Crítica

El gran hotel Budapest – Wes Anderson

posted by Alberto Varet Pascual 20 marzo, 2014 2 Comments
Las soluciones y los problemas

El gran hotel Budapest

Los mundos diminutos de Wes Anderson, imaginados para albergar una galería de pintorescos personajes y un personal sentido del humor, son el continente perfecto para el relato de aventuras, donde hasta el enclenque de clase puede ser un héroe. Cualquiera, pues, podría pensar que el director tejano busca evadirse de la realidad para levantar un universo fantástico que funcionase a modo de guía de autoayuda para los modernos al estilo Amelie. Sin embargo, las miserias de su sociedad (envidias, burlas, avaricia, desengaños…) juegan un papel importante en todos ellos. Anderson no pretende, entonces, evitar un enfrentamiento con lo real, sino aislar una parte del mismo para colocar sobre él su lupa.

Estamos, por tanto, ante la obra de un nerd cuya finalidad última es entender lo que le rodea. O, mejor, clamar en el desierto para que los que pululan entre el desenfreno y la locura tengan un momento para él. Por eso sus protagonistas, muchos de ellos abstraídos por una lectura que les aleja de ‘lo real’, abandonan su libro para rebelarse y marchar en una dirección opuesta a la que gira el globo. Son el alter ego de un artista que admira la evasión, pero que entiende que es insuficiente, ya que no sirve para resolver los problemas.

Los títulos recientes de su filmografía han puesto de relieve todo esto de una forma muy frontal: Moonrise Kingdom comenzaba con la imagen de una lectora adolescente que estaba a punto de huir de su casa para no convertirse en el reflejo de sus melancólicos padres; Fantástico Mr. Fox se basaba directamente en la literatura de Roald Dahl, y encontraba su razón de ser en el gesto animado, y El gran hotel Budapest hace lo propio con los textos de Stefan Zweig en un terrible ambiente (pre)bélico.

Anderson ya no oculta su herencia, exhibe sin complejos su universo y encuentra nuevos mecanismos para intentar hacerlo estallar. Así, el amor inocente de Moonrise Kingdom derretía los límites impuestos por la granítica puesta en escena de la película como la animación se erigía en el mejor aliado de la presteza audiovisual del autor en Fantástico Mr. Fox.

Estos mismos logros han sido aplicados con éxito en este nuevo trabajo. Especialmente en la media hora final, que se encuentra entre lo más destacable de lo realizado por el norteamericano hasta la fecha. Aquí, su dispositivo endiablado funciona como un tiro. Justo donde se atascaba su anterior cinta (en el instante en el que todos los personajes se mezclaban en el loco desenlace, analogía de la fuga de la Guía de orquesta para jóvenes de Benjamin Britten), El gran hotel Budapest regala una explosión medida donde cada imagen, cada escena, cada línea de diálogo, cada nota musical, cada plano y cada detalle entran perfectos en tiempo y forma. Aparte, su contundente cierre, que hace bueno aquello de que ‘menos es más’, le deja al espectador con un delicioso regusto.

Desgraciadamente, no podemos decir que ese nivel sobresaliente sea la nota dominante de un film al que le pesa bastante el formalismo andersoniano. La historia de amor y la animación rescatan buena parte de la película (al igual que ya lo hicieran en los títulos citados), pero tan cierto es eso como que existen varios minutos en los que el mundo soldado y apretado del cineasta entierra todo lo demás. La cámara, siempre obligada a deslizarse con zooms y panorámicas vertiginosas dentro del planeta diminuto dispuesto por el tejano (donde todo se mueve más rápido que en la vida real), genera una sucesión de escenas que se atascan por acumulación. Sin apenas respiro, tan sólo algunos momentos de belleza, remarcados por la cámara lenta (marca de la casa), de humor e ironía desahogan la pesadez del dispositivo.

Por tanto, no todo es placer en el Gran Hotel Budapest ya que, como en las películas de su director, los problemas están a la vuelta de la esquina. No obstante, si uno sabe mirar, descubrirá cómo evadirlos… o mejor aún: cómo solucionarlos. Lástima que Anderson no se haya aplicado sus propios remedios de principio a fin. Su Gran Hotel (Película) habría sido entonces Magistral.

marco 75


2 Comments

Marc Muñoz 29 marzo, 2014 at 03:17

He acudido a tu crítica con la esperanza de que me desvelarás el porqué el cine de Anderson no termina de alcanzar la cumbre con una obra insoslayable, casi al contrario, más bien lo suyo, al menos en mi caso, está más cerca del consumo efímero. Probablemente esté equivocado, como en otras muchas cosas en la vida, pero fue un poco la sensación que me dejó tras el visionado de El gran hotel Budapest. La plasmación visual de su universo resulta asombrosa e envidiable, sin ninguna duda. Anderson se ha convertido en un mago, en el Meliés del cine contemporáneo, a mí gusto por encima de un Michel Gondry en horas creativas bajas, pero sin embargo, pese a deslumbrar con sus dispositivos formales, con el dibujo de los personajes pintorescos, recreando esos mundos de fantasía tan genuinos (ligados a nuestra realidad), que beben de tantas fuentes que el resultado es único e incomparable, hay algo en sus filmografía que no termina de encajar y prevalecer, y no creo que la culpa radique en las historias. La estructura de ésta sobre un molde de cine de aventuras creo que funciona en su último trabajo, aunque la trama en sí no sea nada fuera de lo común. Me atrevería a apuntar que la explicación podría estar en la saturación plástica de esos universos, en el exceso de equipaje estilístico, que se traduce también en un carrusel de personajes inabarcables, así como ambientes, decorados, mundos e historias. Es solo una teoría endeble que no modifica mi satisfacción tras ver la película, pero que intenta responder al ¿cómo no puede alucinarme una película tan bien elaborada?, un filme que aúna a Lubitsch con Tintín, Gran Hotel (la peli, no la serie), la Nouvelle Vague y los Marx tendría que estar saboreándolo, y no es así, y mira que la vi hace tan solo un par de días

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Alberto Varet Pascual 29 marzo, 2014 at 11:04

Estoy bastante contigo. A mí el cine de Anderson me parece una delicia, pero tiende a quedarse estancado en su dispositivo. Creo que su última obra vuela en la media hora final, pero antes se encasqueta varias veces. Lo cual tampoco es de extrañar porque lo que intenta (crear un mundo diminuto en el que todo se vive más rápido) entraña un riesgo brutal.
Me gusta, al hilo de lo que dices, lo que señala Carlos Losilla, quien apunta a una banalización del universo andersoniano. Piensa que el Truffaut que habitó un día su cine ha sido devorado por Spielberg, y que éste ha llegado a un punto muerto.
No sé. Quizás sea cierto que esté dando vueltas en círculo, encerrado en su universo delicioso. Pero creo que en el amor o en la animación encuentra una buena salida a este problema. Esperemos que siga buscando por ahí para hallar una salida al laberinto que él mismo ha creado.

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