Crítica

El libro de imágenes – Jean-Luc Godard

posted by Alberto Varet Pascual 18 febrero, 2019 0 comments
Elogio de la discontinuidad

El libro de las imágenes

1. La violencia

‘Pienso mucho en estos días en películas como Crash de David Cronenberg o Funny Games de Michael Haneke. Creo que están diciendo la verdad: probablemente sólo haya crueldad y destrucción entre las personas, el único pegamento social es el terror (…) Por otro lado, ¡encuentro estas películas insoportables, odiosas, desastrosas!’.

Esta reflexión de 1998 es de Nicole Brenez, flamante colaboradora, veinte años después, de El libro de imágenes, una obra, otra más en la filmografía del autor de El desprecio, con la violencia como asunto central. Ella es el centro de las meditaciones de un ensayo audiovisual que también la tiene como el ‘pegamento’ capaz de unir el material que Godard sirve cual restos del naufragio. Porque la violencia se ejerce igualmente sobre las imágenes representadas. Esta vez con más virulencia que nunca (cambios de formato, colores saturados, escenas superpuestas…). Ahora, ¿es esta energía destructora inútil? ¿Es tan pesimista El libro de imágenes como puede parecer en su idea de la utopía vía Le Plaisir, de Ophuls?

2. Los subtítulos

Ciertamente creo que no. Y no lo creo porque hay fe en el espectador. Fe máxima para que entienda la verdad. En un tiempo de ‘normalización’ de la diferencia, Godard nos arrebata los subtítulos, que son la guía para unificar/normalizar a los espectadores. ¿Adiós al lenguaje? No exactamente. Estar frente a las imágenes de esta obra es equiparable a la experiencia de ver Passage Through: A Ritual, el trabajo de Stan Brakhage que nos dejaba ciegos para, más tarde, hacernos ver como si fuera la primera vez. Aquí sucede algo similar, pero lo que hacemos principalmente es oír como si fuera la primera vez. El film nos obliga a ello. A hacer un esfuerzo para entender al otro.

3. El sonido

El sonido, pues, será fundamental para esta empresa. Una labor que sólo puede ser comparada con hitos como Aguaespejo granadino o Fuego en Castilla, de José Val del Omar. Godard hace con el dolby 7.1 algo parecido a lo que hizo en Adiós al lenguaje con el 3D, donde la técnica no unía imágenes, sino que las separaba para que viéramos más. En esta ocasión los sonidos se ‘despegan’ para que oigamos más. Así, el espectador no puede fiarse nunca de la vía por la que llega un audio al que podríamos calificar de ‘líquido”. Es imposible estar preparado para sus multiplicaciones y divisiones. Cuando uno cree estar entendiéndolo todo en un monólogo, la voz en off desaparece para que nos centremos en la importancia del sonido ambiente. Cuando estamos atendiendo a una conversación entre dos personas, una de las voces calla para que oigamos ‘por primera vez’ a la otra. El recital es inabarcable. Difícil describirlo, hay que experimentarlo.

4. Las (no) imágenes

El cine más capaz de encontrar el significado último de las imágenes es el experimental, porque permite penetrarlas, darles la vuelta, transformarlas… Esto es lo que ocurre en El libro de imágenes. Godard fulmina cualquier asidero confortable, cualquier tipo de seducción burguesa en su particular uso del montaje no-lineal y del mezclador de opacidades de los sistemas de edición digital. El gesto, tildado de básico por aquellos que jamás se han propuesto significar con el citado programa, revela una coherencia e imaginación fascinantes a la hora de sumar y restar formatos, formas y colores. Y aunque sea cierto que la elaboración digital no es comparable a la manual de un Tscherkassky o un Mazzolo, el trabajo con el found footage es, tanto a un nivel de documentación como ensayístico, muy superior al de aquellos. Ridículo, entonces, poner el acento en la técnica cuando es la manera en la que ésta se aplica el verdadero logro de un film que, por ejemplo, sublima y frustra a la vez el diálogo culmen de Johnny Guitar para alcanzar nuevas cotas románticas, lleva una imagen en blanco y negro al grado más espectral posible para relacionarlo con la muerte o superpone los colores de un bobinado para definir la relación visibilidad/invisibilidad inherente al cine de la manera más expresiva. Pura artesanía digital.

5. La cuestión árabe

El último y más discutible capítulo comienza con una simplona dicotomía entre ricos y pobres rematada con la portada de Homenaje a Cataluña, de George Orwell. El tributo, explicado en Cannes, boutade mediante, por un Godard que parece entender el 1-0 como un gesto auspiciado por gente humilde, abre una división entre buenos y malos que debilita de entrada un periplo que crece sobre elementos similares a los precedentes (cambios de formatos, rupturas de audio, pantallas a negro…), pero con la capacidad para maravillar reducida a la mitad. El problemático territorio escogido para la reflexión se le queda grande a un anciano que sólo puede fantasear su revolución a orillas de un limpio lago suizo. Sí, hay buenas intenciones -‘A Occidente se le ha olvidado Arabia y sólo ve el Islam’-, mas son siempre demasiado pacatas e injustas -cualquiera que haya vivido en un país musulmán sabrá de buena tinta que son los propios árabes los que no entienden pertenecer a su raza sin abrazar su religión-.

Godard se guarda en este sentido las espaldas con una leve crítica -‘Las religiones del libro (la Biblia, La Torah, el Corán) han sacralizado el texto y se han olvidado de las sociedades’- con la que justifica no entrar a matar a sabiendas de lo peliagudo del asunto. Asimismo propone que la belleza arábica fue ninguneada primero por Occidente y después por los propios árabes en un análisis de la situación a todas luces insuficiente.

El director lo sabe. Por eso se resguarda bajo el paraguas de un repetido ‘Sous les yeux d’occident‘ o juguetea con la provocación -‘Por mi parte, siempre estaré del lado de las bombas’ (en relación a las reacciones violentas contra el poder en los países musulmanes)- en lugar de cuestionar la voluntad real de esos rebeldes de encontrar un futuro mejor para sus países, lo que supondría un lastre a su maniqueísmo.

 

Epílogo (La discontinuidad)

Una pena este miedo final del autor de Banda aparte a traicionar su ideología. Su película pudo haber sido mucho mejor, más honda. Pero no importa demasiado, pues El libro de imágenes no es un film al uso, sino la obra de un creador capaz de perfilar un cine del futuro donde el montaje sublime la paradoja de la imagen digital (la discontinuidad del montaje no-lineal en procesos de filmación continua) y la edición de sonido, el uso de los negros o el corte de los subtítulos revelen esa diferencia notable entre razas y culturas que la sociedad occidental, en su perversión, nos obliga a obviar.

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