Crítica

El puente de los espías – Steven Spielberg

posted by Alberto Varet Pascual 14 diciembre, 2015 2 Comments
Las limitaciones del narrador

El puente de los espías
El puente de los espías va a servir, por lo menos, para tirar por la borda dos falsos mitos: que Spielberg es un gran cineasta multiusos y que el cine es contar historias. El primero porque Spielberg, le pese a quien le pese, es bueno, básicamente, narrando. Y el segundo, porque su última película, aunque tiene una gran historia, bien escrita y muy bien contada, no es gran cine, ya que éste exige el complejo uso de los elementos puestos en juego en el tiempo, materia prima del medio. Así, el autor de Tiburón sólo se encuentra cómodo en el arranque, que es pura narración. El resto, que le exige mutar entre códigos, es un catálogo de las oportunidades perdidas.

Y es una pena, porque El puente de los espías tiene un excelente material de partida: los acontecimientos reales en los que se vio envuelto durante la Guerra Fría un americano medio, retratado como ‘el hombre recto americano’, e interpretado estoicamente, con cara y ademanes de pánfilo, por Tom Hanks. Hablamos de James Donovan, un mito de la Historia de su nación, en cuyo currículo no sólo encontramos la gesta que da cuerpo a la trama, sino otras no menos interesantes, como la de que fue el encargado de verificar las imágenes que John Ford, George Stevens y Samuel Fuller tomaron en los campos de exterminio nazis, motivo por el que Spielberg se interesó por el proyecto, aunque nada de ello se comente en el metraje.

La mirada al patriota americano es, claro, sentida, pero esto no implica la carencia de matices y claroscuros. El protagonista los tiene. Su contrario, Rudolf Abel, un espía ruso en suelo yanqui magníficamente interpretado por Mark Rylance, también. El juego a dos bandas le gana así la partida al maniqueísmo de la mano del guión escrito entre Matt Charman y los hermanos Coen, tan bien matizado como construido, pues, más allá de estos retratos sicológicos, el libreto hace transitar la cinta por múltiples espacios y géneros. Pero es aquí donde comienzan los problemas para Spielberg, claramente incómodo cuando el relato se aleja de la mera narración de hechos.

Efectivamente, no parece una casualidad que el director se luzca básicamente en el comienzo, donde puede sacar a la palestra el narrador (efectista, todo sea dicho) que lleva dentro. A partir de ahí, el film le pide mutar, y el cineasta se pierde irremediablemente. Si el texto lo desplaza a un juzgado, el autor se diluye al filmar la palabra; si le pide un duelo de rostros orientales y occidentales, no puede extraer más que naderías; si Berlín es una oportunidad de oro para establecer una cartografía de la tensión oriente-occidente, sólo tendremos una excelente recreación del lugar…

Puede que el problema se lo haya provocado en parte un grueso de la crítica que no asume que Spielberg es bueno en lo que es bueno: el cine familiar, las miradas infantiles (e infantilonas) a lo que nos rodea, el cine de acción evasivo… Intentar convertirlo en otra cosa es, sencillamente, absurdo, y el resultado, tan grotesco como el de este puente de los espías, que es el tedio absoluto.

Por mucho que, gracias al guión, la película funcione a la larga, el naufragio en las distancias de la verdad es difícil de objetar. Y el máximo responsable es un Spielberg que lo filma todo del mismo modo. Da igual si está ante un tribunal o tras el muro de Berlín, si tiene que registrar dos rostros antagonistas o el de dos amantes, si frente a la cámara hay un padre llegando a casa o andando por la calle… para él todo es narración, y ésta es académica (con sus aperturas de escenas en planos largos que pasarán por corte a otros más cortos, con sus planos/contraplanos, con sus ridículos travellings hacia un rostro parlante para subrayar sus palabras…). De modo que los matices se quedan al final sólo en el guión.

