Crítica

El lobo de Wall Street – Martin Scorsese

posted by Marc Muñoz 16 enero, 2014 1 Comment
“High” streets

El lobo de Wall Street

Tener a Martin Scorsese como padre o abuelo tiene que ser la leche. Poder mantener apasionantes conversaciones sobre cine, tanto del clásico como del moderno, las series del momento, los últimos discos  o cualquier tema que se cruce tiene que ser una gozada. A sus 71 años, el director neoyorquino, y a diferencia de otros compañeros de generación, mantiene su pasión cinéfila palpitante, casi como el jovenzuelo que se inicia, y además demuestra vivir plenamente conectado con el siglo XXI, algo que transmite a través de la elección de sus películas, las temáticas que aborda, el estilo con el que las ejecuta, configurando con ello una carrera que rezuma valentía, modernidad, frescura y eclecticismo, solo por el mero hecho de no haber quedado encasillado en un género determinado, o por haber evitado acomodarse bajo un molde formal definible, como le pueda ocurrir a Woody Allen en la mayoría de las ocasiones.

La última muestra de lo expuesto, la de un septuagenario conectado a su tiempo, llega con El lobo de Wall Street. En su último esfuerzo, el director de Taxi Driver, opta por adaptar, con la implicación de Terence Winter, las memorias de Jordan Belfort. Uno de los mayores estafadores bursátiles de la historia de los Estados Unidos, que durante los años 90’s construyó un imperio con el que consiguió amasar una fortuna de 72 millones de dólares antes de ser perseguido por el FBI y solicitado por la justicia. El arrebato y el nervio volcado por el cineasta ítaloamericano en esta historia sirve para recuperar su mejor faceta, y endereza así, la que para un servidor se estaba convirtiendo en una última etapa irregular y poco estimulante.

Y lo consigue mediante un relato voraz, excitante, apasionante, a ratos hiriente, durante muchos ratos hilarante, que se ajusta a la perfección con el ritmo y el estilo que el de Toro Salvaje le imprime. Porque en realidad, el objetivo de éste no es otro que el de subir al espectador a la montaña rusa por la que transcurrió la vida de este broker, desde sus primeros pinitos en Wall Street hasta convertirse en una de las fortunas más acaudaladas de la jungla financiera. Unos loopings emocionales, una subidas y bajadas de adrenalina, una sobreexcitación que conecta la película y su visionado con los efectos de la drogas: The Woolf of Wall Street parece concebida como un ciego de cocaína – la droga que se mueve en las altas esferas, consumida a raudales en la película-  que se alargara hasta los 170 minutos. Apelando a esta extendida y popular droga, a través de la narración y la forma adoptada, consigue reproducir los mismos efectos, una euforia desbordada que mantiene al espectador firme y con las pupilas dilatadas durante todo el metraje. Una sensación de excitación que se prolonga a lo largo de 3 horas, y que una vez termina, el cuerpo pide más dosis. De hecho, las drogas, especialmente la cocaína y las pastillas Quaaludes, son un elemento omnipresente en todo el filme, hasta el punto que desencadenan una de las escenas más desternillantes, la que empieza en una casa de campo, donde lo físico y lo verbal se cruzan para terminar estallando en una situación delirante, solo comparable con los viajes de ácido que protagonizan la pareja de Miedo y asco en Las Vegas. Un Scorsese entregado a la comedia pura.

Pero no todo en El lobo de Wall Street se reduce al desenfreno y a la vida desfasada emprendida por Jordan Belfort. En realidad, y pese a que el director se declare contrario a las moralejas, hay más sustancia mordiente de lo que parece. De entrada porque no es casualida que la película aterrice en nuestras carteleras en este momento, y pese a que la época en la que se ambienta la historia no es el vivo presente, sí que reproduce un esquema  familiar – arranque con una fuerte crisis, la de 1987, para luego seguir con una historia de ascenso mediante el enriquecimiento desmedido, sin tiempo de lecciones ni redenciones – que señala los ciclos históricos por los que pasa la humanidad, y no ajena a ella, la jungla de Wall Street. Parece claro entonces, ya sea partiendo de un caso insólito o excepcional, y jugando con el arquetipo del tiburón de las finanzas cegado por la codicia y todo tipos de sustancia, que la prioridad pasa por elaborar un retrato de la sociedad de nuestros días, un reflejo de la moral imperante, haciendo un subrayado especial en la fiebre por el dólar, tan enraizada en la sociedad norteamericana, como lo pueden ser las armas o la pena de muerte. Y que las malas prácticas, las malas artes, y los actos ilegales se seguirán cometiendo, por mucho que el mundo se desmorone, porque si algo se ha aprendido, y revela el filme con exquisita lucidez, es que las grandes fortunas viven ajenas al mundo real, intocables en sus burbujas de lujo desorbitado y ostentación insultante, y que cuando toca dar parte ante la ley, como se ve en la brillante panorámica aérea sobre la prisión, los ricos siguen siendo ricos.

