Crítica

El botón de Nácar – Patricio Guzmán

posted by Mireia Iniesta 15 febrero, 2016 0 comments
La memoria del agua

El botón de Nácar

En El Botón de Nácar, último documental del chileno Patricio Guzmán, la fisicidad y la plasticidad del agua y de un botón nácar, como su propio título indica, cobran un protagonismo fundamental y actúan como vehículos imprescindibles a la hora de narrar los episodios genocidas que asolaron Chile en dos de los momentos más negros de la historia del país.

Un inmenso observatorio astrológico, único en todo el mundo, ocupa la pantalla en los primeros momentos del documental y hace referencia a la búsqueda del agua en otros planetas. Acto seguido, se analizan de forma casi científica las bondades de este elemento. Observamos la vastedad del agua en el planeta tierra en general, y en Chile en particular, donde se presenta como una frontera. Este acercamiento telúrico a la vez que poético, que pasa incluso por el análisis de todos los sonidos que produce el agua a su paso, se ve substituido por el descarnado relato  de los indígenas de la Patagonia que lograron sobrevivir a la colonización. Hay un momento especialmente significativo en que el director le pide a una de estas  supervivientes que traduzca la palabra Dios a su lengua y ella le dice que no se puede traducir porque no existe. Ese Dios nunca creado por los indígenas, demostró no existir tampoco para las miles de víctimas de la dictadura de Pinochet, que son las que suceden a los indígenas en su relato. El mar por el que  éstos transitaron durante meses para poder salvarse, es la tumba líquida y callada de miles de cuerpos que duermen bajo el olvido, y ese es precisamente el tema del documental, la lucha contra el olvido. Un recorrido histórico que pasa por el colonizador inglés que compró la vida de un chico indígena de 14 años para poder llevárselo a Inglaterra, a cambio de un botón de Nácar, y que llega hasta la dictadura de Pinochet, contada a través de uno de los cuerpos de víctimas de tortura. Un cadáver adherido a una viga de hierro mal sujeta, en la que yace uno los botones de nácar de la ropa de la víctima. El círculo trazado por Guzman es absolutamente perfecto. La cadencia de la voz off, las fotografías de los patagones, así como la masiva presencia en una pequeña sala de los torturados que sobrevivieron a la dictadura de Pinochet, logran crear una atmósfera de empatía y dolor que atrapa al espectador. El director consigue crear una sensación de eco prolongado con las imágenes marítimas. Un motivo al que apuntaba Garaje Olimpo (Marco Bechis 1999) en relación a la dictadura argentina.

Las imágenes de un mar soleado, atestado de turistas ociosos, rodeado de casas lujosas evidencian la indiferencia por la tragedia que sienten  los chilenos de hoy en día. Esas aguas que se lo tragaron todo y que constituyen una vastísima fosa (como ocurría con el desierto en Nostalgia de la luz), han dejado de ser vistas como el testigo mudo de la masacre. A ese mar le ha tomado el relevo el neoliberalismo, el verdugo actual de Chile. Igual de devastador, pero mucho más silencioso.  

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