Crítica

El cuento de la princesa Kaguya – Isao Takahata

posted by Alberto Varet Pascual 22 abril, 2015 0 comments
Hija de la luna tocada por la Gracia

El cuento de la princesa Kaguya

A El cuento de la princesa Kaguya le ha costado ocho años ver la luz. El esfuerzo impenitente de todos los trabajadores de esta obra se ha traducido en una película para la Historia y, quizás también, en la tumba del estudio Ghibli, pues la recaudación del título no ha estado a la altura de su presupuesto. No importa. Si hay que morir, que sea así. Si hay que decir adiós, que sea desde la más inefable belleza, como lo hace el personaje principal del film en su inolvidable conclusión, comunión de la sabiduría y la sensibilidad de un genio cuya jovialidad y afición por el riesgo en cada trazo son el mejor mensaje lanzado a una humanidad que parece no encontrar verdaderas razones para estar viva.

Efectivamente, estamos frente a una propuesta diferente. Porque este cuento no se erige desde la rimbombancia propia de los tiempos del exceso en los que estamos instalados, sino desde el gesto breve próximo a los maestros orientales de los 60, desde el lápiz que usaría un abuelo para dibujarle una historia a su nieto. Y tiene sentido, ya que estamos ante un viaje a los orígenes de la narración, pues El cortador de bambú, el original en el que se basa este anime, es la primera ficción escrita en prosa de la literatura japonesa. Principio del relato y final de la más importante productora de animación se dan, de esta manera, la mano en un ejercicio asombroso que abraza la vida y la muerte para alcanzar cotas expresivas jamás contempladas en un dibujo: la primera menstruación formulada en el rostro de una joven, la tristeza de un pájaro enjaulado mostrada a través de los ojos grises entornados de esta ‘luz brillante’, hija de la luna o la furiosa galopada más allá de la noche emergen como instantes únicos en la Historia del anime. También en la del cine japonés, con la que esta realización mantiene serios vínculos.

Porque El cuento de la princesa Kaguya tiene el aroma de los clásicos nipones cimentados alrededor de la figura de la mujer. La fémina cual misterio insondable y su sensualidad como elemento estabilizador (y desestabilizador) son dos ejes que aquí vertebran las acciones del resto de personajes y que nos remiten a Ozu y Mizoguchi. Sus coqueteos con el fantástico son, asimismo, verdaderamente fascinantes y revelan la naturaleza a contracorriente del film: la represión ejercida sobre las damas, que las convierte en presencias fantasmales en el cine de terror, solo consigue aquí inflamar más la humanidad de la bella protagonista quien, a pesar del dolor, rehúye su tenebroso destino, manifestándolo con aspavientos tan cargados de una gracia radical como aquel en el reniega del Ohaguro (la costumbre que obligaba a las aristócratas a ennegrecerse los dientes).

Así es: Kaguya no pertenece al universo de la perversión. Ella elige la Tierra antes que la Luna porque en nuestro planeta hay color. Por eso son tan importantes los contrastes en cada plano (de los atardeceres rosados a los grises lunares). Por eso tienen tanta fuerza los mates de estas vívidas acuarelas, rematadas con tinta y lápiz, a modo de bocetos, siempre al borde de la desaparición (al igual que nuestra atípica heroína). Porque este título pinta la Gracia, ésa a la que hay que buscar constantemente, ya que se escurre de nuestros dedos como lo hace la princesa bebé de los brazos de los ancianos en el arranque de la obra. Y por eso el metraje no entiende de linealidad narrativa, mezcla los sueños con la realidad y contrapone transparencia y dibujo relleno sin previo aviso (¡esa escena de una Kaguya fantasmal!). Porque esta película es, no se hace. Se habita, no se ve. Se presenta tan intemporal como el relato original en su vívida naturaleza que se antoja milagrosa: todo el film es un conglomerado de preciosas pinturas sobre papel que han cobrado vida.

Sí, lo más nuevo del estudio Ghibli son las ganas de vivir y de mirar el mundo por primera vez venidas de la mano de un sabio que sabe que nunca debemos parar mientras sigamos aquí. De una persona libre que no se ha estancado en su universo, ni ha decidido entregar una cinta infantil para hacer dinero. Al contrario, su último y definitivo trabajo es vanguardia cinematográfica, ya que procede de una carcasa que es el deleite en cada gesto y el asombro de la sencillez, como si de un Cézanne del anime se tratara. Y desde ahí zarpa el barco de la emoción más intensa, ésa que sólo puede ser mostrada en crudo, a flor de piel. La que dice sin levantar la voz, pues tiene claro cuál es la máxima del arte: generar una belleza capaz de salvar el mundo, preparar al hombre para el final de todas las cosas. Bien lo cantan los niños que pueblan esta realización, con su inocencia por bandera, en varios tramos de la proyección: ‘Florece, fructifica y muere. Nace, crece y muere. Todavía el viento sopla, la lluvia cae, la rueda de agua continúa. La vida viene y va’. Y mejor lo representa Takahata, quien pone unas imágenes jamás imaginadas a esa letra para cargar de musicalidad sus escenas y recordarnos tanto lo leve de nuestra existencia como la capacidad que tiene el cine más elevado de aglutinar todo tipo de expresión humana.

marco-10

Leave a Comment