Un detalle cargado de más significado del que pueda aparentar. En este esquema, clásico y manido, de la trama de ascenso y caída, la última resulta casi anecdótica: los ricos siempre ganan, como parece indicar el desenlace de la película, y como tal sus períodos de descenso  son testimoniales, ergo su presencia en la película, algo que se recalca, y que encuentra su coherencia, mediante el ritmo incansable y constante por el que transcurre toda la cinta. Tampoco resulta gratuito que haya optado por encarrilar su propuesta sobre los raíles de la comedia, en concreto sobre los de  la sátira más divertida, que le sirve de marco óptimo para hacer un retrato poco loable, honroso y sensato de esta clase  que saquea el mundo a través de sus especulaciones. Pero volviendo al párrafo anterior, la mayor preocupación de Marty es la de acercarse al modus vivendi de los tiburones de Wall Street y hacer partícipe de ese mundo al espectador, de ahí que la película no esconda ni un fotograma retratando ese universo poblado por yates de record Guiness, montañas de cocaína dignas de Scarface, frascos de pastillas, prostitutas de todos los rangos y tarifas, bacanales en la oficina, fiestas por todo lo alto, codicia, competitividad y el dólar como ser supremo e omnipresente. Con todo ello, trasluce que Scorsese ha dejado de habitar las malas calles de Nueva York para radiografiar las altas calles y los despachos de la gran manzana, donde ha encontrado un escenario óptimo para desplegar su dispositivo cargado de bis punzante y estilo desbocado, así  como rotundo y contundente.

Con todo Scorsese forja un artefacto esplendoroso, con una carcasa empapada de contemporaneidad, incesante en su recorrido, en un camino donde además logra sonsacar lo mejor de su último actor fetiche, un DiCaprio acelerado, híper excitado, descompuesto, un huracán volátil entregado a las subidas y bajadas de la historia, y que logra sus más altas cotas interpretativas en cada uno de los speeches de infarto que regala a sus empleados. No menos brillante resulta Jonah Hill como vicepresidente, presentando un nuevo rico que ve el mundo desde la soberbia y que elimina los rastros de su pasado humilde y de sus inseguridades regocijándose en las drogas, las prostitutas o ensañándose contra alguien de inferior estatus. Igual de meritorio resulta Jon Bernthal (actor televisivo visto en The Walking Dead y Mob City) en un papel secundario, o todo el elenco que componen el grupo de empleados fundadores  que parecen salidos de cualquier nueva comedia americana. En otro nivel, está un Matthew McConaughey, que con un pequeño papel, protagoniza una de las secuencias más imborrables de la película.

Concluyendo, El Lobo de Wall Street se construye como una orgía imparable, frenética e intensa, sin atisbo de descanso o pausa. Uno sale exhausto tras su paso, pero ansia más dosis de esa sustancia cinematográfica tan apetecible y que tanto estimula los sentidos. Porque al fin y al cabo, se celebra la recuperación del nervio, la garra y el estilo rabiosamente moderno de un director que no se le veía tan desatado ni pletórico desde Casino.

 8


1 Comment

Raúl 19 enero, 2014 at 16:35

La más acertada radiografía de la sociedad americana actual, sus obsesiones, sus mitos, sus referentes. Una fantástica descripción de la piara que nos ha llevado a la situación de hoy en día. Una película obscena, excesiva, para retratar la mayor de las obscenidades perpetuadas en los últimos años. Scorsese vuelve en plena forma, y bajo la apariencia de una comedia disparatada y pasada de vueltas (que funciona a la perfección como tal),entrega una película que supone un directo al pervertido ‘american way of life’ a la deriva ‘neocon’ de su país y de Occidente en general, a la verdadera clase dirigente mundial, que no son más que estos tarados detrás de una pantalla y con un teléfono en cada mano.

Una sesión doble de esta película junto con ‘La red social’ de Fincher creo que ofrece una de las fotografías más certeras y desasosegantes de la clase dirigente actual.

Después de ver la película, ¿aún habrá quien se crea que los que vivimos ‘por encima de sus posibilidades’ fuimos nosotros?

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