Decir, por tanto, cosas como que el autor de Amistad es un cineasta de la palabra, es querer engañarse: Spielberg no tiene ni la más remota idea de cimentar un discurso sobre ella. Ni es su elemento, ni tiene esa sensibilidad: su elemento es la narración y su sensibilidad es la chorrada. Por eso, aunque aquí tiene a su disposición un material precioso para erigir un imponente discurso sobre América y sus valores, se pierde en los gestos nimios. Y, por eso, también, sus más elevados trabajos son aquellos que se mueven en el ámbito del entretenimiento. Razón por la que su mejor película de las recientes es War Horse (Caballo de batalla), que le permitía bascular con naturalidad inaudita entre un material que iría, por poner, de Salvar al soldado Ryan a Colmillo Blanco. Todo lo contrario que aquí, donde, exceptuando el citado arranque, parece que le hayan colocado una camisa de fuerza.

No puede ser que con un guión tan heterogéneo Spielberg entregue un film clamorosamente homogéneo. La fotografía de Janusz Kaminski tampoco ayuda en este sentido. Pasadísima de etalonaje, su labor con el director parece una imitación de cuarta de lo entregado en los últimos quince años por el tándem Eastwood-Stern, capaces de radiografiar una sociedad (generalmente la americana) mediante una poderosísima escala de grises moteada por sugestivas sombras. Aquí, el resultado tiene mucho más que ver con la cansina vertiente bajonera-grisácea del cine yanqui contemporáneo, y sólo se luce, muy puntualmente, en la escena que da título al film, donde las siluetas sobre el puente dibujan un sugerente duelo que funciona como evocación directa de la Guerra Fría.

O sea, que un determinado canon se apodera igualmente de la fotografía de una película en la que no existen distancias entre la luz de Nueva York y la de Berlín. Justo como Spielberg, que mira del mismo modo a todos y cada uno de los pasajes de un libreto riquísimo que hubiera sido pasto de obra singular en las manos de algún cineasta mutante de verdad, como Paul Thomas Anderson.

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2 Comments

Marc Muñoz 15 diciembre, 2015 at 10:49

No acabo de entender tus pullas, Alberto. Cuando dices que el arranque se arrollador y que cuando filma escenas de juzgados se centra en la palabra, ¿no es eso ya un ajuste sobre cierta mutación? Quizás es que el film no dé tantos brincos entre géneros como se le supondría. Quizás es que Spielberg prefiera mantenerse firme en un canon clásico, como envoltorio obligado para dar encaje a unos referentes pretéritos, no solo en lo cinematográfico (Mulligan, Hitchcock, Hawks, los personajes de Gregory Peck), sino también en lo humano, para destacar esas personalidades valientes y rectas que sintetiza el personaje de Hanks, y que parecen ancladas en un pasado al que acude a rescatar con nostalgia cinematográfica. No veo qué problema hay en mostrarse académico en un film de estas características, creo que consigue dar lustre a una película completamente coherente en contenido y continente, y con una brújula referencial muy clara. Y sobre lo que comentas de las distancias de la fotografía entre Nueva York y Berlín no es que la haya por matices es que simplemente NY es el día, y Berlín es la noche y la niebla. No creo que haya que compararla con grandes del género espías, más que nada porque creo que está más cerca de Matar a un ruiseñor o de Howard Hawks que de El tercer hombre, pero realmente creo que ha armado un film notable, respetuoso con personajes y formas de narrar un tanto extinguidas en Hollywood.

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Alberto Varet Pascual 15 diciembre, 2015 at 22:53

El paso del arranque a la palabra le exige a Spielberg una mutación en el tono. Un cambio que, a mi juicio, saca a relucir sus debilidades como cineasta.
Respecto al canon clásico, yo no tengo problemas con eso. De hecho, fueron muchos los que se lo criticaron en Caballo de batalla, y ahí, a mi juicio, él hacía una dirección muy brillante. El problema es que la película es aburridísima porque no sabe modular esos tonos. Es tan plana en su puesta en escena como la fotografía de Kaminski.
Pero, lo de siempre: para gustos los colores. De hecho, ha gustado muchísimo. Sólo Àngel Quintana y yo, que sepa, somos detractores. (Y algún colega que también me ha dicho que es un coñazo). XD!

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