Crítica

El muerto y ser feliz – Javier Rebollo

posted by Alberto Varet Pascual 10 enero, 2013 0 comments
Una esencial road movie

El muerto y ser feliz

Javier Rebollo, el mejor director español surgido en la última década, vuelve a dar muestras de su enorme talento y su inquebrantable compromiso con el cine en su último trabajo, El muerto y ser feliz, una atípica, metacinematográfica y reflexiva road movie con la que sigue construyendo una obra sustentada en la fe en el arte que practica.

Cansado de los problemas que tuvo con el rodaje en Madrid de La mujer sin piano, el autor viaja fuera de nuestras fronteras, como ya hizo en su primera película, aunque, en esta ocasión, su marcha le lleva más allá de nuestro continente: Rebollo ha filmado en Argentina un periplo que hizo él mismo entre el 2010 y el 2011 recorrido, ahora, por Santos, un extraño antihéroe a la española, mezcla entre el Quijote y un exiliado de la Guerra Civil, que ha emprendido una huida y al que acompaña una enorme pesadumbre.

Y es, precisamente, en el carácter del protagonista, donde radica una de las más estimulantes virtudes del ejercicio: su capacidad para imponer una mirada patriótica. Si en su cavilación acerca de lo nuestro la aclamada Blancanieves de Pablo Berger terminaba convirtiéndose, de algún modo, en una especie de souvenir, aquí la nostalgia por nuestro país convive perfectamente con el inevitable desencanto filtrado a través de la estupenda interpretación de José Sacristán quien compone un personaje cincelado a través de algunas de nuestras características, ya sean musicales (la copla) o lingüísticas (la imitación barata del acento argentino), siempre en compañía de un muy agradecido sentido del humor (también patrio).

Este complejo tejido crece instintivamente pues Rebollo no rueda a partir de un guión. De hecho, su universo se encuentra hoy más despojado de cualquier tipo de atadura narrativa que nunca lo que, quizás, provoque cierto ensimismamiento pero, también, una enorme libertad inventiva y una extraordinaria satisfacción en el espectador, desafiado como ser inteligente.

Una peculiar forma de entender la creación que ya no oculta sus bazas pues, esta vez, el andamiaje del film sale a la superficie para (y esto es lo más reseñable de El muerto y ser feliz) generar una fascinante y arriesgada meditación sobre la escritura. Una apuesta que plantea dudas sobre lo que pertenece propiamente al texto, lo que está improvisado y lo que tiene que ver con las experiencias argentinas del autor.

Para levantar esta sugerente reflexión, el cineasta hace un uso muy peculiar de la voz en off que, significativamente, está repartida entre él mismo y Lola Mayo, su guionista habitual. Un trabajo sonoro mezclado con las voces de los actores y los sonidos del ambiente (en ocasiones cortados por los citados comentarios) que, por instantes, anticipa lo que vamos a ver cual obra de Bertolt Brecht, ilustra lo que estamos observando o se desvía de las imágenes para ampliar su significado.

De esta manera la estrategia artística se hace patente marcando la deconstrucción de su propuesta: el guión está hablado, se presenta ante nosotros, somos testigos de su elaboración, pero es inconcluso, y, desde ahí, desde la vacilación, emerge la divagación y la ruptura de la mano del absurdo. Porque en el cine de Rebollo narración, contemplación y vagabundeo cinematográfico pesan lo mismo ya que lo que importa tiene que ver mucho más con el trayecto que con el destino. Por eso la cinta tiene varios finales, por eso sólo la enfermedad puede acabar con el metraje y ésa es una opción que el director, inteligentemente, no contempla. Porque su criatura merece más. Porque los espectadores merecen más.

La realización, pues, tiene la naturaleza de un territorio inexplorado. Está hecha del mismo material que la aventura. El de la vida, claro. Porque vida, muerte y cine aquí pasean agarrados del brazo provocando el placer del visionado.

Así, en 16mm, por medio de un texto sin terminar y sobre unos espacios ruinosos y abandonados, las coplas resuenan a través de esta película-esqueleto como el eco de una España añorada que se ama y se odia igualmente. Javier Rebollo demuestra, una vez más, su inmensa sensibilidad al esculpir todos estos estímulos sobre la luz natural de Argentina en un trayecto de miles de kilómetros que le es fiel al viaje como odisea, a la esencia (olvidadiza) de las road movies, a las peculiaridades (acentos, colores, rostros) de cada uno de los lugares que uno conoce en su existencia y a la construcción final de los mitos surgidos de la lucha entre el recuerdo y el olvido.

8,5


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