Crítica

El club – Pablo Larraín

posted by Alberto Varet Pascual 12 octubre, 2015 0 comments
La hipócrita mano dura del estalinista/inquisidor

El club cartel

Tras entrevistar a Pablo Larraín, éste se me acercó y me dijo que sentía que no hubiera visto a Dios en su película. Yo, que no sabía ni qué contestar, le respondí que había entrado en el film pero que, como sus personajes, no había podido salir. Me pareció, en principio, una frase estúpida, sólo útil para abandonar el embrollo en el que me hallaba, pero, más tarde, la encontré coherente.

Porque en El Club no hay salvación. Es un espacio que engulle al que lo pisa. Un logro interesante si no fuera porque el film parece que debe ser leído en clave de analogía con la sociedad chilena. Es entonces cuando te preguntas si se puede elaborar un discurso serio a través de un grupo de personajes con una sola doblez (la hipocresía). Pueden parecer más complejos de lo que son porque, en palabras del director, los actores no sabían nada del guión hasta que estaban en el set. Pero este gesto no hace sino desvelar una incoherencia o, directamente, un engaño: los intérpretes dudan en su interpretación porque no saben su papel, pero los personajes jamás lo hacen. Nunca se preguntan por Dios o por un perdón en su viaje de no retorno. Han visto una luz (la Iglesia es hipócrita), pero, en verdad, no hay nada más para ellos que mantener la cárcel que les mantiene presos y libres a la vez.

Como ven, el juego de ambigüedades existe y funciona dentro del relato (más en sus elementos que forman el todo por separado que en conjunto), pero no fuera de él. Cuando uno se pregunta en serio si es así la historia reciente de Chile, le asaltarán las dudas, porque en el film (aunque Larraín me ha asegurado que hay un misticismo católico en la película) Dios no habla a estos personajes a través de la naturaleza. Tampoco los juzga la Iglesia, que se lava las manos; ni el estado, pues están aislados; ni el pueblo, que ni siquiera se pregunta quiénes son estos tipos. Los juzga un cineasta con espíritu inquisidor o estalinista, (como escribió en Cinema Scope Quintín), que, sorprendentemente, asegura que ha dejado al espectador elegir.

Personalmente creo que no es así. Pienso que su creación ha sido diseñada para gustar a los ya convencidos, por lo que defraudará a los que estén hartos de ver películas sobre lo mala que es la iglesia y se pregunten cómo piensa de verdad un pedófilo, o si un cura abusador sigue buscando a Dios tras la caída. Aquí tenemos un ejercicio de lapidación dispuesto a cargar las tintas en lugar de comprender. Larraín nos dejó en la charla una idea poderosa: ‘Nadie sabe cómo son estas casas, ni ha podido hablar jamás con un cura pederasta’. Es verdad, pero esto debería ser razón de más para andarse con pies de plomo cuando tu película pretende conocer una verdad. Si uno quiere usar la ficción para acercarse a la realidad, ¿tiene sentido perpetrar un linchamiento? Una dualidad imposible, pero no la única porque, ¿estamos ante una ficción retorcida o frente a un retrato realista? ¿Es El Club una ortopédica alegoría sobre los males chilenos o la recreación libre de un espacio particular que deja al espectador elegir sobre su significado? ¿Lo que vemos es un acercamiento humilde a unos problemas personales de tipo emocional o la lapidación de esos personajes por hipócritas? ¿Es ésta una obra donde no habita Dios alguno o una producción de calado espiritual? ¿Tenemos aquí una cinta realizada por un director que toma distancia para mirar y conocer un universo o una pieza de cámara facturada por un sectario que te intenta imponer su mirada?

Pues un poco de todo y un mucho de nada. Sí, más que una mezcla de tonos, El Club se me antoja una serie de disparos hechos al aire sin ton ni son. Pero la producción ha gustado mucho. También en esta página. Y creo que es así porque malmeter contra la Iglesia está muy bien pagado; porque Larraín es muy hábil a la hora de mutar géneros (aunque este mestizaje, al igual que su mirada sobre el problema de la hipocresía eclesiástica, jamás llegue a asombrar); porque sabe cómo jugar superficialmente con los espacios naturales en la narración (a pesar de que estos no le vayan a hablar nunca al hombre); porque consigue unas sorprendentes actuaciones (eso sí, en claro choque con la simpleza en la escritura de unos personajes con una sola doblez); y porque atrapa, por acumulación de miserias, un aire malsano muy fácil de glorificar si no se está atento al hecho de que sus puntos fuertes funcionan por separado, pero generan una tremenda perplejidad en conjunto.

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