Crítica

El lago del ganso salvaje – Diao Yinan

posted by Marc Muñoz 22 enero, 2020 0 comments
Coto de caza chino

La producción china ha pasado a encabezar las cinematografías asiáticas de mayor aprecio y preeminencia. De un tiempo pasado reciente hasta ahora, los nuevos autores chinos en los márgenes han arropado con sus obras una cinematografía dispuesta a desbancar a la coreana y a la nipona como las más aventajadas de su continente. Si el pasado año, las incursiones de Bi Gan (su película estuvo a punto de coronar nuestra lista de mejores películas), Jia Zhang-ke y el desparecido Hu Bo pusieron el listón en lo más alto, en este arranque de año la estela de calidad no mengua tras la llegada de Hasta siempre, hijo mio por los canales VoD y de este El lago del ganso salvaje que aterriza pasado mañana en cines de la mano de Segarra Films.

Varias de las películas citadas comparten el congregar sus relatos en los cauces del neo-noir; una incursión por los derroteros criminales de los bajos fondos de la China contemporánea, especialmente, alrededor de los espacios rurales o ciudades remotas alejadas de sus mega urbes más reconocibles, desde las que estos autores han podido edificar sus distintas miradas. Si el cine de Jia Zhang-ke parece sortear la censura estatal mediante cierta crítica soterrada sobre la transformación radical hacia el capitalismo más voraz y las fallas criminales y marginales que ha provocado ese proceso en algunas regiones del gigante asiático. Por su parte,  Bi Gan optaba por acercarse al noir mediante atmósferas oníricas e hipnóticas. Mientras que la propuesta de Diao Yinan se encarrila en un corte más físico y visceral, que podría encontrar en el Memories of Murder de Bong Joon-ho, pero especialmente en el The Yellow Sea de Na Hong Jin, algunas de sus marcas referenciales más distinguibles.

El nuevo esfuerzo de Yinan, quien saltó a la esfera internacional tras embolsarse el Oso de Oro con su anterior Black Coal, plantea un relato alrededor de un criminal asechado por bandas rivales y por una cuantiosa recompensa ofrecida por la policía a quien releve su paradero. Una caza al hombre en que su único apoyo parece ser el que le brinda una enigmática prostituta con intenciones poco claras. Sobre este tapete narrativo, el cineasta chino edifica un contundente tejido criminal amasado por una violencia visceral y sin cortapisas, de devenir fatalista y que, sin embargo, encuentra acomodo en un envoltorio magnético y hasta bello. En ese sentido, la fotografía de Dong Jingsong parece surcar la incidencia lumínica sobre los marginales y derrotados personajes que empleó Mark Lee en los absorbentes dramas criminales de Hou Hsiao-Hsien, así como de la plana más contundente y frenética del cine coreano criminal.

Este neo-noir, sacudido, en momentos puntuales, por estallidos de artes marciales y acción frenética, sirve también como un radiografía de ese capitalismo despiadado que abre fallas en el gigante chino, esos reductos criminales removidos por el dinero fácil y la avaricia cegadora que parecen tener sus expresiones más violentas en las zonas olvidadas de China. No hay una crítica explícita sobre la nueva personalidad adquirida por el poderosos país asiático, más bien lo contrario (ojo spoiler) con ese final que no deja ninguna esperanza para el que circula fuera de la ley. Un final donde la ley impecable prevalece sobre los forajidos y outsiders que gozan salirse del camino del orden y el control. Hay quizá en la mirada de Yinan un recelo excesivo por contentar al partido único de su país, pero resulta innegable el poderío con el que ejecuta su obra, el detallismo que emplea en los universos sórdidos que retrata, y, en definitiva, en esa rima tan atinada entre una forma sugerente y un relato de una contundencia feroz que se entiende que hiciera levantar de la butaca al propio Quentin Tarantino.

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