la experiencia

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