Crítica

El hombre de las mil caras – Alberto Rodríguez

posted by Marc Muñoz 22 septiembre, 2016 0 comments
El espía que surgió de las cloacas de España

El hombre de las mil caras

Cuando dentro de unos años, probablemente lustros o incluso décadas, Bárcenas o el clan Pujol, en un último acto desesperado por salvar los resquicios de honra que les quede, les dé por tirar de la manta, el cine español perderá la cabeza (y el bolsillo) para adquirir ese material inmejorable con el que construir un thriller político alrededor de las cloacas del estado, en el que las alegorías con la Cosa Nostra encajen sin calzador. Cuando esto ocurra, los responsables de llevarlo a la gran pantalla podrán buscar reflejo en El hombre de las mil caras.

Bajo la diligencia del periodista Manuel Cerdán y su Paesa, el espía de las mil caras, El hombre de las mil caras, el film de Alberto Rodríguez, sigue las increíbles peripecias del exagente secreto del gobierno español, miembro vital de la operación contra ETA más importante de la historia, prófugo de la justicia, timador nato, falsificador (hasta de su propia muerte) y todo un sinfín de hazañas dignas de una trilogía. Sin embargo la película que se estrena este viernes se centra en el caso Roldán, uno de los bultos más gordos en los que Paesa (Eduard Fernández) se vio envuelto, y tras su estela, la obra se sumerge en uno de los períodos más turbios de la democracia española.

Y ahí reside una de sus principales bazas: El hombre de las mil caras ahonda en la historia reciente de nuestro país para poner de relieve las aristas de thriller, cinta de espionaje y criminal que tuvieron toda esa etapa de Barrionuevo, Roldán, Vera, González, Belloch y ese largo etcétera. Una historia sumergida sacada a la luz años después, y que Rodríguez y Rafael Cobos (co-guionista) vuelcan en la superficie de la ficción como marco inmejorable para situar un thriller político de alto voltaje. Es como si por fin alguien hubiera visto las posibilidades de nuestro pasado para encerar un buen thriller sin nada que reclamar a John Le Carré o a los trillados escenarios de la guerra fría, pese a que Rodríguez no puede evitar dirigir su mirada de cineasta a esas aproximaciones clásicas del cine de espías, con el thriller británico y el estadounidense como los más abundantes, y reconfortantes, exponentes.

De hecho cuesta imaginar a alguien más adecuado para este proyecto. Pese a abandonar su zona de confort, un sur que capturó de forma magistral en Grupo 7 y La isla mínima – los dos films anteriores que lo han catapultado a proyectos de mayor envergadura como el que nos ocupa, y ayudado a convertirse en uno de los exponentes de cine de género más fiables de nuestro territorio -, Rodríguez se sumerge con gran acierto en terreno ajeno para propiciar este salto hacia otra liga. Y lo hace sin demasiadas florituras, adaptado a un corsé de corte clásico, sin tirabuzones ni giros excesivos, con una exposición narrativa clara, directa, concisa, y altamente adictiva. Su aproximación es respetuosa, cuidada y rigurosa, quizá mirando a productos de contornos similares tallados con precisión y maestría como las series Narcos o Carlos, o películas británicas de espionaje con el cercano recuerdo de la excelente El topo, incluso la pistonada Polanski en el terreno thriller se llega a percibir en algunos tramos. Sus únicas licencias modernas parecen sonsacadas de un film de Guy Ritchie: cámaras a ralentí, grandes letras impresas en la pantalla, elementos prescindibles pero comprensibles si se pretende llegar a audiencias jóvenes.

Factores que al fin y al cabo favorecen que el ritmo nunca se resienta, y eso pese a que la acción brilla por su ausencia. El hombre de las mil caras, por las características y situaciones que aquejan a sus personajes, estaría más cerca de Citizenfour antes de que el documental de Laura Poitras se acople al thriller puro. Es decir, una tensión latente, que no acaba de estallar, pero que se palpa a la vuelta de la esquina: amenazas, engaños y presiones que repercuten en el ritmo trepidante que produce su visionado. De nuevo lo sugerido, la representación de la posible amenaza, su simple insinuación, resulta igual o más efectivo que la carrera, el tiroteo o el estruendo. Y en ese sentido, Rodríguez encuentra un equilibrio ejemplar en su obra.

Con todos estos encomios, El hombre de las mil caras es la primera demostración de altura del potencial que encierran algunos parajes poco explotados de nuestra historia a la horade diseñar un cine de género exportable, que mire de frente a producciones más costosas y llamativas. Con este último trabajo, su principal responsable se consolida como uno de los directores patrios más solventes del momento, pese a perder un grado de verismo e impacto alejándose de su zona de confort.

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