Crítica

El irlandés – Martin Scorsese

posted by Marc Muñoz 18 noviembre, 2019 0 comments
Hasta que llegó su hora

Hace unos días Martin Scorsese inició su cruzada dialéctica contra el cine Marvel, y de soslayo contra la industria hollywoodiense que la impulsa. Su principal tesis en el artículo de opinión que publicó en el New York Times señalaba una falta de riesgo generalizada en unos circuitos cinematográficos cada vez más doblegados a los algoritmos y las métricas de mercado. Si la teoría fue certera y elocuente, ahora también lo plasma en el plano práctico con su última obra, coronando así una nueva cumbre en una carrera llena de 8.000. Un trazo de genialidad de largo recorrido que se reivindica como algo inusual y excepcional en los tiempos que corren, y, especialmente, en ese Hollywood que trocea el talento. El irlandés se presenta como una anomalía en la cartelera. No ya por su mera duración (se enfila a las tres horas y media), su producción fuera de los estudios (solo la logró financiar con el apoyo de Netflix) y también por todo ese savoir fare de un cine en retirada, que pertenece a una generación mucho más generosa con las salas de cine. Pero no son las únicas excepcionalidades presentadas.

La película relata el ascenso por el mundo de la hampa de Frank Sheeran, un veterano de la segunda guerra mundial que bajo la protección de Russell Bufalino se convirtió en un importante sicario a sueldo de la mafia y en protector del líder sindicalista, y  personaje histórico de enorme importancia, Jimmy Hoffa. Mediante este trayecto por los entresijos del crimen organizado narrados en el libro “I Heard You Paint Houses” de Charles Brandt, el guionista Steven Zaillian teje un monumental libreto cinematográfico en el que se repasan algunos de los acontecimientos históricos más relevantes de la primera potencia mundial durante la segunda mitad del S.XX. Una crónica política ligada estrechamente a las actividades criminales y narrada mediante este peón, de aura trágica,  que le sirve al relato como el enlace idóneo para la trastienda oculta y putrefacta de la historia reciente.

Si lo anterior encaja como sinopsis, el film del autor de Malas Calles ambiciona mucho más durante sus cuatro casi horas de metraje. El irlandés se manifiesta como un sentido autohomenaje al cine mafioso que su autor ayudó a acuñar en su máximo valor. Es también la celebración de ese tipo de cine y la reverencia a todo la troupe de actores con la que Scorsese cimentó su leyenda. De la obra también emana una profunda reflexión sobre la vejez – el film se abre y se cierra en un geriátrico-, en la que Scorsese pasa de la autoburla a una emocionalidad dramática no muy habitual en su cine. Se extraen también apuntes metalinguísticos con los que el propio director se cita en sus planos, se compara con su otrora Yo cineasta, se condecora y se resigna ante su energía mermada . Plantea así cierto diálogo con obras de su filmografía, agravando esa sensación acuciante de canto del cisne a su cine de gángsteres.

Todo lo anterior cabe en un filme que depura clasicismo, sabiduría y precisión. El de Taxi Driver ha dejado atrás su rol de renovador del lenguaje cinematográfico para acomodarse en la piel de guardián del cine en mayúsculas. Sorprende así el ritmo sosegado con el que transcurre la narración. Es quizá su película más contenida y dialogada (con la excepción de Silencio). Entiende aquí el diálogo como la fuerza bruta que empuja el relato, muy por encima de la acción. Y sorprendentemente el ritmo no queda indispuesto con esa decisión, al contrario, ya que el deseo es el de acompañar durante más rato a estos personajes luminosos en sus trascendentes andares por la historia reciente de Norteamérica, y, en paralelo, a la del crimen organizado. Incuso a nivel de realización, el italoamericano aplaca su rabioso pulso, manifestado hace apenas 6 años en El lobo de Wall Street. La historia reclama un discurrir más reflexivo y emocional, más pausado y profundo, y encuentra en Sheeran, y su apenada relación con la hija díscola, el mejor aliado. De hecho, pese a que el estilo, y la violencia seca y entrecortada, incluso a veces paródica, El irlandés recupera temas y atmósferas recurrentes en la obra de Scorsese. Hay una presencia notoria de la culpabilidad, de la imposibilidad de redención, ambas suscritas a esa tradición católica que ha marcado la obra del estadounidense. Pero también se desprende una visión triste sobre unos personajes condenados a una muerte violenta en un plazo más cercano que alejado – lo remarca con esas pausas en las que adelanta por rótulo la muerte que le espera al personaje recién presentado en pantalla -, a una paz espiritual inalcanzable, a un perdón que no llega ni traspasando el umbral de la muerte. Y esa condena es la que sufre en toda su virulencia el personaje de Sheeran, especialmente dolorosa durante su última fase en la vida. Ahí Scorsese recrudece el tono para plantear una vejez igual de despiadada que los ajusticiamientos del hampa. Un estudio sobre el tiránico paso del tiempo que no permite curar las heridas morales de personajes que, pese a los códigos de lealtad y honor, arrojaron la ética y la humanidad al primer disparo. Son esos códigos de lealtad y fraternidad de la mafia los que Scorsese reproduce con su pandilla actoral. Su empeño por recuperar a Joe Pesci para la actuación, junto a la aparición de su inesperable Robert De Niro, así como el retorno de viejos amigos como Harvey Keitel, Bobby Cannavale o el siempre mastodóntico Stephen Graham – los choques entre su personaje y Hoffa son un deleite de comicidad y tensión – u otros grandes de su generación con los que no había trabajado, Al Pacino, sirven para pulsionar ese aire de homenaje a su generación y al tipo de cine que defendieron con repetidas obras maestras.

El film también presenta algunas taras, el rejuvenecimiento digital incordia y resulta algo increíble. Resulta más como una mancha digital que empobrece la imagen al sustraerte de esta. Especialmente con el personaje de Robert De Niro, cuyo lifting digital no se corresponde con los movimientos del actor en pantalla. También el discurrir atropellado de la narración con infinidad de datos y personajes pueda marear a ciertos espectadores, aunque la labor de Zaillan por dar cabida a este tsunami de acontecimientos y personajes que desfilan con su nombre real o en clave resulta titánica y admirable.

Detalles insuficientes para dañar el apasionante visionado de esta obra. Su demoledor plano final, con esa puerta entreabierta mientras la cámara se aleja del personaje central, aviva esa sensación entristecida y desoladora que invade toda la escena y el último tramo de la obra, incrustando ese sentimiento en la retina del espectador a la salida del cine. El cine de Scorsese quedará siempre entreabierto al paso del tiempo, pero El irlandés deja un poso doblemente amargo. Primero por sus aires de carta de despedida al cine mafioso de la escuela Scorsese (no a su carrera como director). Y segundo, por esa sensación de irse cerrando una forma de hacer cine  que convertía la experiencia cinematográfica en algo que dejaba una huella profunda y duradera. El irlandés deja esa huella y la agrava con la sensación a cuestas de fin de ciclo, de estar ante los últimos alientos creativos de una era gloriosa.

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