Crítica

El Gran Gatsby – Baz Luhrmann

posted by Alberto Varet Pascual 17 mayo, 2013 0 comments
El miedo a transgredir

El gran gatsby poster

El australiano Baz Luhrmann deja bien claras sus pretensiones en los cinco primeros minutos de su reciente película: relacionar lo antiguo con lo nuevo, la estable letra escrita con la volátil imagen digital y la sociedad de principios de la centuria pasada con la contemporánea para poner en liza la vigencia y la actualidad del texto de Francis Scott Fitzgerald. Para ello, como era de esperar, se sirve de su habitual exceso escénico conformado por un notable mestizaje de ambientes y tendencias a la búsqueda de una ideal recreación postmoderna. Desafortunadamente, ese difícil equilibrio, sólo está presente en el principio de una cinta tan irregular como larga, tan, lamentablemente, fiel al original como agotadora.

Porque el gran problema del film es, precisamente, su literalidad. El miedo que destila (casi) cada fotograma en su fallido propósito de mezclar los gustos, obsesiones y sonidos de los años 20 con los del siglo XXI. El responsable de Moulin Rouge no se atreve a rasgar el sublime original y es arrastrado por la rutina audiovisual. Todo el descaro de aquel cabaret es, aquí, un tímido latiguillo. Hasta las recreaciones de las fiestas de Gatsby son decepcionantes (aún contando con algunas versiones musicales asombrosas).

El citado arranque también desvela alguna incoherencia interna pues, si decimos que la intención de Lurhmann es hacer cuentas con nuestro presente a través de un personaje solitario que vive de lujo gracias a la usura y la cultura de la imagen (más actual imposible), no parece muy ético regocijarse en la ostentación a ritmo de videoclip de Lana del Rey con la voz de ésta sonando de fondo. La crítica al sistema se diluye cuando vemos al autor, en ese despliegue de medios, encantado de haberse conocido. Y, aunque, hacia la conclusión, el tono de la realización cambie, se centre más en los conflictos entre los personajes y nos haga, finalmente, conscientes de cómo la especulación lleva entre nosotros desde los comienzos de la era del capital, la sensación es que el director es incapaz de comprender la verdadera desesperación que empapa el material que está trabajando.

Apuntemos, sin embargo, que, este tramo último, es de lo que mejor funciona en esta hipertrofiada producción y es que, paradojas de la vida (o del cine), la inmensidad de la palabra del escritor es tal que arrastra (aquí) para bien la obra en su triste literalidad. A pesar de que lo que veamos carezca de originalidad, el desasosiego descrito por el creador de Suave es la noche es tan puro y honesto que, al pasar éste por el rostro de un excelente Leonardo DiCaprio (uno de los mejores actores a la hora de meterse en la piel de hombres a medio camino entre la locura y la cordura), la adaptación se eleva y deja un buen regusto final.

Pero este logro no hace olvidar un metraje lleno de altibajos, donde la mirada genuina del cineasta aparece muy de vez en cuando. Una propuesta sobrecargada que no termina de estallar allí donde sus decisiones estéticas son coherentes (conociendo las virtudes en la pirotecnia audiovisual del autor, las fiestas son decepcionantes) y que se estrella allá donde se precisa otro tipo de sensibilidad (todo es un espectáculo irritante en la pobre periferia neoyorkina). Que se muestra impermeable a la sutileza del bellísimo texto original. Que peca de simplona, y que se hace repetitiva. Un título que, como otros tantos de la industria, obliga al espectador a hacer un esfuerzo para no aburrirse.

El arranque y la resolución de la película ponen de relieve que Baz Luhrmann ha usado, sin éxito, la misma fórmula narrativa que utilizó en Moulin Rouge. Allí, su osadía provocó una división de opiniones. Ahora, esta cobarde adaptación de El Gran Gatsby, generará una opinión más uniforme. Porque el director tenía enormes y muy buenas intenciones, pero para materializarlas hay que ser más valiente. No vale coger una pistola y disparar en todas las direcciones. Su carencia de lucidez ha generado un ejercicio cinematográfico que es, en sí mismo, una crónica de lo que pudo ser y no fue. Como la vida de Jay Gatsby. Ironías de la vida (o, mejor dicho, del cine).

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